08 mayo, 2026

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Jóvenes thérians y animalismo

Identidad, crisis de sentido y la respuesta de la dignidad humana frente a las nuevas modas ideológicas

Jóvenes thérians y animalismo

El fenómeno actual de los therians no es ninguna tontería sino más bien un síntoma del disgusto con la situación personal y de rechazo de un tipo de sociedad. Los therians son personas que se identifican, a un nivel mental o psicológico, con un animal no humano, sintiendo que su «yo» interno está ligado a una especie animal. No creen ser físicamente el animal, sino que experimentan una conexión profunda con algunos de ellos o incluso utilizan máscaras y comportamiento animal.

Jóvenes en búsqueda

Esos jóvenes con buenos sentimientos que imitan a los animales manifiestan un desajuste existencial, aunque a veces no sean conscientes de ello. Ponerse una careta de perro, andar a cuatro patas a ratos, ponerse una careta de gato y acurrucarse en el sofá, imitar ladridos o gruñidos, y más excentricidades perjudican a la persona con riesgo de abandonar poco a poco su humanidad.

Todo esto y más es parte de una postura animalista que avanza en una sociedad desnortada en la que algunos actúan como creadores de modas y orientadores de jóvenes. Algunos hippies de hace muchas décadas ponían carteles, decían o cantaban algo así como “Que paren el mundo, que me quiero bajar”. Expresaban su disgusto con la sociedad, con la cultura del momento, contra el capitalismo -y sorprendentemente no contra el comunismo-, contra la guerra para hacer el amor decían…

Hay algo profundo en estos animalismos en forma de imitación, therians, fieras, y mucho más. Tener una mascota parece natural y ayuda a una niña, un enfermo, un anciano o a otro miembro de una familia. El riesgo es cuando sustituye en el corazón a las personas cercanas o lejanas. Y no siempre ocurre de golpe sino poco a poco, con el peligro de caer en un aislamiento emotivo, al dedicar tiempo, interés, cariño a la mascota. Bien está cuidar a las mascotas aunque sin exagerar en comidas, hábitats, caprichos, golosinas, o incluso intentar un funeral por un animal. En realidad el corazón humano da para mucho más, y nuestro interés por el prójimo puede crecer inmensamente.

También hace décadas que algunos famosos empezaron a llamar la atención sobre el cuidado de los animales, la protección que se les debe, no hacerles sufrir inútilmente: defensa de las focas, de los visones, o de las cebras. Porque quien maltrata a un animal no actúa con rectitud moral y se hace peor persona.

Animalismo

No debemos olvidar que los animales no son personas, no son libres, y no tienen dignidad, ni otras muchas cualidades del ser humano. Uno se puede escandalizar por estas consideraciones y sería señal de tener buenos sentimientos, pero la realidad no permite equiparar al hombre con los animales. Los hombres han creado culturas, civilizaciones, arte, moral y religión, -con todos los errores que queramos- porque trascienden plenamente al mundo animal. Muchos animales han sido amaestrados por los hombres y no se tiene noticia de que ningún animal haya amaestrado en sentido estricto a un hombre.

No olvidemos tampoco que los humanos nos alimentamos de algunos animales, según el orden de la naturaleza en la que somos administradores, no dueños absolutos y menos déspotas caprichosos. Que algunos hayan elegido ser veganos, alimentándose solo de vegetales, es respetable siempre que no se quiera imponer como una ley universal.

El animalismo se configura como ideología que eleva a los animales equiparándolos con los hombres, como plantean Peter Singer, Oscar Horta o Tom Reagan. El resultado real es que se rebaja al hombre al nivel de los animales, como hizo el nazismo o el comunismo ruso con los judíos, los disidentes o los enemigos. Y es que hay fronteras que los hombres no debemos abandonar por imperativos éticos, por sentido común, y por nivel científico. Por eso se puede experimentar con animales para mejorar las razas o curar enfermedades, pero es inmoral experimentar con embriones humanos o con enfermos mentales.

Los animales son protagonistas de cuentos y fábulas según las culturas, como una trasposición de conductas humanas buenas o malas, aceptables o reprobables, a modo de espejo para discernir el nivel moral personal. Pero los animales no hablan, sí expresan sentimientos, sí tienen dolor aun sin ser conscientes de ello -sobre todo los animales superiores domesticados por los hombres- y deben estar contentos a su modo al cumplir una finalidad añadida a sus instintos y su naturaleza.

La difusión de la actitud therian no es sólo un problema de algunas personas sino que manifiesta nuestras carencias como sociedad: la fractura personal de unos refleja la falta de sentido de muchos en una sociedad con signos de aburrimiento existencial.

Sin embargo la mayoría de los jóvenes estudia o trabaja para aportar valor humano a las labores sencillas o relevantes: una peluquera, un profesor, un médico o un artista enriquecen la sociedad, se sostienen a sí mismos o a la familia, inventan mejoras, se alegran o sufren con sentido. El valor del trabajo es algo natural que la fe ayuda entender en sentido mucho más trascendente, como enseña san Josemaría:

Trabajo humano

«Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad.

»Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra. Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. (….)

»Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios»[1].

Por todo ello podemos reconocer la importancia de nuestros trabajos y del sentido que encontramos al realizarlo en beneficio de una parcela de la sociedad. Y así se puede decir: dichosos los que tienen trabajo y lo viven con espíritu de servicio; dichosos los que tienen familia y la crean a diario para mejorar juntos; dichosos los que buscan ideales, valores, y renuevan su capacidad de asombro ante las maravillas de la creación y del quehacer humano; dichosos o bienaventurados los que han encontrado a Dios en general, y más dichosos los que tratan a Jesucristo y saben encontrarlo en la común unión de la Iglesia. Todos ellos y otros son la esperanza de la sociedad y del mundo.

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[1] San Josemaría Escrivá. Es Cristo que pasa. Nn. 47-48.

Jesús Ortiz López

Jesús Ortiz López es sacerdote que ejerce su labor pastoral en Madrid. Doctor en Pedagogía, por la Universidad de Navarra, y también Doctor en Derecho Canónico. Durante varios años ha ejercido la docencia en esa misma Universidad, como Profesor del actual Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Ha dirigido cursos de pedagogía religiosa para profesores de religión. Es autor de varias obras de sobre aspectos fundamentales de teología y catequética, tales como: Creo pero no practico; Conocer a Dios; Preguntas comprometidas; Tres pilares de la vida cristiana.