El Césped del vecino siempre parece más verde
La dignidad humana en la era de la conexión vacía
¿Es el césped o nuestra mirada?
No sé si existe un ser más indigente que el hombre en su nacimiento…Sin embargo en esa indigencia ya está inscrita nuestra dignidad eterna. Ser para otro. Dependencia es otro nombre del amor.
Todos sabemos de nuestras victorias y nuestras derrotas, pero ignoramos las ajenas. Y esa indigencia se agudiza y se vuelve atemporal con la crisis en la familia, en las relaciones interpersonales…. Sin una mirada que se detenga pausada en la nuestra.
Hoy la frase “no tengo tiempo” parece cualificarnos por la demanda que supone de nuestra presencia o acción y, sin tiempo… solo hay cañas en el bar de la esquina.
¿Por qué corremos tanto? ¿Hacia dónde?
Nos necesitamos.
Ninguna organización fracasa solo por carencia de talento, sino por defensas invisibles. El “topo grupal” aparece cuando la necesidad de control sustituye a la confianza. A veces se llama prudencia; otras, estrategia. Casi siempre, es miedo compartido.
Aquí se juega la gran cuestión del ser humano moderno que ha descartado la filosofía como fuente de sabiduría. Hablemos -una cuestión metafísica- de la diferencia entre ser y existir. El ser es la esencia que permanece en los cambios, es el fundamento; el existir es el modo en que ese ser se despliega en el tiempo, es manifestación. Cuando existir se separa del ser, el “hacer” se vuelve automático, sin alma, y la obra se corrompe. Cuando se reconcilian, la acción cobra dirección y la vida, sentido. El hacer “siendo» expresa la autenticidad: actuar desde lo que uno es.
El primer signo de un topo en el equipo es la pérdida de alegría. Cuando las personas dejan de celebrar el trabajo bien hecho, algo se ha agrietado bajo tierra.
El hacer “siendo” cobra plenitud cuando es “con” y “para” los otros. No somos “algo” que se usa o se descarta; somos alguien para alguien. Ahí se juega la libertad: en la decisión cotidiana de entregarnos sin convertir, ni convertirnos en un medio.
El sujeto y los fines
El fin no justifica los medios.
Los equipos maduros no son los que evitan el conflicto, sino los que lo transforman en diálogo. El silencio impuesto es tan dañino como la palabra agresiva. Un grupo crece cuando aprende a hablar y a callar con respeto; cuando el liderazgo no se impone, sino que sirve y acompaña.
Vivimos en relación de modo constante. Nos importan las respuestas de los demás, vivimos en una conversación continua, tanto por acción como por omisión; la aceptación, el reconocimiento y la aprobación son el feedback positivo que favorece el optimismo en la fatiga de ser fieles a la esencia, basta a veces una palabra amable para sostener una jornada entera.
Cuando la necesidad de reconocimiento ocupa el centro, aparece el servilismo. El servicio busca el bien del otro; el servilismo se busca a sí mismo. El primero proyecta y construye; el segundo reclama, se impacienta… Quien sirve desde su identidad no necesita aplauso continuo: entiende que el valor de su trabajo no se reduce a una cifra en nómina ni a una palmada en la espalda.
No estamos hechos para la soledad y uno de los miedos -topo roedor- que más condiciona decisiones profesionales es aquel que a veces amenaza: quedarse fuera, no ser tenido en cuenta, que no te pidan opinión. Buscamos la “tribu” como escondite. La masa difumina los contornos del miedo.
Aportar valor es el mejor antídoto contra el abandono. En los equipos sanos, las conversaciones giran sobre lo común: la misión, los objetivos y las personas. La complicidad en la ¡tribu! basada en la crítica de los ausentes genera toxicidad y desconfianza.
La confianza como tarea
El gobierno de la gestión y la toma de decisiones nos remite a la libertad.
En el hacer «siendo», la autonomía responsable es el espacio donde la creatividad baila con el acierto y el error. Hoy se buscan personas capaces de pensar por sí mismas, tomar decisiones…. Gestionar bien implica distinguir qué puedo decidir sin consultar, qué puedo decidir consultando primero y qué no me corresponde. La libertad interior no es trinchera para ocultarse tras un “no sabe, no contesta”.
El jardín compartido exige jardineros conscientes. No basta con buenas intenciones; hace falta cuidado sistemático. Cada persona es responsable del clima que genera. Las virtudes que fertilizan el terreno colectivo son sencillas y exigentes: humildad, coherencia, gratitud y sentido del humor.
La experiencia de libertad se prueba en el error y el acierto, en el acuerdo y el desacuerdo, en la ofensa y el perdón. Es un suma y sigue persistente. La autonomía no es emancipación de la verdad y del bien: es la madurez de quien alinea inteligencia, voluntad y acción con un fin que merece la vida. A esa persona no la detienen las críticas ni la seducen los halagos; sigue la voz de su conciencia y evita la doblez estratégica que todo lo justifica por el resultado.
La coherencia exige esfuerzo y mantenerla en el tiempo agota.
Por ese motivo es vital aprender a descansar. Cuidarnos es necesario para poder cuidar.
En la gestión diaria, el cansancio debe regularse. A veces amamos tanto lo que hacemos que cuesta abandonarlo a tiempo. A mí me ayudó mucho lo que me dijo un coach “La obra de arte no se termina, se abandona”
El gobierno de uno mismo (la libertad en desarrollo)
Primero, aprendemos a gobernar las cosas: conocer su naturaleza, respetarla y ponerlas a nuestro servicio. El no ser poseídos capacita el desprenderse cuando el bien mayor lo reclama. Después, gobernamos nuestras decisiones y ellas nos revelan. La libertad, bien ejercida, nos capacita para la trascendencia: nos entregamos sin diluirnos, nos damos sin perdernos.
¡Nunca olvidemos quiénes somos!
El césped siempre será naturalmente verde

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