Diciembre… Un día elegido para mí
Un viaje de fe y amor: mi despertar espiritual y el llamado que marcó mi vida
Recuerdo, como si fuera ayer, mi despertar una madrugada de invierno con un grito que no sabía de dónde procedía y solo oía en mi interior: “La mies es mucha, los obreros pocos…” (Mt 9,37).
Fue una luz que borraba toda sombra de duda y que todavía hoy sigue resonando como llamada primera, como impulso que atraviesa décadas y permanece intacto.
Evoco también con nitidez mi primera comunión en una pequeña capilla: solo mi madre, mi hermano y yo. El recordatorio que conservo lleva la fecha del 5 de junio de 1958. Aquel día fue un regalo de amor inmerecido, la certeza de que la vida se abre con un sello de pertenencia.
De niña, leía el Evangelio de noche con una linterna bajo las sábanas, pues la noche era para dormir, no para leer. Lo subrayaba a colores. Aquellas páginas se convirtieron en confidencia y refugio, como un tesoro escondido que nadie más conocía. Era mi secreto, la primera semilla de una amistad que nunca me ha faltado.
En 1972 conocí a san Josemaría en el colegio Tajamar de Madrid. No fue una luz aislada, sino un horizonte de amaneceres sin fin. Siempre lo explico con una imagen: como la mujer que busca el vestido adecuado para una fiesta. De pronto, un fogonazo: un escaparate con un maniquí vestido. Y yo era ese maniquí que cobraba vida, con vestido, zapatos y bolso, convertida en la reina de la fiesta.
Era mi traje: destino, camino y herramientas para los tropiezos. Era el Amor que me esperaba en cada recodo. Dije “sí” sin titubeos al amor y al dolor, a la tarea de cosechar cada día, arrimar el hombro sin excusas ni fuegos fatuos, confiando en quien me había buscado desde el principio de los tiempos.
San Josemaría era un huracán que abrasaba corazones, y el mío estaba preparado por tantas horas al pie de la cruz, cuando en la universidad me escapaba a acompañarle: “Siento tu mirada clavada en el fondo de mi alma dura; su calor quema mis entrañas, como el fuego la cera pura.” Le decía, fija mi mirada en la suya.
Pedí la admisión en el Opus Dei el 14 de diciembre de 1972 y, por la misericordia de Dios, jamás he vuelto la vista atrás. Ese día marcó un antes y un después. Aprendí que la fidelidad no es rigidez, sino flexibilidad para dejarse moldear cada jornada, con la certeza de que lo que se entrega nunca se pierde.
Hoy, 2 de octubre de 2025, hago público mi agradecimiento al Amor que detuvo su mirada en mí con infinita misericordia. Es un agradecimiento sereno, nacido de la experiencia, pero al mismo tiempo vibrante como el primer día.
Hago mía la oración de Gustave Thibon (1903-2001), en su libro” Nuestra mirada ciega ante la luz”:
“Cuando te digo: rezo por ti, esto no significa que de vez en cuando musite algunas palabras pensando en tu recuerdo, sino que quiero cargar sobre mis espaldas con toda tu responsabilidad; que te llevo dentro de mí como una madre lleva a su hijo; que deseo compartir —y no sólo compartir, sino atraer enteramente sobre mí— todo el mal, todo el dolor que te amenaza; y que ofrezco a Dios toda mi noche para que Él te la devuelva transformada en luz.”
Hoy, con mi edad, mi corazón sigue vibrante, anhelando el abrazo eterno y que, al llegar a su presencia, me sonría. Esa esperanza me sostiene y me impulsa a no vivir de prestado, sino a aprovechar cada jornada como puntada en el tapiz de mi vida.
Solo el amor me libera del temor adolescente de escuchar: “No te conozco.” He comprendido que no hay otro camino más seguro que dejarse reconocer por Él, porque su mirada no se pierde, aunque la mía a veces se distraiga.
Cada día intento enhebrar la aguja con el hilo que Dios me concede para tejer mi tapiz, con un revés lleno de nudos, pero sabiendo que ese es el recorrido diario. Y, aunque el tapiz parezca imperfecto, confío en que del otro lado —el que solo Él ve— se dibuja una obra bella.
En el fondo, todo se reduce a esto: permanecer en el Amor. Porque en la trama de mi vida, hecha de luces y de sombras, de fidelidades y tropiezos, solo el Amor ha sido y será siempre la urdimbre que sostiene cada hilo.
“La mies es mucha, los obreros pocos. Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (San Mateo 9-37,38)

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