Globalización Espiritual
Agenda para implementar un nuevo paradigma espiritual anticristico
A medida que va avanzando la implementación del “Gran Reinicio”, propuesta presentada en mayo de 2020 por el entonces príncipe de Gales, actualmente Carlos III, rey de Inglaterra y Klaus Schwab, director del Foro Económico Mundial (FEM), y que fue inaugurado oficialmente el 21 de enero de 2021 en una reunión en la ciudad de Davos en la que estuvo presente gran parte de la élite financiera, tecnológica y política mundial, se va viendo de forma más clara la intención de subordinar a la población mundial a los intereses de una minoría privilegiada a través de una Agenda que acelere la puesta en marcha de una gobernanza global.
Ya a finales del año 2001, altas instituciones internacionales, con la participación de influyentes personajes de distintos ámbitos, se reunieron para preparar la reunión de Rio+10.
Las declaraciones finales de esta reunión, así como las posteriores que le siguieron, además de muchos lugares tópicos en los que no se podía dejar de estar de acuerdo por ser generalidades de buena voluntad, sin embargo, incluyeron conclusiones que traslucían las verdaderas intenciones de los objetivos de estos encuentros de la plutocracia mundial.
En dichas reuniones, de forma recurrente, se hacia referencia a un “código de ética global” para esa nueva era. Se trataba de “proponer al mundo” (imponer por parte de los instrumentos del “sistema”) nuevos principios éticos, que incluyesen la obligatoriedad de someterse a los dictados de la llamada “gobernabilidad global”. La meta final era terminar de tejer unos acuerdos en orden a afianzar no sólo las políticas de control de población, sino también un nuevo orden social para el mundo entero.
En efecto, en la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sustentable (siglas en inglés WSSD), el proyecto de dominio mundial de los países del norte centró gran parte de sus esperanzas para imponer a todas las naciones, con categoría de dogma, una tríada indisoluble: 1) Nuevos derechos humanos (los llamados “reproductivos” –anticoncepción y aborto- , el derecho a la eutanasia, así como la perspectiva de género…) 2) Desarrollo sostenible (sociedades sustentables, salud, educación…) 3) Conservación del medio ambiente para las generaciones futuras (cambio climático, ecología profunda…).
Dándole unidad a estos tres aspectos aparece un nuevo culto religioso o pseudo-espiritual que tiene como documento primordial la Carta de la Tierra.

La Carta de la Tierra o como substituir los Diez Mandamientos
La Carta de la Tierra es un documento pensado en el seno del Consejo de la Tierra que en su momento presidia Maurice Strong, exsubsecretario general de la ONU, conocido impulsor de políticas compulsivas de control de natalidad. Del mismo consejo parte el ex premier soviético, Mikhail Gorbachov, ya fallecido, que fue el fundador de la organización Cruz Verde Internacional. También intervinieron en su redacción, entre otros, el ex- Director General de la UNESCO, Federico Mayor Zaragoza (uno de los impulsores de la llamada Alianza de las Civilizaciones junto a José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente del gobierno español) Mercedes Sosa, Paulo Freire y Bella Abzug, entonces presidenta del WEDO, la Organización para el Desarrollo de las Mujeres y el Medio Ambiente, una de las poderosas ONG’s con status consultivo en las Naciones Unidas, que busca el reconocimiento del aborto como derecho humano y la equiparación de las parejas homosexuales a las heterosexuales.
Bajo el patrocinio de la casa real holandesa que apadrinó la Carta, en su presentación oficial se reunieron centenares de autotitulados representantes de las más diversas instituciones del mundo. Al frente de la cita en Amsterdam se encontraban Steven Rockefeller; la princesa Basma Bint Talal de Jordania, Erna Witoelar, embajadora especial de la ONU para las Metas de Desarrollo del Milenio para Asia y el Pacífico; el ministro holandés Jan Peter Balkenende; Ruud Lubbers, ex-primer ministro de ese país; Leonardo Boff; el embajador especial de la ONU, Maurice Strong; Jane Goodall (Premio Príncipe de Asturias); el rabino Awraham Soetendorp, etc.

