De las raíces al cuidado
El desafío de León XIV para una Iglesia que no olvida a sus mayores
Cada año la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores nos invita a detenernos en quienes muchas veces permanecen silenciosamente presentes en nuestras familias y comunidades. Sin embargo, el mensaje del papa León XIV para esta edición propone ir más allá de un homenaje o de una celebración ocasional. Nos plantea una pregunta que interpela profundamente la vida de la Iglesia: ¿qué lugar ocupan realmente nuestros adultos mayores en la misión?
Durante su pontificado, el papa Francisco nos enseñó a mirar a los abuelos como las raíces de la humanidad y de la fe. En numerosas ocasiones recordó que fueron ellos quienes transmitieron la historia, la tradición y el Evangelio de generación en generación. “Los ancianos son los que nos traen la historia, nos traen la doctrina, nos traen la fe y nos la dan en herencia”, afirmaba. También advertía con fuerza que “un pueblo que no cuida a los abuelos y no los trata bien es un pueblo sin futuro”.
Aquellas palabras siguen resonando con fuerza. Muchos de nosotros dimos nuestros primeros pasos en la fe de la mano de un abuelo o una abuela. Aprendimos una oración, hicimos la señal de la cruz o descubrimos el amor de Dios gracias a su testimonio sencillo y cotidiano. Francisco nos ayudó a comprender que sin memoria no hay identidad y que sin raíces no puede crecer ningún árbol.
León XIV recoge esa misma herencia y la proyecta hacia un nuevo horizonte pastoral. En su mensaje para la V Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, toma como lema las palabras del profeta Isaías: “Yo no te olvidaré” (Is 49,15). Dios no abandona a quienes envejecen; por el contrario, continúa llamándolos y confiándoles una misión.
Pero el Papa da un paso más. Ya no basta con reconocer el valor de los mayores ni con agradecerles el camino recorrido. Invita a toda la Iglesia a vivir una auténtica “revolución de la gratitud y del cuidado”, capaz de transformar nuestras comunidades en verdaderas familias donde nadie quede solo, olvidado o descartado.
En una cultura que suele identificar el valor de las personas con su productividad, León XIV recuerda que la ancianidad no es un tiempo de inutilidad sino de fecundidad. Los mayores siguen siendo evangelizadores. Siguen sosteniendo la vida de la Iglesia con su oración, su experiencia, su capacidad de escucha y su esperanza. La misión no termina cuando llegan las canas; simplemente cambia de forma.
Este llamado tiene una enorme fuerza pastoral. Quizá el desafío ya no sea únicamente organizar una celebración para los abuelos una vez al año. Tal vez debamos preguntarnos si conocemos a los ancianos que viven solos en nuestro barrio, si sabemos quién dejó de participar de la comunidad porque ya no puede movilizarse, quién necesita una visita, una conversación, la Comunión o simplemente alguien que le recuerde que sigue siendo parte de la familia de Dios.
Aquí el mensaje de León XIV se encuentra con uno de los grandes desafíos de la Iglesia sinodal. Una comunidad que camina unida no deja a nadie atrás. La sinodalidad no consiste solamente en reunirse o dialogar; se hace visible cuando aprendemos a cuidar de quienes corren el riesgo de quedar invisibilizados.
Por eso el Papa propone un gesto concreto: visitar a un anciano. No como un acto de beneficencia, sino como una experiencia de encuentro con Cristo. La visita deja de ser una simple obra de misericordia para convertirse en un camino de fe. Allí donde alguien escucha, acompaña y comparte un momento con una persona mayor, la Iglesia hace presente el amor de Dios.
Francisco nos enseñó que los abuelos son nuestras raíces. León XIV nos invita ahora a cuidar esas raíces para que sigan dando vida. Son dos voces distintas que expresan una misma convicción: una Iglesia que olvida a sus mayores pierde parte de su memoria, de su identidad y de su esperanza.
Quizá la mejor manera de celebrar esta Jornada Mundial no sea solamente compartir una fotografía con nuestros abuelos o dedicarles unas palabras afectuosas. Tal vez el homenaje más auténtico consista en tocar el timbre de aquel anciano que vive solo, sentarnos a escuchar su historia y descubrir, una vez más, que Dios nunca deja de hablar a través de quienes han recorrido antes que nosotros el camino de la vida.
Porque, al fin y al cabo, una Iglesia que aprende a cuidar de sus mayores es una Iglesia que aprende a parecerse un poco más a la familia que Jesús soñó.

Related
Imaginación y Ceatividad en Tolkien
María José Calvo
16 julio, 2026
7 min
El sendero de la hospitalidad
Marta Luquero
16 julio, 2026
6 min
Notas a la proclamación de fe de los Lefebvristas (c)
Cardenal Felipe Arizmendi
15 julio, 2026
5 min
El maestro y su legado
Hugo Saldaña Estrada
14 julio, 2026
3 min
(EN)
(ES)
(IT)
