Diario de una seducción (2)
Un itinerario interior: lecciones de vida y esperanza a través de las Confesiones de san Agustín
3 de enero de 1972: Me encontraba en segundo curso de carrera cuando en esa fecha comencé a leer, para la asignatura de Historia de la filosofía antigua y medieval, las Confesiones de Agustín de Hipona (354-430), una de sus obras más conocidas. Redactada en forma de diálogo con Dios, describe el itinerario interior seguido por este hombre extraordinario en su búsqueda de la verdad, por lo que, además de señalar alternativas para la vida propia y ajena, esclarece también los problemas que constituyen el núcleo de la personalidad humana y de la misma existencia.
10 de enero: De ellos, dejé señalado en mi diario personal éste que hacía referencia a la esperanza. Como profunda motivación de la naturaleza humana, el destello de su llamarada nos permite confiar en la futura posesión plena de su luz: “[Señor,] si no llorásemos a vuestros oídos, ningún resto quedaría de nuestra esperanza. ¿De dónde viene, pues, que de la amargura de la vida se coge fruto suave: gemir y llorar, suspirar y quejarse? ¿Acaso será dulce por eso, porque esperamos que Tú nos oirás? Seguramente ocurre esto en las plegarias, por el deseo que llevan consigo de llegar a Ti”.
13 de enero: La amistad propicia vínculos entrañables entre los humanos. Pero, ¿cuál es el especial sello que le otorga solidez y permite distinguirla del roce casual entre personas?: “Esto es lo que se ama en los amigos, y de tal manera se ama que nuestra conciencia se reconoce culpable si no ama a quien la ama y no paga el amor con otro amor, sin demandar otra cosa al amado sino las muestras de su amor [..]. Bienaventurado es, Señor, el que te ama a Ti y al amigo en Ti y al enemigo por Ti. Sólo aquel no pierde ningún ser amado, [porque] son amados todos en Aquel que no se pierde jamás”.
15 de enero: La verdad es interior al hombre y, al mismo tiempo, trascendente. No es la razón, sino la ley de la razón, el criterio del que se sirve ella para juzgar las cosas. Por ello, “había aprendido de Ti –dice san Agustín– que no por decirse elocuentemente debe parecer una cosa verdadera, ni debe parecer falsa porque suenen descompuestamente los signos que los labios articulan, ni tampoco se ha de tener por verdadera una cosa porque se dice toscamente, ni por falsa por lo mismo que se dice en brillante estilo, sino que la sabiduría y la estulticia vienen a ser como los alimentos: provechosos o dañosos, y que unos y otros manjares pueden ofrecerse en vajilla cincelada o grosera, como la verdad puede servirse indiferentemente en estilo primoroso o en lenguaje no afeitado”.
16 de enero: La belleza late en toda la creación, si bien está ordenada a un destino trascendente. Adaptarse a su medida sobrenatural no comporta disminución en la libertad del hombre, sino ampliación de su horizonte vital: “Mis ojos aman las formas bellas y variadas, los colores límpidos y frescos. No cautivan estas bellezas mi alma. Cautívela Dios, que creó todas estas cosas buenas: Él es mi bien; no ellas. Ellas me impresionan de un cabo al otro del día, mientras estoy en vela, y no me dan paz ni reposo, como me los da la música callada cuando todo está en quietud en derredor mío”.
17 de enero: Las grandes concepciones teóricas aportadas por la ciencia y la filosofía acerca de la naturaleza del tiempo son de difícil comprensión. Más accesible resulta esta seductora visión agustiniana: “Los tiempos son tres: presente del pasado, presente del presente, presente del futuro. Estas tres modalidades están en el alma; en otra parte no las veo: memoria presente de lo pasado, intuición presente de lo presente, expectación presente de lo futuro […]. En ti, espíritu mío, mido el tiempo […]. Lo que constituye el tiempo son las mudanzas de las cosas, las vicisitudes y las modificaciones de las apariencias”.
La fascinación universal de las Confesiones es una constante histórica. Esta obra –de gran éxito ya en vida del santo– ofrece la clave de la personalidad de un pensador que encontró en la misma naturaleza del hombre la posibilidad de buscar a Dios y de amarle.
Pedro Paricio . Dame tres minutos

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