No faltaron a la cita los representantes de las grandes compañías industriales, tecnológicas y financieras, los bancos de primer nivel y las agencias para el desarrollo de la ONU y de los países que encabezan la reingeniería social anticristiana.
La Carta de la Tierra fue presentada y aceptada por el Secretario General de las Naciones Unidas e incluida entre los documentos a aprobar por los Jefes de Estado de la Cumbre de la Tierra+5 (Rio+5, Asamblea General de las Naciones Unidas, 23 al 27 de junio de 1997). Pero a pesar de que la falta de tacto de los funcionarios del Consejo para el Desarrollo Social, hizo que la oposición del bloque de países llamado Grupo de los 77 hiciera fracasar en un principio la iniciativa, la Carta de la Tierra no fue enterrada en junio de 1997 en Nueva York, sino que siguió en pie y gozando de buena salud hasta su promulgación.
La Carta de la Tierra, como indicó en su día Gorbachov, es “el manifiesto de una nueva ética para el nuevo mundo”, un verdadero “Decálogo de la Nueva Era”, base para un código de conducta universal que debía regir al mundo desde el año 2000 fecha de su promulgación. “Estos nuevos conceptos– dijo el ex premier soviético y antes jefe de la KGB-, se deberán aplicar a todo el sistema de ideas, a la moral y a la ética y constituirán un nuevo modo de vida. El mecanismo que usaremos será el reemplazo de los Diez Mandamientos, por los principios contenidos en esta Carta o Constitución de la Tierra”.
A tenor de estas intenciones, podemos afirmar que la Carta de la Tierra es un manifiesto materialista, pagano y panteísta, que entre otras muchas cosas intenta controlar férreamente la población mundial. Una de las explicaciones que le encuentran los expertos a este documento, es la de disfrazar de elevadas intenciones, por el bien de la humanidad, el proyecto de convertir grandes extensiones del planeta en el almacén de materias primas que asegure el sostenimiento de los hábitos opulentos de consumo de unos pocos privilegiados.
Si no es así, ¿por qué determina, con el habitual lenguaje antinatalista de la ONU, modos de reproducción que respeten los derechos humanos y las capacidades regenerativas de la tierra? ¿Se impondrán cuotas de población a ciertas zonas del planeta, para preservar los recursos naturales?
¿Por qué la insistencia de la Carta en conceptos que la ONU utiliza para disfrazar sus políticas de control de la natalidad y sus proyectos de reingenieria social, como la equidad de género y la salud reproductiva y sexual de las niñas y las mujeres como pre-requisitos para el desarrollo sustentable?
“La tierra, cada forma de vida y todos los seres vivos y todos los seres vivientes poseen un valor intrínseco. Se debe garantizar el respeto y su cuidado”, dice la Carta en su primer punto. Pero, ¿se desprende de esto que sólo el hombre tiene derechos absolutos, que le han sido dados por el Creador?, o por el contrario, ¿las piedras, las plantas y los animales, tendrían los mismos “derechos” que el ser humano?
Como lo declararon en Río de Janeiro en 1997, los redactores de la Carta están dispuestos a convertirla en “la única agenda para el gobierno mundial”, es decir, es un propósito declarado, que la Carta es un proyecto totalitario, de imposición de una determinada ideología, que en su materialismo, en su ateísmo y en su afán de control, coincide con el marxismo cultural que se está extendiendo por todo el planeta.
Desde hace tiempo la opinión pública esta sometida a un lavado de cerebro que trata de sustituir el concepto de respeto debido a la naturaleza y a la creación, de raíz eminentemente cristiana, con los esquemas de un ecologismo radical (ecología profunda) y de una nueva ideología del humanismo inmanentista (nuevo humanismo).
Esta ideología no se priva de cultivar diversas formas de materialismo pseudo religioso o espiritual, que se asimila a algunas manifestaciones del misticismo oriental, así como del esoterismo y la cábala, y con ello procura descristianizar la sociedad e implantar un nuevo modo de interpretar toda la realidad. En los documentos internacionales se llama claramente a este empeño, un proceso de reingenieria social.

