En el día de los enamorados
El amor que no se agota en una fecha: más allá de las flores y el comercio
Que el 14 de febrero se celebra el Día de los Enamorados es cosa bien sabida desde hace muchas décadas en nuestra cultura. En esta jornada, tarjetas postales, flores, dulces, cenas, viajes y multitud de otros regalos pululan, estimulados por el ingenio comercial, como reclamos de una inveterada costumbre convertida en moda social. Ahora bien, es esta una festividad con ingredientes de distintas tradiciones y épocas.
Por una parte, dentro de la órbita cristiana, se evoca la memoria de san Valentín, sacerdote que, en el siglo III, ejerció su ministerio en Roma, bajo el mandato de Claudio II. Este emperador –que, por razones de conveniencia militar, había decidido prohibir el matrimonio entre jóvenes– fue desafiado por Valentín, quien, ante lo injusto del decreto, siguió casando a los enamorados en secreto. Después de preso y martirizado, fue finalmente ejecutado tal día como hoy del año 270. Para honrar a este santo, entre el 496 y el 498, el Papa Gelasio estableció en esa misma fecha su efeméride litúrgica.
Del mismo modo, esta popular conmemoración conlleva la evocación de usos colectivos asentados desde muchos siglos antes del cristianismo: hay quien argumenta que sus orígenes se remontan indirectamente a festejos paganos de épocas prerromanas en los que se exaltaba la fecundidad. En tiempos más recientes, como el período comprendido entre la caída del Imperio Romano y mediados del siglo XV, surgieron también prácticas sociales de intercambio de regalos y cartas de amor en Gran Bretaña y Francia. A su vez, los norteamericanos adoptaron esta costumbre a principios del siglo XVIII, incrementándola en los dos últimos siglos hasta darle el fuerte arraigo de su forma actual.
Sin embargo, en el fondo de todo este mestizaje histórico se encuentra la incontestable realidad cotidiana del amor que –con el suave aliento de sus pasos en falso, sus idas y venidas, sus esperanzas y sus dudas– impulsa la vida de todos los días. Es la tendencia irrefrenable a existir en otra persona para sentirse pleno y, en palabras de Francisco Umbral (1932-2007), “evacuar [así] la sensación angustiosa de que la vida se va sin acertar con sus caudales en nuestra receptividad”.
En su intimista novela Si hubiéramos sabido que el amor era eso, este autor expone, con lírica ternura, la lúcida visión de una historia de amor entre dos jóvenes estudiantes que, por ignorar la naturaleza auténtica de aquel sentimiento, desconfían de su propia relación. Junto a estos protagonistas, el narrador –uno de los prosistas más originales, renovadores, relevantes y prolíficos de la literatura hispánica actual, en el que literatura y existencia se funden–, al intercalar en la acción del relato sus propios remansos de reflexión, se convierte en un personaje más de un contexto cuya misma inseguridad cotidiana evidencia la presencia real del amor.
Porque lo que está en juego no es ni más ni menos que aquella sustancia que se “dan uno al otro, los que se aman, mediante palabras vulgares, miradas ocasionales, mediante la red compleja y accesoria de la presencia, del movimiento, de la vida social”. Por ello, “cuando uno de los dos, o ambos, tratan de aislar ese fluido, de reducirlo a sí mismo, desechando lo que estorba, que es la vida en torno, puede ocurrir que el fluido se volatilice, ya que vive y alienta precisamente en el discurrir de todas las cosas”. De ahí que haya siempre “menos amor en una escena de amor que en cualquier otra escena entre esos dos mismos enamorados”.
Buena conclusión ésta para tenerla en cuenta en la festividad de hoy. A su celebración deben mucho los comerciantes. Pero, al insustituible amor anónimo de todos los días –y a su constante generación de riqueza–, todavía le debe mucho más la economía en general, pues con él, millones de personas mueven la vida del mundo en generosa actitud de donación, reconocimiento y agradecimiento a la persona amada. O, incluso, de simple recuerdo… El mismo con el que –según Umbral– se cumple el ideal de uno mismo: “saberse reducido [con la belleza de lo inexistente] a la línea escueta de la posible perfección humana”, en la que “nadie es tan puro como cuando es recordado con amor”.
Pedro Paricio . Dame tres minutos

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