25 agosto, 2026

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Cojas, arrugadas y bizcas

A propósito del encuentro con Cristo y la fragilidad de nuestro diálogo con Dios

Cojas, arrugadas y bizcas

En el canto IX de la Ilíada, Fénix intenta persuadir a Aquiles para que aplaque su cólera y acuda en ayuda de los aqueos. Para ello, recurre a una imagen inolvidable:

“Las oraciones son hijas del gran Zeus y, aunque cojas, arrugadas y bizcas, cuidan de ir tras la diosa Error.” — Homero, La Ilíada

La comparación sorprende. Estamos acostumbrados a pensar en la plegaria como un ejercicio de elevación inmaculado, un momento de pureza cristalina donde el alma asciende sin mácula hacia lo eterno.

Sin embargo, el viejo sabio homérico nos devuelve de golpe a la tierra. Las oraciones son hijas de Zeus, sí; poseen un origen divino y una dignidad excelsa. Pero en su caminar por el mundo son cojas, arrugadas y bizcas. Van renqueando por el fango de nuestra propia miseria humana.

Del suelo clásico al Evangelio

Esta intuición de la antigüedad resuena con fuerza cuando miramos nuestra propia experiencia espiritual. Tal como recordaba el Papa León XIV en su Ángelus del pasado domingo 23 de agosto, la fe no se nos da de una vez por todas. No podemos conformarnos con «lo que se dice», con los tópicos o con convertir la fe en una mera costumbre. 

Ante la pregunta crucial de Jesús a los discípulos —«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»—, el Papa nos animaba a no encerrarnos en nuestras certezas religiosas. Nos recordaba que la pregunta por el Señor surge en la oración, pero también «cuando nos enfrentamos a las heridas y las necesidades de nuestros hermanos». 

Y aun así… ¿cómo es muchas veces esa relación por nuestra parte? Humana y espiritualmente, un completo desastre.

La belleza de una plegaria imperfecta

No sé a ti, pero esa descripción homérica encaja de lleno con cómo es tantas veces nuestra oración. ¡Cuántas veces nos acercamos a Dios con distracciones persistentes, cansancio acumulado, palabras torpes, dudas que muerden por dentro o peticiones egoístas!

Nuestra oración es a menudo coja: avanza a tropezones, frenada por nuestras limitaciones. Es arrugada por los surcos de las preocupaciones cotidianas. Y es bizca porque nos cuesta mirar de frente al Maestro sin desviar los ojos hacia mil vanidades terrenas.

Y, a pesar de ser ese desastre humano, esas oraciones renqueantes consiguen lo imposible: nos sacan de la postración.

Igual que las hijas de Zeus caminan tras la diosa Error para restaurar el orden, nuestras pobres plegarias —por muy frágiles que sean— consiguen atravesar el cielo. No por una supuesta técnica orante perfecta, sino porque Aquel que escucha no busca elegancia retórica, sino la sinceridad desnuda del corazón que clama.

Del fariseo satisfecho al publicano que golpea su pecho

Esta dinámica de la fragilidad brilla con luz propia en el Evangelio, a través de la parábola del fariseo y el publicano que suben al templo a rezar.

El fariseo es impecable, rígido y autosuficiente. Despliega una oración perfecta en la forma, pero hueca y estéril: recita sus méritos, se compara con los demás y presume de rectitud. Es una plegaria que camina erguida, pero que no sale de sí misma ni traspasa el suelo.

En el otro extremo está el publicano. Su oración es la encarnación viva de aquellas hijas de Zeus: llega cojeando, cargado de culpa, arrugado por el peso de sus miserias y con la mirada baja, sin atreverse a alzar los ojos. Se golpea el pecho y balbucea una súplica torpe y verdadera: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador».

Esa oración, aparentemente deshecha, es la que desciende justificada. Dios no busca fachadas relucientes, sino la verdad descarnada de quien se sabe necesitado de misericordia.

Más allá de la costumbre y del tópico

Jesús nos advierte permanentemente contra la tentación de convertir la fe en una rutina y de encerrarnos en nuestras seguridades. La verdadera oración —la que brota de preguntarnos de verdad quién es el Señor y qué nos pide su Evangelio en el día a día— nos exige sacudirnos la modorra.

Cuando nos atrevemos a rezar con nuestras cojeras y arrugas, sin disfraces ni caretas ante Dios, se produce el verdadero encuentro. No necesitamos fabricar una perfección fingida para dirigirnos al Creador. Basta con presentarle nuestra debilidad hecha ruego, como aquel publicano en el rincón del templo.

Porque, al final, las oraciones más auténticas no son las que suenan impecables en los labios de los fariseos satisfechos. Son aquellas que, cojeando y con la mirada desviada, claman pidiendo luz. Y Dios, con su infinita paciencia, siempre sale al encuentro de esas hijas torcidas de nuestra frágil humanidad.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.