De este modo, el nuevo humanismo pretende salvar de un supuesto exterminio a determinadas especies animales, y sin embargo, provocan un verdadero holocausto con leyes que autorizan el abominable crimen del aborto. Y esto en nombre de la paz y la armonía. ¿No es la matanza de millones de inocentes, el mayor atentado contra la vida y contra la paz?
La nueva “religión” ambientalista radical rompe lanzas por mantener la naturaleza intacta, bosques, mares y montañas, pero desconoce las naturales diferencias entre hombre y mujer, tratando de imponer unos nuevos derechos, contrarios a la naturaleza misma, basados en la teoría de género y la libre opción sexual.
Esta cosmovisión predica incansablemente que el ser humano tiene como fin elevar la propia calidad de vida, aún a costa de la vida de los no nacidos, los enfermos y los viejos. Busca una utópica felicidad intramundana, que el hombre sólo con sus fuerzas nunca podrá alcanzar. Así, reedita las teorías sobre el progreso sin fin de la humanidad.
El nuevo humanismo predica también el “respeto a la diferencia” buscando el reconocimiento de ciertos derechos a la “pluralidad de géneros” pero le niega “el respeto a la diferencia” a otros seres humanos que, por ejemplo, desean ser buenos cristianos, viviendo su fe en todo lugar y no solo encerrados en su casa o en la iglesia. También se lo niega a una pareja – hombre y mujer- cristianos o no, que quiera tener una numerosa prole, o a aquellos otros padres que, ejercitando sus derechos inalienables, quieren transmitir a sus hijos una fe trascendente. Y, por supuesto, el nuevo humanismo no ejercita el “respeto a la diferencia” con respecto a los médicos que por motivos éticos, no quieren ser cómplices del crimen abominable del aborto.
Toda diferencia que no entre dentro de las diferencias estipuladas por la nueva élite global es calificada por los voceros del Nuevo Orden Mundial, de antidemocrática, violenta, delito de odio, totalitaria y fundamentalista.
Cabe resaltar que, en la presentación de la Carta de la Tierra, sus redactores afirmaron haber consultado a más de 300 lideres religiosos. Así, la Carta de la Tierra pretende vestir de una cierta espiritualidad al Nuevo Orden Mundial.
Un proyecto similar en ideología e intenciones lo encontramos en el proyecto de Nueva Ética Global, que Hans Kung presentó hace unos años en el Foro Económico Mundial en Davos, auspiciado por el World Wildlife Found (WWF, Fondo para la Vida Silvestre, del príncipe Felipe de Edinburgo). El ex teólogo católico dijo allí que no se puede construir el Nuevo Orden Mundial sin una nueva ética planetaria. En la misma línea, Gorvachov, como ya hemos señalado anteriormente, se comprometió a imponer la Carta de la Tierra en lugar de los Diez Mandamientos, porque es necesaria “una nueva ética para la nueva era”.
Algunos han intentado unir estos dos proyectos y así construir un “único paradigma mundial para la paz y la gobernabilidad global”.
La Carta de la Tierra: el nuevo culto pagano
Como hemos señalado anteriormente, la Carta de la Tierra es una declaración internacional de principios, propuestas y aspiraciones aparentemente para una sociedad mundial sostenible, solidaria, justa y pacífica en el siglo XXI. Pero no es únicamente eso. A nuestro entender, es el documento que enmarca la nueva religión de la Tierra.
La declaración contiene un planteamiento global y conciso de los retos del planeta, así como propuestas de cambios y de objetivos compartidos que pueden ayudar a resolverlos. Está redactada en un estilo accesible y positivo. Por eso resulta, en un principio, atractivo y seductor.
Aunque abarca muchas áreas de atención y de detalle, su resumen es muy simple: todos somos uno. La Carta llama a la humanidad a desarrollar una visión universal y de conjunto en una coyuntura crítica de la historia.
Dicha Carta no nació con el objetivo de ser un documento internacional más. Tratando de ir más allá de la teoría, se ha ido desarrollando a la vez un movimiento internacional plural, autónomo, que trabaja para poner en práctica sus principios. Esta red civil global es conocida como la Iniciativa de la Carta de la Tierra.
Uno de sus patrocinadores, Wangari Maathai, declaro en su momento que: “hay que volver a reescribir la Biblia. Una biblia, en el que el hombre, el medio ambiente y Dios formen parte de un todo en el que no haya diferencias, para romper con las tradición abrahámica del judaísmo, el cristianismo y el islam, dominada por el antropocentrismo en el que se le da a la naturaleza una importancia secundaria”.
Cuentan las crónicas oficiales, que, en el evento de proclamación de la Carta de la Tierra, la reina Beatriz de Holanda rindió homenaje al Arca de la Esperanza -remedo blasfemo del Arca de la Alianza- en la que se encuentra simbólicamente guardada la Carta de la Tierra, así como en el Arca de la Alianza se encontraban las Tablas del Decálogo.

El Arca de la Esperanza es un arca ceremonial de madera, inspirada explícitamente en el Arca de la Alianza bíblica, que transportó la copia original de la Carta de la Tierra en una “peregrinación desde Alaska a Sudáfrica”. Incorpora símbolos como el árbol de la vida, la mariposa (renacimiento, transformación), espirales (eternidad, energía vital), y otros elementos propios de la iconografía cabalística y de la Nueva Era.

