Cuando el sacramento es la meta
Bautismo, Eucaristía y Confirmación no son puntos de llegada. El desafío de la catequesis es provocar el encuentro con Dios y construir comunidades misericordiosas que reciban, abracen y acompañen cada etapa del camino de fe
La catequesis necesita animarse a escuchar los signos de los tiempos y, sobre todo, a mirar a las personas concretas que hoy llegan a nuestras comunidades. Familias con recorridos diversos, niños con poca experiencia previa de fe, jóvenes atravesados por nuevos lenguajes y adultos que muchas veces regresan a la Iglesia después de años.
El desafío no consiste en cambiar el Evangelio para adaptarlo al mundo, sino en preguntarnos cómo anunciar hoy a Jesucristo para provocar un verdadero encuentro con Dios.
Hay una escena que conocemos demasiado bien: meses o años de catequesis, preparación, encuentros, reuniones con las familias, ensayos y celebraciones. Llega finalmente el día esperado: la Primera Comunión, la Confirmación, el Bautismo. La iglesia se llena, las familias celebran, hay fotos, abrazos y alegría. Y después, muchas veces, muchos ya no vuelven.
Entonces solemos preguntarnos: ¿por qué se fueron? Pero quizá deberíamos animarnos a formular una pregunta más incómoda: ¿qué les dijimos, explícita o implícitamente, que tenían que alcanzar? Porque si durante todo el proceso hablamos de “prepararse para tomar la Comunión”, “prepararse para confirmarse” o “terminar la catequesis”, no debería sorprendernos que, una vez celebrado el sacramento, alguien sienta que cumplió el objetivo.
Cuando el sacramento se convierte en la meta, la catequesis falló
Porque lo central en todo proceso catequístico no es llegar a una ceremonia, completar un programa ni alcanzar una fecha. Lo central es provocar y acompañar el encuentro con Dios: con ese Jesús vivo que se nos da en la Eucaristía y que también habita en nosotros, sale a nuestro encuentro en la Palabra, en la comunidad, en el hermano y en la vida cotidiana; y con el Espíritu Santo, que viene a fortalecernos, transformarnos y empujarnos en salida, porque arde en nuestro ser.
Por eso, la Comunión, la Confirmación y, menos aún, el Bautismo pueden ser metas. El Bautismo es puerta de entrada y nacimiento a una vida nueva; la Eucaristía es Jesús vivo que se hace alimento para el camino; y la Confirmación es la fuerza del Espíritu Santo que enciende el corazón, fortalece y empuja a la misión.
Nacimiento, alimento y fuerza. Ninguno habla de llegada. Los tres hablan de camino
El Bautismo, precisamente por ser puerta de entrada, no puede ni debe ser celebrado en soledad. La familia no puede estar sola. Por el Bautismo una persona se incorpora a la Iglesia, entra a formar parte de una comunidad concreta de hermanos y hermanas que caminan en la misma fe. Entonces, ¿cómo podemos celebrar esa incorporación si la comunidad a la que estamos diciendo que pertenece no está presente para recibirla?
La comunidad debería estar allí, haciendo visible aquello que estamos celebrando: hay alguien nuevo entre nosotros y queremos darle la bienvenida. Esto también necesita formar parte de la catequesis prebautismal. No alcanza con explicar los signos, el agua, el óleo, la vela o las promesas bautismales. Necesitamos contarles a las familias a qué están entrando: a una Iglesia, a una comunidad que celebra con alegría un nuevo miembro y que está dispuesta a acompañarlo a él y a su familia en el camino.
La familia debería poder sentir desde ese momento que, si necesita algo, puede recurrir a esa comunidad. Que existen personas concretas, rostros y nombres; una comunidad que reza, celebra, escucha y acompaña. Una comunidad a la que poder volver.
Por eso, si después del Bautismo la familia desaparece, no siempre deberíamos preguntarnos por qué no volvió; también podemos preguntarnos si alguna vez sintió que tenía un lugar al cual volver.
Ese “tener un lugar al cual volver” debería hacerse especialmente visible años después, cuando muchas de aquellas familias regresan porque sus hijos comienzan el camino hacia la Eucaristía.
Y allí aparece una imagen profundamente evangélica: el Padre Misericordioso. El padre no espera al hijo con una lista de reproches. No comienza preguntándole dónde estuvo, por qué tardó tanto o por qué se alejó. Lo ve regresar, sale a su encuentro y lo abraza.
Quizá nuestras comunidades estén llamadas a reproducir ese mismo gesto. Cuando una familia regresa después de años, no debería encontrar una comunidad que le reclame su ausencia, sino una comunidad misericordiosa que se alegra porque volvió. Una comunidad que abraza y dice: “Qué bueno que estén acá. Sigamos caminando”.
Porque aquel niño bautizado años atrás no es un desconocido que viene ahora a solicitar otro sacramento. Es un miembro de la comunidad que está atravesando una nueva etapa de su camino de fe. Y nosotros estamos nuevamente allí para acompañarlo.
Esto cambia también la mirada sobre la catequesis de Comunión. No estamos recibiendo familias que vienen simplemente a inscribir a sus hijos para “tomar la Comunión”. Estamos reencontrándonos con hermanos a quienes un día recibimos por el Bautismo y que hoy vuelven para continuar caminando.
Así, Bautismo, Eucaristía y Confirmación dejan de ser compartimentos separados para recuperar la unidad de un mismo proceso: un camino de fe acompañado por una comunidad.
Una catequesis que escucha los signos de los tiempos deberá entonces preguntarse menos cuántos llegaron a recibir un sacramento y mucho más si logramos provocar un encuentro: si conocieron a Jesús, si descubrieron que Dios habita sus vidas, si aprendieron a reconocerlo en la Eucaristía, en la Palabra y en el hermano; si encontraron una comunidad a la cual pertenecer y si algo comenzó a arder en sus corazones.
Porque tal vez el fruto de nuestra catequesis no se mida por quienes llegaron a una celebración, sino por quienes descubrieron que después de ella el camino continúa y que hay una comunidad dispuesta a caminar con ellos y un Jesús que esta alli por siempre.

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