En el hogar aprendemos a ser personas
El valor de la vida doméstica y el arte de formar seres humanos a través del pensamiento de G.K. Chesterton
“Hogar, dulce hogar” solemos decir. En esa denominación están la casa familiar, la casa de las jóvenes parejas que de ahí parten. Un lugar para estar con los nuestros, repleto de relaciones interpersonales, vivencias, objetos con historia. Una casa a donde volvemos para cobijar a los papás, los hermanos, los hijos, los abuelos… Un rincón para recogerse, ventilar el alma, reparar el corazón y darle consistencia a la narrativa familiar. Casa, cosas y personas, todo un micro mundo de sentido por el que vale la pena vivir.
Aurora Pimentel ha escrito un sugestivo libro, En casa. Una aproximación a las ideas sobre el hogar y lo doméstico de Gilbert Keith Chesterton (Madrid, CEU 2024), en el que hilvana un buen puñado de ideas sobre el hogar, con textos glosados de los escritos de Chesterton. Nos suena que el casado casa quiere. Chesterton, desde el distributismo que profesa, propone más: cada persona, cada familia debe tener acceso a una pequeña propiedad para que organice su vida familiar con los colores, aromas, melodías, anchuras o estrecheces propias de la aventura de constituir una familia.
Cada día con su afán, cada país con sus retos: facilitar los servicios para las casas o propiciar el acceso a tener la casa propia. Chesterton vivió en el primer tercio del siglo XX. Desde entonces ha corrido mucha agua. Percibió que el Estado y el capitalismo salvaje de entonces eran los dos enemigos más feroces del hogar. El primero por entrometerse y el segundo por sacar de la casa a sus habitantes, ocupados como estaban en hacer producir a las empresas. Entiéndase, no era una oposición al orden ni a la riqueza producida, era más bien, una mirada de preocupación ante los excesos del Estado y del capital. Se trata, de un lado, del estatismo controlador de la vida social, al punto de generar una mentalidad colectivista que despoja de la capacidad emprendedora al ciudadano; y, de otro lado, del capitalismo salvaje orientado a la sola búsqueda de utilidades, absorbiendo el tiempo y espacio del sosiego familiar.
Hay, por supuesto, mucho que hacer. Cada hemisferio tiene sus propias tareas y el hogar tiene sus particulares querencias. En su defensa del hogar -señala la autora- Chesterton reivindica la “encarnadura” que, para empezar, es esa atracción inicial entre hombres y mujeres, en una vida común con sus noches y sus días, sus gozos y apuros, capaces de acoger la vida; abriéndose paso -fatigosamente, tantas veces- en medio de la sociedad del consumo, adiestrada para que el usuario no sepa distinguir lo superfluo de lo necesario.
¿Qué necesita la sociedad? ¿Qué país queremos dejar a las nuevas generaciones? Son preguntas corrientes en el discurso público. Las respuestas tienen más o menos el mismo tenor: erradicar la corrupción, hambre cero, ecosistema sano, inclusión, etc. Le seguimos dando vuelta a las preguntas y respuestas y llegamos a la educación. Dice Chesterton: “la ciencia que se estudia en el hogar es la más grande y gloriosa de todas las ciencias, expresada muy inadecuadamente por la palabra educación, y trata nada menos que sobre el misterio de la formación de los seres humanos (p. 76)”. La educación superior profesionaliza, pero es en el hogar en donde aprendemos el oficio por excelencia, el de ser persona.
Es un don tener una casa. Supone mucha entrega hacer de ella un hogar en donde los nuestros se nutran del ABC de la vida. No hay sociedad buena, sin ciudadanos comprometidos y no hay ciudadanía sin familia.

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