El propio “Arca” opera como un “cofre del conocimiento” o “matriz de vida”, principio arquetípico del recipiente que alberga la sabiduría y la simiente regeneradora, reflejando la interpretación esotérica de la alianza iniciática.
El uso del papiro, manuscritos y ornamentos en oro y azul (colores cabalísticos), la presencia de elementos que evocan los sefirot y la unidad de cielo y tierra, remiten a matrices gnóstico-cabalísticas.
La peregrinación global que se realizó, actuó como “rito de iniciación planetaria”, llevando la “nueva ley” a todos los pueblos, bajo la forma de un acto colectivo de consagración.
Cuando se produjeron los atentados de las Torres Gemelas pocos días después, Sally Linder, decidió con otros activistas, llevar el arca hasta Nueva York. Cientos de caminantes se unieron a la iniciativa. El arca de halla en el New York’s Interfaith Center.

El arca ha presidido encuentros en las Naciones Unidas, en el Encuentro Mundial para el Desarrollo Sostenible en Johannesburgo y siempre con la idea de que ilumine a los participantes en estos encuentros. Organizaciones de todo tipo, escuelas, universidades, comunidades religiosas, museos y conferencias internacionales han utilizado el arca en muchos de sus actos.

Dentro del Arca de la Esperanza, acompañando la Carta, se incluyeron los llamados “Libros Temenos” (libros iniciáticos), reliquias y mensajes de esperanza enviados desde todo el mundo, muchos de ellos con oraciones, mantras ecológicos y llamamientos a la fraternidad universal, escritos por niños, líderes espirituales y figuras relevantes de la Nueva Era.
Interpretados esotéricamente, estos textos funcionarían como “catecismos” de la nueva religión sincrética, similares a grimorios antiguos, y su inclusión en el Arca de la Esperanza simboliza la sustitución del catecismo cristiano y de la Biblia por un compendio ecuménico y gnóstico de iluminación terrenal.
La Carta de la Tierra y el Arca de la Esperanza promueven una esperanza horizontal, centrada en la conservación de la vida material y en la autorrealización colectiva a través del equilibrio ecológico, desplazando la trascendencia cristiana por una redención cosmológica y terrenal.
Estamos ante una esperanza de inmanencia, donde la salvación es colectiva, planetaria y vinculada a la paz, el desarrollo sostenible y la justicia social, en claro contraste con la esperanza vertical y escatológica cristiana basada en la redención individual por gracia de Dios.
Esta inversión, representa la consagración de la “esperanza gnóstica”, la redención sincrética y material de la humanidad bajo un pretexto ecológico.
Como sabemos, el gnosticismo es una corriente espiritual que surgió en los primeros siglos del cristianismo, caracterizada por la doctrina del “conocimiento” (gnosis) como vía de salvación. Dicha corriente enseña un dualismo radical entre materia y espíritu y considera la creación material como obra de un demiurgo inferior, siendo el espíritu prisionero del cuerpo y del cosmos, controlado por arcontes. Desde una visión más perspicaz, el gnosticismo seria la “religión secreta” de las élites, matriz de sectas esotéricas y fuente de los rituales ocultos que subyacen a la ingeniería social moderna.

