27 agosto, 2026

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El cura honrao hace siempre lo colorao

Cuando la arbitrariedad del celebrante viola los derechos del pueblo

El cura honrao hace siempre lo colorao

Hay una indignación silenciosa, pero firmemente arraigada, que recorre los bancos de muchas de nuestras iglesias. Una fatiga espiritual ante el espectáculo de la ocurrencia personal, del «todo vale» y del atrevimiento litúrgico que confunde el altar con un atril de autoría propia.

Frente a esto, la reciente catequesis del papa León XIV en su audiencia general de este miércoles 26 de agosto de 2026 no es un mero recordatorio académico sobre el Concilio Vaticano II. Es un grito de alerta, un cortafuegos muy necesario y una llamada de atención directa a quienes infantilizan o manipulan la celebración comunitaria. 

La tentación del protagonismo y el desprecio al derecho del laico

Existe una anomalía profundamente injusta en la vivencia eclesial cotidiana. El respeto escrupuloso hacia los textos aprobados por las conferencias episcopales —herramientas cuidadas que ofrecen legítimas y amplias opciones para la creatividad pastoral y la cercanía— choca frontalmente con el afán de protagonismo -aún sin pretenderlo- de algunos oficiantes. 

Se inventan parte de las plegarias, se mutilan o extienden oraciones, se improvisan adaptaciones sin la debida y preceptiva aprobación institucional bajo la coartada de una supuesta «inculturación» que nadie ha pedido ni autorizado. 

Como laico, asisto a esto con una legítima y profunda indignación. Porque aquí se conculca un derecho fundamental: el derecho del pueblo creyente a celebrar los sagrados misterios tal y como la Iglesia los ha dispuesto, con dignidad, sobriedad y cauces comunes. 

La liturgia no es el cortijo particular de ningún sacerdote ni el laboratorio de pruebas de una creatividad egocéntrica. Pertenece al «entero cuerpo de la Iglesia», como recuerda la constitución Sacrosanctum Concilium (n. 26). 

Cuando el celebrante se salta las normas a la torera, reduce al fiel de miembro activo a rehén pasivo de sus caprichos estéticos o ideológicos. 

El absurdo del gallinero: ¿y si todos hiciéramos lo mismo?

Llegados a este punto, cabe hacerse una pregunta elemental llevada al extremo del absurdo que algunos imponen. 

¿Qué ocurriría si cada fiel que asiste a las celebraciones litúrgicas decidiera por su cuenta hacer las cosas de otra manera porque le da más devoción o porque así parece que comprende mejor lo que dice o hace? 

Si aplicáramos el principio de la arbitrariedad individual a la nave de la Iglesia, el templo se convertiría de inmediato en un gallinero espantoso. Si cada asistente adaptara el culto a su capricho particular bajo la coartada de su subjetividad, la celebración implosionaría y la liturgia perdería por completo su verdadero ser. 

Si al sacerdote se le tolera alterar los textos e inventar ritos bajo el pretexto de conectar mejor, se está abriendo la puerta a que la sagrada asamblea se reduzca a una anárquica suma de monólogos incomunicados. 

El derecho inalienable del laico a que se celebre «como Dios manda»

Cuando se cuida con pulcritud la liturgia, ésta adquiere un tono sublime que eleva el alma a Dios, impulsando de manera natural a una mayor y más fructífera asistencia a la santa misa dominical y diaria. 

Como laicos poseemos derechos sagrados e inalienables en el corazón de la comunidad eclesial. Entre ellos destaca con fuerza propia el derecho de justicia a exigir que la Eucaristía se celebre exactamente «como Dios manda». 

Nos asiste el derecho a que se respete con rigor el ofertorio del pan y del vino de forma diferenciada; a que se mantenga el sentido real del lavabo y la purificación tras el ofertorio; a que se cuiden con devoción las oraciones secretas que el sacerdote pronuncia en voz baja; y a que las admoniciones y avisos se acoten estrictamente a sus espacios justos, sin convertirse jamás en monólogos interminables que secuestran el tiempo sagrado… 

Dentro de esta tónica, la extensión desmedida de las homilías se ha convertido en otro de los grandes azotes contra el tiempo litúrgico, a pesar de las repetidas advertencias del papa Francisco. El género homilético no es fácil y exige una profunda preparación, tal como lo hacían los Padres de la Iglesia, y no una improvisación prolija. 

Cuando la homilía rompe la medida prudencial —recordando que el Santo Padre señaló un límite de quince minutos para los domingos, y que en la misa diaria debería no existir o ser extraordinariamente breve, de apenas dos o tres minutos—, muchos fieles que hacen el esfuerzo diario de asistir legítimamente se ponen nerviosos y con razón. Se les está robando la posibilidad real de quedarse unos instantes en silencio después de la Eucaristía para dar gracias a Dios por el don recibido y por la Misa celebrada. 

León XIV contra el abuso postconciliar

El Papa ha querido poner los puntos sobre las íes en su última catequesis sobre la reforma litúrgica. Recordando la clarividencia de aquel entonces cardenal Giovanni Battista Montini en 1962, León XIV subraya que la liturgia es lenguaje, vehículo de la enseñanza divina y cauce de diálogo con Dios. No admite la arbitrariedad porque perdería su inteligibilidad y su fuerza sagrada. 

El Pontífice ha sido implacable al señalar los desvíos de la era postconciliar: «Su recta comprensión permite también rechazar los abusos que se han verificados en algunos sectores de la Iglesia en la estación postconciliar, y que por desgracia tal vez aún hoy se verifican, absolutizando o mal comprendiendo algunos de los principios que estaban en la base de la reforma misma»

¡Cuánta verdad en estas palabras! 

Se utilizó el concepto de «participación activa» para justificar el desmadre horizontal, la ruptura de las formas y la imposición de gustos particulares que terminan ahogando el misterio. Se confundió la renovación con la banalización. 

La noble simplicidad frente al desorden

Frente a la ocurrencia litúrgica, la Iglesia exige a sus pastores —obispos y sacerdotes— la responsabilidad sagrada de custodiar una liturgia que resplandezca por su «noble simplicidad». 

Los textos están ahí, validados tras años de estudio y sabiduría eclesial, ofreciendo una riqueza de opciones litúrgicas más que suficiente para cualquier sensibilidad pastoral sensata. No hace falta inventar la rueda cada domingo, ni recurrir a una falsa inculturación de pacotilla para conectar con la gente. Lo que conecta es la verdad, el rigor y el respeto. 

Hacia un horizonte de esperanza: cuando el buen hacer llena los templos

Afortunadamente, a pesar de estos rescoldos de arbitrariedad, soplos de aire fresco recorren nuestras comunidades y cada vez son menos frecuentes esos abusos y esas «neocostumbres» improvisadas. 

La realidad es tozuda y luminosa. Cuando la liturgia se celebra con fidelidad, amor y pulcritud —atendiendo con gracia a lo que mi madre definía con tanta sabiduría popular recordando las indicaciones impresas en rojo del Misal: «el cura honrao hace siempre lo «colorao»»—, los resultados pastorales no se hacen esperar. 

La experiencia demuestra de forma incontestable que cuando el altar se cuida y se respeta como lo que es, el templo se llena de fieles ávidos de trascendencia. Por el contrario, allí donde se banaliza y se impone la ocurrencia personal, el banco languidece y se vacía. 

La liturgia es la fuente primaria de la vida de Dios, no el escaparate del ego de turno. Urge recuperar definitivamente el pudor litúrgico y devolverle al pueblo lo que por derecho le pertenece: una celebración consciente, devota, activa y, sobre todo, fiel.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.