Deberes de verano con sabor a cielo
Un verano para disfrutar… y enseñar a amar lo que de verdad importa
Termina el curso y llega ese tiempo tan esperado: las vacaciones de verano. Tiempo para descansar, jugar, disfrutar… y también para crecer por dentro. Muchas familias recurren a los clásicos cuadernos de repaso, y está bien. Pero ¿y si este verano los deberes fueran otros? ¿Y si, en lugar de centrarnos solo en lo académico, aprovecháramos para cuidar lo más importante: el alma de nuestros hijos?
Durante el año, las prisas nos comen. Entre deberes, actividades, horarios y cenas rápidas, apenas hay margen para detenernos a hablar con ellos de lo esencial: de la fe, de Dios, del sentido profundo de la vida. El verano, sin embargo, nos regala un ritmo distinto, más pausado, más disponible. Si no nos lo proponemos, si no hacemos un pequeño planning, si no ponemos la diana, todo se nos escapará entre excursiones y helados. Pero si lo ponemos en el centro, pueden ser unas semanas inolvidables.
¿Qué tal si les hablamos de los santos? Elegir juntos uno por semana, leer su historia, ver una película, imitar algún gesto suyo. Los santos no son figuras lejanas: son amigos del cielo que siguen vivos y activos. A los niños les fascina descubrir que existieron personas como ellos que amaron a Dios con locura.
¿Qué tal si les enseñamos nuevas oraciones? No como una obligación, sino como una aventura: rezar con el corazón, en familia, en la playa, en el coche, al acostarse. Pueden escribir una carta a Dios, visitar a Jesús en una iglesia, o aprender a agradecer cada noche lo vivido.
Y si cada día les proponemos una pequeña “misión”: hacer una obra buena, ayudar en casa, llamar a un abuelo, perdonar a un amigo. Así les educamos en el amor concreto, ese que transforma el mundo.
Y sobre todo, tenemos la oportunidad de ser coherentes. Que vean que no se negocia ir a misa los domingos. Que cuando planificamos un viaje, igual que buscamos farmacia de guardia o supermercado abierto, también buscamos con naturalidad el horario de misa. Porque eso habla mucho más que mil discursos.
El verano es una ocasión de oro para sembrar semillas eternas. No hacen falta grandes medios, solo intención y cariño. Si este año cambiamos los deberes de cálculo por los del corazón, nuestros hijos no solo volverán al cole con la mochila llena de recuerdos… sino con el alma un poco más cerca del cielo. Y eso, al final, es lo que realmente importa.

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