La liturgia “interreligiosa” de proclamación de la Carta, es decir el pseudocultismo sin dogmas, pagano y panteísta, corrió a cargo de Kamla Chowdhry, el “maestro” Sheng Yen, el rabino Awraham Soetendorp, y Leonardo Boff (exsacerdote franciscano, uno de los máximos exponentes de la Teología de la Liberación y ecologista brasileño que inspiró la encíclica Laudato Si’ promulgada el 2015).
Escribía Leonardo Boff resumiendo las conclusiones del evento en Amsterdam: “Este sueño bienaventurado supone entender ‘la humanidad como parte de un vasto universo en evolución’ y la ‘Tierra como nuestro hogar, y viva’; implica también ‘vivir el espíritu de parentesco con toda vida; con reverencia; el misterio de la existencia, con gratitud y el don de la vida que utiliza racionalmente los bienes escasos para no perjudicar el capital natural de las generaciones futuras; ellas también tienen derecho a un Planeta sostenible y con buena calidad de vida”.
Boff, autor de “A la sombra del Arco Iris. Una Ética Planetaria y una espiritualidad ecológica”, continuaba diciendo: “Las cuatro grandes tendencias de la ecología -ambiental, social, mental e integral- están ahí bien articuladas, con gran fuerza y belleza. Si es aprobada por la ONU, la Carta de la Tierra será agregada a la Carta de los Derechos Humanos. Así tendremos una visión holística de la Tierra y de la Humanidad, formando un todo orgánico, sujeto de dignidad y de derechos”.
Por su interés reproducimos a continuación un texto del “ecoteologo” Leonardo Boff, de 27.07 2015 sobre las afinidades entre la encíclica Laudato Si’ sobre “el cuidado de la Casa Común” y la “Carta de la Tierra, nuestro Hogar”
“La encíclica “Cuidado de la Casa Común” y la “Carta de la Tierra” tal vez sean los dos únicos documentos de relevancia mundial que presentan tantas afinidades comunes. Tratan del estado degradado de la Tierra y de la vida en sus varias dimensiones, fuera de la visión convencional que se restringe al ambientalismo. Se inscriben dentro del nuevo paradigma relacional y holístico, el único, así nos parece, capaz de darnos todavía esperanza.
La encíclica conoce la Carta de la Tierra que cita en uno de los puntos más fundamentales: «me atrevo a proponer nuevamente su precioso desafío: como nunca antes en la historia, el destino común nos hace un llamado a buscar un nuevo comienzo» (n. 207). Ese nuevo comienzo es asumido por el Papa Francisco.
Enumeremos, entre otras, algunas de esas afinidades.
En primer lugar aparece el mismo espíritu que atraviesa los textos: de forma analítica, recogiendo los datos científicos más seguros, de forma crítica, denunciando el actual sistema que produce el desequilibrio de la Tierra, y de forma esperanzadora, apuntando salidas salvadoras. No se rinde a la resignación sino que confía en la capacidad humana de forjar un nuevo estilo de vida y en la acción innovadora del Creador, “soberano amante de la vida” (Sab 11,26).
Hay un mismo punto de partida. Dice la Carta: «Los patrones dominantes de producción y consumo están causando devastación ambiental, agotamiento de recursos y una extinción masiva de especies» (Preámbulo, 2). Repite la encíclica: «basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran deterioro de nuestra casa común… el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista» (n.61).
Hay la misma propuesta. Afirma la Carta: «Se necesitan cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y formas de vida» (Preámbulo,3). La encíclica enfatiza: «Toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad» (n.5).
Una gran novedad, propia del nuevo paradigma cosmológico y ecológico, es esta afirmación de la Carta: «Nuestros retos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales, están interrelacionados y juntos podemos forjar soluciones incluyentes» (Preámbulo, 3). Hay un eco de esta afirmación en la encíclica: «hay algunos ejes que atraviesan toda la encíclica: la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología y la propuesta de un nuevo estilo de vida» (n. 16). Aquí toma valor la solidaridad entre todos, la sobriedad compartida y «pasar de la avidez a la generosidad y a saber compartir» (n.9).
La Carta afirma que «hay un espíritu de parentesco con toda la vida» (Preámbulo 4). Lo mismo afirma la encíclica: «Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas… y nos unimos también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la Madre Tierra» (n.92). Es la franciscana fraternidad universal.
La Carta de la Tierra enfatiza que es nuestro deber «respetar y cuidar de la comunidad de vida… respetar la Tierra en toda su diversidad» (I,1). Toda la encíclica, comenzando por el título “cuidar de la Casa Común” hace de ese imperativo una especie de ritornelo. Propone «alimentar una pasión por el cuidado de mundo» (n. 216) y «una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad» (n.231). Aquí surge el cuidado no como mera benevolencia puntual sino como un nuevo paradigma, amoroso y amigo de la vida y de todo lo que existe y vive.
Otra afinidad importante es el valor asignado a la justicia social. La Carta mantiene una fuerte relación entre ecología y «la justicia social y económica» que «protege a los vulnerables y sirve a aquellos que sufren» (n.III,9 c). La encíclica alcanza uno de sus puntos altos al afirmar «que un verdadero planteo ecológico debe integrar la justicia para oír tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres» (n.49; 53).
Tanto la Carta de la Tierra como la encíclica subrayan contra el sentido común vigente que «cada forma de vida tiene valor, independientemente de su uso humano» (I, 1, a). El Papa reafirma que «todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros» (n.42). En nombre de esta comprensión hace una vigorosa crítica al antropocentrismo (nn.115-120), pues solamente ve la relación del ser humano con la naturaleza usándola y devastándola y no al contrario, olvidando que él forma parte de ella y que su misión es la de ser su guardián y cuidador.
La Carta de la Tierra formuló una definición de paz de las más felices que han sido elaboradas por la reflexión humana: «la plenitud que resulta de las relaciones correctas consigo mismo, con otras personas, con otras culturas, con otras vidas, con la Tierra y con el Todo del cual somos parte» (16, f). Si la paz, según el Papa Pablo VI, es «el equilibrio del movimiento» entonces la encíclica dice que el «equilibrio ecológico tiene que ser el interior con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios» (n.210). El resultado de ese proceso es la paz perenne tan ansiada por los pueblos.
Estos dos documentos son faros que nos guían en estos tiempos sombríos, capaces de devolvernos la necesaria esperanza de que todavía podemos salvar la Casa Común y a nosotros mismos”.

