La madurez tiene corazón de niño
El asombro no es ingenuidad. Es diálogo interior
Hay una pobreza que no consta en las estadísticas.
Es pasar por la vida sin dejarse tocar por ella.
Nos informamos mucho.
Nos asombramos poco.
Y cuando el asombro desaparece, la realidad se degrada. Deja de ser misterio que estimula.
Se convierte en materia de uso.
Ya no interpela, entretiene.
No falta luz, hemos perdido la disposición interior para recibirla.
El asombro no es ingenuidad.
Es diálogo interior.
Es respeto al ser.
Aristóteles lo vio claro: “Es menester que los hombres se asombren y se maravillen ante lo que experimentan” (Metafísica, 982b)
Conviene decirlo con claridad, vivimos en una cultura de la sospecha que valora más la rapidez que la hondura.
Asombrarse parece infantil o de ingenuos.
La sospecha es una «postura» viral, contagiosa.
Hemos endurecido la mirada.
Una pátina invisible se ha depositado sobre el corazón.
Nada nos sorprende del todo.
Nada nos ofende hasta el fondo.
La madurez tiene corazón de niño.
El adulto cansado pierde la capacidad de dejarse “asombrar” por la sencillez de la verdad.
La vida, entonces, se estrecha, se estrangula.
Se sobrevive
con información, pero sin presencia.
Con movimiento, pero sin encuentro.
Con agenda, pero sin digestión.
Y el corazón se endurece.
EL ASOMBRO FIJA LA MIRADA.
El estremecimiento que provoca abarca corazón y cabeza;
es una parálisis gestante que inunda.
Contemplar es descubrir nuevos colores, nuevos sonidos…
Cambia nuestro modo de ver. Ya no hay vuelta atrás
Contemplar es mirar de otro modo.
San Juan Pablo II lo resume con fuerza: “Es necesario cultivar (…) la capacidad de admiración, de comprensión interna, de contemplación” (Discurso al Jubileo de científicos, 2000)
Hoy se habla mucho de descanso, de desconexión, de pausas saludables.
Y Nos aislamos. Cerramos compuertas.
Podemos estar sentados en silencio y seguir interiormente en fuga.
Dejar el móvil sobre la mesa y continuar fragmentados por dentro.
Es un proceso de ayuno, de “autofagia del alma” (Byung-chul Han)
En este proceso el corazón contempla y se expande, se admira ante lo revelado.
Mira y ve, sin querer poseer.
Atiende sin consumir.
Permanece en éxtasis sin reloj, se paraliza el tiempo:
una puesta de sol,
un arco Iris, una obra de arte…,
una revelación interior.
Nuestra época no combate el asombro.
Lo dirige.
Lo disuelve. Lo vuelve evanescente;
Lo diluye con la velocidad;
Lo diluye en la lógica de la utilidad inmediata: donde todo debe servir, rendir o entretener.
Y cuando todo se mide por su rendimiento, la profundidad empieza a parecer una pérdida de tiempo.
Entonces dejamos de habitar la realidad,
y empezamos a gestionar la propuesta.
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
Habitar es recibir, es acoger.
Gestionar es controlar.
Habitar implica servicio en la relación.
Gestionar implica dominio.
Cuando una persona deja de acoger,
deja de encontrarse
con el mundo y consigo misma.
Deja de escuchar y solo responde.
Deja de mirar y solo clasifica.
Deja de estar ante lo real y se coloca en su fantasía.
Se empobrece la sensibilidad,
pero termina afectando a la ética.
Si desaparece el asombro,
el otro se vuelve función.
Si desaparece la contemplación,
el mundo se vuelve escenario.
Ya no vemos personas,
sino papeles.
Ya no vemos hechos,
sino ruido.
Ya no vemos rostros,
sino superficies.
Y así, poco a poco, las relaciones se enfrían.
Falta presencia.
La mirada se ausenta o se desgasta.
Y una mirada gastada no puede sostener el respeto.
La primera forma justa de ver es la mirada del que tiene algo/alguien por descubrir.
No es una metáfora.
Es una verdad moral.
No se puede amar lo que se atraviesa de paso.
No se puede comprender a nadie, si antes lo hemos reducido a una función, o una etiqueta.
Por eso la contemplación no es evasión.
Es disciplina. Es orden, jerarquía.
Pide menos prisa, menos ruido interior.
Pide algo más difícil: permanecer.
Permanecer
Ante la duda.
Ante un rostro que interroga.
Ante el dolor.
Ante lo descubierto.
Surge la sabiduría de no devorar la experiencia.
Porque todo se degrada reducido a consumible:
- La capacidad de reconocer lo valioso.
- La vida interior.
- Las relaciones
Todo puede ser banal o decisivo.
Todo depende de cómo se mire.
Aquí está el giro decisivo.
El asombro no solo embellece la vida.
La endereza.
Porque quien se asombra,
reconoce que no todo le pertenece.
Y quien contempla
aprende a no devorar la realidad…
Esta forma de existir
- Cambia la manera de trabajar:
El trabajo deja de ser solo rendimiento
y vuelve a ser servicio, forma, cuidado.
- Cambia la manera de escuchar:
El otro deja de ser un medio y recupera su peso propio.
- Cambia la manera de sufrir:
El dolor deja de ser un fallo del sistema y se convierte en un lugar habitado.
- Cambia incluso la relación con uno mismo:
El yo deja de ser un proyecto narcisista y empieza a ser una responsabilidad
indelegable.
EL ASOMBRO ENSANCHA.
LA CONTEMPLACIÓN ORDENA.
Existe otra dimensión en nuestra realidad:
- una densidad que no se deja reducir.
- Una belleza que no se deja poseer.
- Una verdad que solo aparece con el respeto.
Quizá el problema de fondo no es que no veamos.
Quizá el problema es que hemos dejado de mirar.
EL ASOMBRO ES LA PRIMERA CORTESÍA DEL ALMA.
LA CONTEMPLACIÓN, SU FORMA MÁS MADURA DE RESPETO.
Y cuando una persona recupera esa mirada, pasa por la realidad honrándola.

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