León XIV: primer año
El Papa realiza su misión y desconcierta a los hombres y mujeres del poder
El 8 de mayo de 2025, el cardenal Robert Prevost fue elegido Pontífice de la Iglesia católica. Después de un día y medio de deliberaciones, las diversas sensibilidades del Colegio Cardenalicio se decantaron por quien hasta entonces trabajaba como prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.
Los meses han pasado con gran rapidez. Varias biografías del nuevo Papa han aparecido ya en las librerías. La única que me atrevo a recomendar, por su equilibrio y por contar con entrevistas exclusivas con el propio Pontífice, es la escrita por Elise Ann Allen: “León XIV. Ciudadano del mundo, misionero del siglo XXI” (Debate, Barcelona, 2025).
Quienes colaboramos de cerca con el cardenal Prevost nos hemos sorprendido al descubrir, a través de este libro, muchos detalles de una vida que él guardaba con enorme discreción: el descubrimiento de su vocación, su formación, sus años como misionero en Perú y también las dificultades que debió atravesar en diversos momentos.
Es imposible resumir aquí la vida del Papa. Me limito a destacar un detalle mínimo que se narra en el libro. En 1996, Robert Prevost llegó a la casa de formación de los agustinos en Trujillo, Perú. Ahí conoció a Ramiro Castillo, quien lo tuvo como director espiritual. En cierto momento, a los diecinueve años, Castillo le confesó que no lograba concentrarse durante la oración. Prevost le dio un consejo sencillo: ve a tu habitación, cierra la puerta, enciende una velita y ponte a rezar. La escena no podría ser más sobria: soledad, oración y una luz tenue que devuelve la mirada a lo esencial.
Ese pequeño episodio revela una sensibilidad religiosa muy particular: la delicadeza de quien sabe acompañar las sutiles batallas del mundo interior. Muestra, al mismo tiempo, hasta qué punto Prevost es un pastor y un padre que vive su ministerio desde una experiencia muy distinta a la de las luchas ideológicas o de poder.
En las últimas semanas, diversos actores de la vida política de Estados Unidos, España y otros países han cuestionado al Papa por su apasionada defensa de la paz, de la dignidad de los migrantes y por su lúcida advertencia sobre los riesgos que la inteligencia artificial plantea para la dignidad del trabajo y para la comprensión del significado verdadero de lo humano. Ante ello, es legítimo preguntarse de dónde nace la libertad con la que León XIV se atreve a interpelar nuestras conciencias.
Algunos análisis han intentado encasillar al Papa en una lectura puramente ideológica. León XIV sería, dicen, un adversario de la “derecha extrema”. Pero la cuestión es más profunda. El Papa no desconcierta a los poderosos porque oponga una ideología a otra, ni porque busque acomodarse en el tablero de los intereses del momento. Desconcierta porque habla desde un parámetro más alto: el Evangelio vivido como criterio de juicio, como fuente de libertad y como horizonte que incomoda cuando toca fibras que casi nadie se atreve a tocar.
León XIV ha dicho que su misión es anunciar a Jesucristo: proclamar la buena noticia de que un niño nacido en un pobre pesebre de Belén, muerto y resucitado años después, puede acoger y abrazar a todos sin excepción. Ese niño perseguido y frágil es nuestra paz. Es la paz desarmada y desarmante que nos invita a mirar el mundo y la vida de otro modo.

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