Una religión única o el sincretismo universal
El 24 de mayo de 2015, el Vaticano promulgó la Encíclica Laudato Si´ sobre el cuidado de la Casa Común. Posteriormente, el 25 de septiembre también de 2015, la Asamblea General de Naciones, en la Cumbre para el Desarrollo Sostenible, aprobó los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la famosa Agenda 2030.
Ese mismo día, el papa Francisco visitó la sede de las Naciones Unidas en Nueva York y pronunció un discurso ante la Asamblea General. Su mensaje se centró en la necesidad de un desarrollo sostenible, la lucha contra la pobreza y la exclusión social, y la urgencia de proteger el medio ambiente. Pidió un esfuerzo global para combatir el cambio climático, criticó la carrera armamentística y el narcotráfico, y defendió los derechos humanos universales.

Cabe recordar, sin embargo, que el Secretario General de la ONU, Kofi Annan en el año 2000, en el discurso inaugural de la sesión especial de la Asamblea General llamada Beijing+5, hizo suya una afirmación de las organizaciones eco-feministas enroladas en la Red Día de la Tierra: “Nosotros no somos huéspedes de este planeta. Nosotros le pertenecemos”. De este modo, Annan señaló una constante en los intentos de “reingeniería de las religiones”, un panteísmo cada vez menos disimulado, que informa lo que en documentos oficiales la ONU se llama globalización de las creencias religiosas y que nosotros hemos venido en llamar, la globalización espiritual.
En este contexto hay que encuadrar este “culto” al Día de la Tierra, informado por la Carta de la Tierra y con las organizaciones que la promueven como el Consejo de la Tierra, el Centro Interconfesional del Diálogo, (también llamado Templo del Entendimiento Universal); el Global Forum of Spiritual and Parlamentary Leaders for Human Survival; organizaciones eco-abortistas, indigenistas (cultos a la Pacha Mama, la Madre Tierra); lesbofeministas (cultos a la diosa Gaia); sectas orientalistas como la Bahá’í International Community, una institución new age pro-homosexual que, por ejemplo, organizó en Miami (1992), la Conferencia Mundial para el Desarrollo de la Mujer y el Medioambiente, en la que propuso una serie de tesis a favor del aborto seguro y legal como derecho de las mujeres y como medida para la protección del medio ambiente.
Cada año dentro de los programas propuestos en la Red Día de la Tierra destacan las celebraciones para las “comunidades religiosas”. El programa aclara que es adaptable a todas las creencias, para aquellos que creen en «un Dios Creador» o en «diversas divinidades», para «los evolucionistas moderados», para «quienes creen que la materia es un ser viviente», etc. En definitiva, una mezcla de la que nada bueno puede salir. A mi entender, resulta contradictoria la participación de la Iglesia Católica en estos eventos y celebraciones que promueven el sincretismo ya que más bien confunden y son contradictorias con su Magisterio y su hermosa propuesta contenida en la Teología de la Creación.
Desde la cosmovisión cristiana, no se trata de ignorar el problema ecológico tan ampliamente expuesto por San Juan Pablo II en su magisterio, y posteriormente por el Papa Benedicto XVI con sus propuestas para una “ecología natural y humana” realmente compatible con el desarrollo humano integral y con el bien común, sino que se trata de evitar que a través del ecologismo radical y el culto a la Tierra, a Gaia o la Pachamama, caigamos en un indiferentismo o un igualitarismo religioso inmanentista y neo panteísta.


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