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Rosa Montenegro

Voces

14 septiembre, 2026

4 min

¿Es el vino, es la uva…?

Sin «denominación de origen»

¿Es el vino, es la uva…?

La uva no distingue de tierras. El vino necesita la creatividad del vinicultor y la DO la certifica. Certifica su origen personal.

La toxicidad humana no lleva ese sello.

No existe el «síndrome de toxicidad humana». No tiene tierra, época, ni cultura. Tampoco religión.

Cada persona es única y es libre.

Hay quien jamás trataría a un enemigo como se trata a sí mismo.

Se exige lo «imposible». Se vuelve «imperdonable»,
Convierte cada error en una condena.
Y llama pereza al descanso que necesita.

La toxicidad la reconocemos cuando viene de fuera.

Pero cuando la voz que hiere lleva nuestro propio nombre, se desconoce.

La misma actitud con la que puedo humillar a alguien puede convertirse, cuando la vuelvo hacia mí, en perfeccionismo.

La misma ira que descargo sobre otro, puede instalarse dentro y no dejarme vivir en paz.

Y quizá haya que detenerse en la palabra Toxicidad.

Lo tóxico contamina. Entonces nos protegemos, ponemos límites, nos alejamos de personas o conductas.

Pero ¿qué ocurre cuando esta palabra ha solapado la voz interior? Esa voz que no calla.

No me habla de una “sustancia contaminante” que llevo dentro.

Habla de mi libertad, de mis decisiones. Del bien que reparto o escodo.

Y me interroga ¿qué estoy haciendo con el bien original que se me ha confiado?

Quizá cambiar una palabra no cambie la realidad. Pero puede cambiar la pregunta y la respuesta.

Y eso es importante.

Si hablo de contaminación, busco limpiar.

Si hablo de toxicidad, busco protección.

Pero si hablo de libertad, aparece algo más retador: responsabilidad.

La tradición cristiana pone nombre a esas inclinaciones que pueden deformar el bien original. Santo Tomás de Aquino las sistematizó en siete heridas radicales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.

No hace falta compartir la fe católica para reconocerme en ellas. Pero tampoco hace falta borrar su origen para reconocerlas universales y reveladas en cada persona de diferentes modos e intensidades.

Miremoslas en sus dos direcciones.

La soberbia personal puede humillar al otro, o exigirme una perfección que nadie alcanza por “la fuerza de la gravedad”.

La avaricia puede invadirme queriendo acumular riqueza’s, pero también convencerme de que descansar es tiempo perdido porque no me resulta “productivo”

La ira puede estallar contra alguien o convertirse en una voz interior sin tregua que rumia ofensas, algunas veces, imaginarias.

La gula puede buscar placer en la comida, o en el trabajo, la pantalla o en cualquier cosa que desdibuje el “original” que transportamos.

La envidia puede mirar lo que tiene el vecino o compararnos sin descanso con esa versión de nosotros mismos que no es la propia.

La pereza puede desentenderse del otro o, más silenciosamente, abandonarnos a nosotros mismos.

Y la lujuria puede reducir a alguien a objeto, pero también convertirme en imagen, cuerpo, rendimiento, escaparate.

Sin embargo, esto no es un diagnóstico.

Una inclinación no es una identidad.

La persona no es un conjunto de síntomas previsibles. Dos personas pueden compartir la ira y vivirla de manera completamente distinta. Porque entre lo que sentimos y lo que hacemos existe algo que ninguna etiqueta puede encerrar: nuestro libre albedrío.

Y aquí la palabra «toxicidad» vuelve a confundir:

Una tierra contaminada no decide qué hacer con la contaminación.

La persona sí.

Nadie elige despertarse una mañana con soberbia, ira o envidia. Pero existe un instante, a veces pequeño, casi imperceptible, en el que puedo decidir qué hago con aquello que invade mi interor.

Ahí comienza mi responsabilidad.

No como una culpa que aplasta, sino como la respuesta personal.

Ser libre no es no tener inclinaciones. Es poder responder a ellas.

La uva es uva en cualquier tierra. El vino que decidimos ser es lo que nadie debe elegir por nosotros.

Y aquí aparece otra aportacón decisiva de Santo Tomás: el mal no tiene una existencia propia; es privación del bien. El mal es el bien que ha sido desordenado, deformado o privado de su plenitud. Como la sombra que reclama la luz.

Queremos descansar y terminamos abandonándonos.

Queremos protegernos y terminamos encerrados.

Queremos ser reconocidos y terminamos viviendo para la aprobación ajena.

No siempre hay que arrancarlo todo de raíz. Discernir el qué, el cómo, el cuándo, se vuelve necesario.

Podemos pulir aristas del lenguaje y, al mismo tiempo, perder palabras capaces de interrogarnos por el bien, la libertad y la responsabilidad.

No se trata de recuperar vocabulario sino la realidad que esa palabra protegía.

Fabio Rosini, en El arte de recomenzar, señala una dirección sencilla y exigente: ante la realidad, el único camino inteligente es acogerla.

Acoger no significa justificar.

Tampoco resignarse.

Significa comenzar desde donde estamos.

Quizá recomenzar consista precisamente en eso: atrevernos a llamar a las cosas por su nombre sin convertir ese nombre en nuestra identidad.

La persona puede volver la mirada sobre sí misma Y si acepta la ayuda de Quien es luz y fuerza, emerge luminosa y fortalecida.

Rosa Montenegro

Pedagoga, orientadora familiar (UNAV) y autora del libro “El yo y sus metáforas” libro de antropología para gente sencilla. Con una extensa experiencia internacional en asesoramiento, formación y coaching, acompaña procesos de reconstrucción personal y promueve el fortalecimiento de la identidad desde un enfoque humanista y transformador.