La Generación Z
Un desafío inaplazable para los partidos políticos y para la Iglesia en México
La Generación Z -aproximadamente los nacidos entre 1997 y 2012- constituye un grupo social que está entrando a la adultez y empieza a configurar dinámicas de identidad, participación y pertenencia, diversas a las generaciones anteriores.
Desde la esfera política, la Generación Z se caracteriza por una alta fluidez digital. Esto significa que esta generación está habituada a actuar en línea y a dar visibilidad a sus reivindicaciones, incluso políticas, a través de formatos digitales. Sin embargo, esto no se traduce en adhesión a los partidos tradicionales. Los métodos de clientelismo, afiliación jerárquica o campañas basadas en la estructura territorial tradicional, resultan poco adecuados para un público habituado al networking, a la horizontalidad y a la demanda de autenticidad.
Por otro lado, en el ámbito eclesial, la situación no es distinta. Los jóvenes exigen inclusión, transparencia, diálogo, y un sentido de comunidad que no quede reducido a lo ritual. La institución espera, muchas veces, que el joven “ingrese” en sus dinámicas, mientras que el joven exige que la Iglesia se transforme, que lo escuche y lo incorpore como sujeto activo.
¿Por qué existe dificultad para acoger a esta generación de forma plena? Primero, por la ruptura entre expectativa generacional y formato institucional. Los partidos políticos han sido diseñados para un ciudadano que confía en la mediación institucional. Para la Generación Z, los partidos resultan poco representativos, poco flexibles, demasiados anclados en “procedimientos preestablecidos” y distantes de un repertorio simbólico juvenil marcado por lo digital, lo inmediato y lo performativo.
Segundo, en el caso de la Iglesia, el problema cobra tintes culturales y simbólicos. La Generación Z posee una sensibilidad hacia el poliedro de la realidad, hacia la justicia social y hacia el cuestionamiento de las estructuras de poder. Cuando la Iglesia no logra interpretar adecuadamente estos énfasis -o cuando se siguen privilegiando modelos de autoridad sin corresponsabilidad juvenil-, queda rezagada. Además, la forma de participación en lo espiritual de los jóvenes no siempre ocurre a través de prácticas tradicionales, sino mediante comunidades virtuales, redes, microgrupos o espacios híbridos a los que la pastoral convencional tiende a llegar tarde.
La Generación Z tiene el mundo mediado por pantallas, redes, influencers y comunidades globales. Por su parte, los partidos y la Iglesia practican esquemas de pertenencia y participación diseñados en un mundo pre-digital. En otras palabras, existe un desfase entre la propuesta institucional y las nuevas culturas juveniles.
En conclusión, la Generación Z mexicana representa un desafío -y una oportunidad- para todos. La Iglesia, por ejemplo, claramente necesita acompañar formas de experiencia cristiana en las que sea válido interrogarse, ser más inclusivo, y dar cabida a nuevas formas de vinculación “sinodal”. Ignorar esta generación equivale a ignorar el presente y el futuro del tejido social. Pero acogerla exige transformación institucional, escucha activa, adaptación simbólica y una apuesta genuina por el protagonismo juvenil. Esa es la urgencia generacional que está delante de nosotros.

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