El territorio de la utopía
Entre el anhelo del paraíso terrenal y la esperanza cristiana
Tenía dieciocho años cuando, en segundo curso de carrera, en la asignatura de Historia de la filosofía moderna, tuve que leer Utopía, la obra más conocida de Tomás Moro (1478-1535), humanista londinense que, ya en vida, gozó de reconocido prestigio universal. Se trata de una especie de novela filosófica en la que el autor expone sus puntos de vista filosóficos y políticos como crítica de las condiciones sociales de la Inglaterra de su tiempo. Su valoración le llevó a anhelar una reforma radical del orden social por lo que respecta al régimen de libertad, propiedad, trabajo, educación, religión, alimentación, vivienda, descanso, distracción… Esta disposición ideal de la estructura de una comunidad conforme a la razón la plasmó en la isla de Utopía.
El nombre de este ficticio territorio dio origen al vocablo común de etimología griega (´lo que no tiene lugar` o ´lo que no está en ninguna parte`) con el que se hace especial referencia a un género literario consolidado en el Renacimiento: el de la utopía como fruto del esfuerzo de esa época histórica por una renovación social mediante la indagación del fundamento universal y eterno de la naturaleza del Estado. En este período se investigó el principio último que da fuerza y valor a la comunidad política y se plantearon cambios que pudieran conducirla a su forma ideal, que no es otra que su estructura racional.
Desde entonces, el aguijón de la utopía se mantiene clavado en la conciencia occidental como un reto. Tal desafío no ha cejado en el empeño de realizarla, llegando a convertirse, a partir del siglo XIX, en la fuerza determinante de la reflexión política: todo previsto y programado para conseguir un mundo feliz. Ello ha sido así hasta el punto de que, si bien como solución definitiva es inalcanzable el logro de una sociedad perfecta, en algunas ocasiones el pensamiento utópico ha creado ciertas condiciones que, con el paso del tiempo, se han convertido en auténticos avances para la realidad social.
Sin embargo, a pesar de que el anhelo utópico obedece a la innata capacidad del ser humano de ensoñación y deseo de mejora del mundo, no hay que confundir tales cualidades con la decidida pretensión de implantar la fe ciega en un supuesto paraíso terreno. Son actitudes diferentes. La historia ha visto una sucesión de utopías que, acompañadas algunas de ellas por grandes
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