La paz no es una utopía
A contracorriente, el Papa León XIV desafía la mente y el corazón de los violentos
El pasado sábado 11 de abril, una multitud esperaba a León XIV en la Plaza y en la repleta Basílica de San Pedro. Con pocos días de anticipación, el Pontífice había convocado a una vigilia de oración por la paz. En momentos en que el poderío militar se hace valer y la ley del más fuerte aplasta al derecho internacional, invitar a rezar parece, cuando menos, ingenuo. Las soluciones de fuerza dan la impresión de un mayor realismo y pragmatismo. Tanto derechas como izquierdas abrazaron hace mucho la identificación de la verdad con la acción. Nada más extraño, entonces, que rezar el rosario en el Vaticano pidiendo paz.
Sin embargo, vale la pena mirar con atención que nunca los grandes poderes políticos del mundo habían tenido herramientas como las actuales para asegurar el éxito estratégico. En primer lugar, un enorme potencial económico y militar. En segundo puesto, instrumentos tecnológicos que permiten eficientar los esfuerzos bélicos de manera inimaginable -vigilancia satelital, inteligencia artificial, armas de destrucción masiva, etc.-. En tercer lugar, medios de comunicación de altísima penetración. Y, sin embargo, la resultante de todo esto se vislumbra como un gran fracaso. Los conflictos bélicos que se anunciaban breves parecen alargarse. Los gobiernos que podrían ser amedrentados o disueltos fácilmente, se afianzan y dan muestras de resiliencia.
Es como si, de repente, de manera empírica y frente a todos, una vez más se hiciera evidente que el pragmatismo no es sinónimo de realismo, sino una de sus abstracciones ideológicas más perniciosas. Siempre existen aspectos ininstrumentalizables de lo real que exceden la mirada utilitaria y que en muchas ocasiones son los decisivos, curiosamente, para “hacer que las cosas sucedan”.
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Cuenta la leyenda que hacia 1943, Winston Churchill intentó recordar a José Stalin que, más allá de los mapas, los ejércitos y el dinero, existía también una realidad espiritual y moral que no puede ser ignorada en momentos de conflicto bélico. Stalin, fiel a su manera de entender el poder, le respondió: “¿Cuántas divisiones tiene el Papa Pío XII?”. En esas pocas palabras quedaba resumida toda una visión del mundo. La historia se encargaría de mostrar cómo un joven pobre y huérfano, nacido en un pueblo marginal de Polonia, acudiendo a otras fuerzas, confiando en el rostro negro de un antiguo icono mariano, incidiría en el curso de la Historia de una manera que Stalin jamás imaginó.
León XIV, conociendo que las energías que realmente transforman al mundo son aquellas capaces de transformar los corazones, dijo el pasado sábado: “la Iglesia es un gran pueblo al servicio de la reconciliación y de la paz, que avanza sin vacilar, aun cuando el rechazo de la lógica bélica puede costarle incomprensión y desprecio. Ella anuncia el Evangelio de la paz y educa a obedecer a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando se trata de la dignidad infinita de otros seres humanos, puesta en peligro por las continuas violaciones del derecho internacional. En todo el mundo es deseable que cada comunidad se convierta en una ‘casa de paz’, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón. Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía”.

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