EL SEÑORÍO de Ulises
«Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma»
Ser yo. Hacer contigo. Compartir con todos.
Nadie nace sabiendo gestionarse. Se aprende, como se aprende a conducir: con torpeza al principio, con algún golpe, hasta que un día el volante deja de darte miedo. La libertad no es un estado que te cae encima. Es un proceso de reconstrucción constante. Se conquista con la acción, día a día, decisión a decisión. Vivimos en gerundio.
Nos entrenamos con lo más cercano, de fuera a dentro.
En primer lugar, el entorno. Eso que me rodea, -las cosas-, está para servirme, no para gobernarme.
¿Servirme, si no sé qué quiero ni adónde voy?
Todos tenemos un móvil, una agenda, un trabajo, una casa. Pero si dejo que dirijan el rumbo -el móvil que interrumpe cada pensamiento, la agenda que decide por mi—, algo se ha invertido.
Mi forma de tratar lo que me rodea, me retrata. Me vuelve visible, para bien o para mal.
Y aquí va una idea incómoda: nadie da lo que no tiene. Si no soy «el capitán del barco», no conoceré el destino. Y todos los vientos me parecerán favorables.
El señorío no es control: es autogobierno. Cuando hablamos de gobierno de uno mismo no hablamos de mano dura ni de autoexigencia sin descanso. Hablamos de dirección respetuosa: aceptarme, quererme y, desde ahí, mejorarme.
Es el «quiero» y el «puedo» trabajando juntos, porque me gobierno. Manejar el timón de mi vida significa gobernar mi cuerpo, mis ganas, mis afectos, mi carácter. Dirigir mi voluntad hacia lo que es bueno y mi cabeza, con humildad, hacia lo que es verdad, de las cosas y de las personas. Sin victimismo, sin caer en la trampa del perfeccionismo.
Es necesario cambiar el objetivo de la cámara.
Imagina que giras el objetivo hacia ti mismo. Con paz y sin temor, dejas de ser solo quien mira para ser también observado, conocido, querido. Te capacita para la autodeterminación.
Ser libre no es hacer lo que me dé la gana. Es depender, sobre todo, de uno mismo y entregarme a alguien o a algo -un proyecto- por decisión propia, sin que me lo roben ni me lo impongan sin contar conmigo.
La responsabilidad, tarde o temprano, vuelve a ti.
Para un viaje hay un proyecto y un mapa de carreteras. La realización es posterior.
¿Quiero ser mi mejor proyecto?
Realizar algo es llevarlo a su plenitud, a lo que le es propio.
¿Y qué me es propio? Ser alguien, no algo.
No soy un objeto más, por muy útil que resulte.
Aceptar la verdad exige honestidad, aunque después decida no vivir según ella. Porque la verdad es la frontera de mi libertad y, en conocerla, me juego la vida entera.
Sin verdad, la convivencia se convierte en una guerra de opiniones, en un rencor constante por querer tener razón sobre algo que ni siquiera hemos aceptado tal como es.
Respetar lo que se es y actuar según la dignidad que porto, es el compromiso de la libertad.
Cuando actuamos, la calidad de la persona no viene en ningún apéndice de la nómina. Es un intangible propio de la persona que, con esfuerzo, lleva a término.
Nuestras acciones: con las cosas, las tareas y las personas nos visibilizan; con pares, inferiores y superiores.
Nada se puede pedir para «ayer». No se puede exigir algo cuando no se ha explicado bien el qué, el cuándo y el cómo. Se delega el modo de hacer las cosas, pero no el objetivo. Y ese modo tiene matices que hay que explicar y respetar.
Tampoco se debe poner a nadie en su nivel de “incompetencia”. La lealtad crece en libertad.
El compromiso, como la confianza, no se compra. Pertenece a otra categoría: la del corazón enamorado del proyecto.
Y enamorar es tarea de enamorados, no de jefes que buscan clones.
Cuando sientes que te ocultan información -una forma sutil de engaño-, cuesta entregar confianza. E invita a responder con el mismo engaño.
Satisfecho -un modo de estar- no es lo mismo que ser feliz.
Medimos con precisión la satisfacción laboral. Está bien. Pero el estómago se satisface; la persona busca algo más grande, que no se puede confundir con la mera productividad.
Seis de cada diez personas no recomendarían su propia empresa a un amigo. Podríamos culpar solo a «los de arriba». Pero si toda la responsabilidad fuera de quien manda, los demás seríamos solo piezas movidas desde fuera.
Y no lo somos.
Puedo dar sin que me lo pidan, mejorar mi tarea sin que nadie me lo pague ni me lo agradezca.
Es una decisión personal. Es libertad interior.
Está al alcance de cualquiera. Pero quien piensa por sí mismo no se deja manejar ni maltratar fácilmente.
Y ahí, precisamente, se actualiza mi libertad.
«A cada hombre le tendríamos que hablar
en una lengua distinta,
a cada amigo le tendríamos que hablar
con una voz distinta
…»
Luis Rosales (1910-1992)
Extracto adaptado del capítulo III, 2.ª parte, «El hacer de alguien», del libro El yo y sus metáforas, de Rosa Montenegro.
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