La necesidad más profunda: ¿realmente necesitamos a Dios?
Las prioridades cambian con la edad y por qué, al final, solo hay una necesidad que trasciende todas las demás
Comenzamos con una afirmación contundente: todos necesitamos de Dios. Y no es solo un mensaje general; es personal: tú necesitas de Dios. Esta verdad muchas veces choca con nuestra percepción de autosuficiencia. Muchas personas creen que, con salud, bienes materiales y estabilidad, no necesitan de Él. Sin embargo, esta perspectiva ignora algo fundamental: la vida pasa y nuestras necesidades cambian.
El Padre Ángel Espinosa nos ofrece un recorrido por la vida humana, mostrando cómo nuestras prioridades se desplazan con la edad. Cuando somos bebés, necesitamos leche, pañales y afecto. A los cinco años, deseamos juegos y dulces; a los doce, aparatos tecnológicos; a los dieciocho, independencia y oportunidades. Y así, pareciera que Dios queda fuera de nuestras preocupaciones.
Sin embargo, el tiempo enseña otra verdad. Personas como Carlo Acutis, canonizado por su profunda devoción desde niño, nos recuerdan que la verdadera santidad es amar a Dios y cumplir Su voluntad. No se trata de milagros espectaculares, sino de vivir con Dios al frente de nuestras vidas.
Al llegar a la adultez y la vejez, las cosas cambian. Ya no necesitamos patines, coches o celulares; lo que realmente importa es la paz, el amor, el respeto y, sobre todo, la presencia de Dios en nuestras vidas. En palabras del Padre Ángel: «Cuando estés cerca de la partida de este mundo, créeme, no necesitas nada más que a Dios».
Esta reflexión nos invita a mirar nuestras prioridades con honestidad. Viajar, disfrutar de buena comida o vivir experiencias placenteras son importantes, pero no deben sustituir nuestra necesidad esencial. Al final, como lo dijo San Agustín, tarde o temprano reconocemos que la única necesidad imperante es volver a Dios, de donde venimos y hacia donde vamos.
Hagamos todo el bien que podamos, cultivemos el amor y la paz, y recordemos que la mayor necesidad del ser humano trasciende lo material: necesitamos a Dios.

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