La persistente invisibilización de las víctimas
La inconmensurabilidad del dolor de las víctimas es un grito que cuestiona y obliga
Recorrer las noticias de la mañana no deja de ser escalofriante. No sólo por la cantidad de notas dedicadas a todo tipo de violencias o por lo diverso de los escenarios de guerra, sino porque la densidad existencial de las víctimas, su sufrimiento, su desesperación, sus gritos ahogados de dolor, suelen ser eclipsados o al menos normalizados.
En efecto, las víctimas se vuelven fotos, recursos retóricos para discursos políticos, y en ocasiones, estadísticas en el recuento oficial de los violentados. Pero, ¿dónde queda ese misterioso momento en que el poder del victimario avasalla, aplasta y deja inerme al otro que no logra responder a la agresión?, ¿Dónde queda la carne mancillada, la inocencia perdida, el llanto avergonzado?, ¿qué sucede con el peso de lo sucedido, con ese “dato” del pasado, que ya no se puede cambiar, y que habita en las profundidades de la mente y del corazón del que ha sufrido una injusticia?
Hay un abrumador contenido cualitativo del “ser-víctima”. Tan abrumador que en ocasiones se oculta -sin saber qué hacer con ello-, y en otras, en que se logra expresar, deja el sabor amargo de aquello inenarrable, de aquello que no se logra mostrar del todo, de aquel horror y sinsentido vividos apretando los puños y sollozando en silencio.
A modo de ejemplo, recuerdo cuando hace algunos años, en un país “desarrollado”, algunas víctimas de abuso sexual lograron, luego de mucho tiempo, hablar de las vejaciones sufridas. Recuerdo cómo el caso llegó a los tribunales y se planteó la necesidad de la “reparación del daño”. Recuerdo cómo las personas cercanas al cruel victimario buscaron desacreditar a los denunciantes diciendo: “lo que los mueve es el dinero”. ¡Qué impresionante!
La inconmensurabilidad del dolor de una víctima es un misterio que cuestiona la pacífica vida burguesa: alejada, indiferente, fría. Pienso en las “madres buscadoras”, en los migrantes perseguidos, en las mujeres violadas, en los niños golpeados, en los jóvenes torturados. Todos ellos llevan en su pecho un torrente de lágrimas que no se extinguirá jamás. Y no se extinguirá, porque es un auténtico anhelo infinito de justicia, como intuía Max Horkheimer. No se extinguirá porque es reclamo a esa Justicia total que, desde ahora, debe de operar de algún modo, al interior de la Historia.
El padre Gustavo Gutiérrez, con la agudeza que le caracterizaba, escribió un libro que da luz en este tema. Se intitula “Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente” (CEP, Lima 1986). De él recupero algunas ideas-fuerza: sólo aprendiendo a escuchar el dolor y comprometiéndose con las víctimas, se podrá hablar desde su esperanza. Sólo tomando en serio las llagas abiertas, el sufrimiento del inocente, y viviendo bajo la luz del misterio de un Amor infinito que ama hasta la cruz al humillado, será posible evitar que nuestra propia vida se vuelva cómplice de personas, grupos e ideologías que desprecian la dignidad de las personas, en especial, de las más vulnerables.
La persistente invisibilización de las víctimas puede ser superada abrazándolas con compasión, dejándonos interpelar por su presencia, y permitiendo que su maltrecha voz, resuene en nuestras conciencias y nos mueva a la empírica y concreta solidaridad que siempre corrige, libera y educa.

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