17 septiembre, 2026

Síguenos en

Cardenal Arizmendi: Jesucristo y la IA

La Inteligencia Artificial a la luz de la fe: El verdadero progreso humano y la vigencia del mensaje de Cristo frente a los desafíos tecnológicos actuales

Cardenal Arizmendi: Jesucristo y la IA

El cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), ofrece a los lectores de Exaudi su artículo.

HECHOS

¡Qué título tan raro de este mi artículo!, podría alguien pensar. Obviamente, en tiempos de Jesús, nadie se imaginaba lo que estamos viviendo hoy en todos los aspectos, sobre todo en los adelantos tecnológicos. No sólo no había Inteligencia Artificial, pues ni siquiera tenían luz eléctrica; mucho menos celulares, automóviles y cosas parecidas. Sobre todo en lo cultural, su época era muy diferente. Sin embargo, su ejemplo y su palabra nunca han perdido actualidad, ni ahora. El es la perfección humana por excelencia. Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, no pasan de moda, sino que son el criterio para discernir qué de la IA nos sirve y qué nos perjudica. La IA no es el nuevo ídolo, ante el cual se rinde todo mundo, sino una creación humana, que debe servir para que las personas crezcan en humanidad, y no se esclavicen a lo que dice la IA.

Hace más de cuarenta y cinco años, escribí mi testamento, no porque tenga muchos bienes que repartir, pues he decidido vivir con apenas lo necesario, sino para expresar lo más importante de mi experiencia de vida. Escribí: “Estando próximo a cumplir cuarenta años y sabiendo que el Señor en cualquier momento me puede decir “Ven”, quiero expresar lo siguiente: ¡¡¡ VALE LA PENA HACERLE CASO AL SEÑOR !!! Lo que El nos dice y el camino que El nos propone es el medio más seguro para ser feliz, para ser alguien, para que la vida tenga sentido. De esto me he convencido por experiencia de mi propia vida. Y como he tenido oportunidad de conocer a mucha gente en un nivel muy profundo, puedo decir con toda seguridad que, mientras alguien no se decida a hacerle caso al Señor, mientras no acepte practicar su Palabra, nunca va a encontrar la paz interior total, nunca va a ser plenamente feliz, por más cosas, dinero o experiencias sensibles que pueda tener.

A la vez, puedo decir que cuando me he dejado llevar por el medio ambiente o por mis propias inclinaciones, y no he vivido conforme a su Palabra, me he sentido triste, solo, angustiado, con temor y sin paz interior. Pero El me comprende más que yo a mí mismo; me da nuevas fuerzas y, con El, voy luchando y triunfando.

Por experiencia de mi vida, puedo asegurar que VALE LA PENA HACERLE CASO AL SEÑOR. Cómo quisiera que todo el mundo conociera a Jesús, que hiciera la experiencia de dejarse conducir por El… Toda su vida cambiaría. Y para quien no me crea, sólo le sugeriría que hiciera la prueba”. Lo que entonces escribí, lo sostengo hasta la fecha.

ILUMINACION

El Papa León, en la conclusión de su gran encíclica Magnifica Humanitas, en que insiste en el seguimiento de Jesús como criterio para nuestra vida, afirma:

“La verdad que no debemos perder es la de Dios y la del ser humano, tal como Cristo nos la ha revelado” (237). “¡Invirtamos en la educación que empieza por nosotros mismos! Todos necesitamos formarnos para vivir en el mundo digital de manera humana, como parte integrante de la educación en la fe y en la vida virtuosa del Evangelio” (238). “En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la IA puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas; el Señor sigue haciendo nuevas todas las cosas y mantiene abierta para cada época la posibilidad de convertirse en historia de salvación a la luz de la Encarnación” (245).

“En el centro está el misterio de la Encarnación: el Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros. La carne del Hijo, pobre y vulnerable, evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio. El Padre nos muestra la verdadera humanidad de una vida que se realiza en la apertura y en la comunión, hasta el punto de hacernos desear que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo” (231).

“En las promesas del transhumanismo y de algunas corrientes posthumanistas, que persiguen una humanidad potenciada y casi desencarnada, reconocemos un deseo que nos interpela: la necesidad de una vida más plena, menos expuesta a la fragilidad y al sufrimiento. Pero la Encarnación abre un camino diferente. Mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y a elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación” (232).

“La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega” (234). “Y mientras las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas” (235).

ACCIONES

Acerquémonos más a Jesús, y El nos hará seres más humanos. Meditemos su Palabra, platiquemos con El en la oración, recibamos su gracia en los sacramentos y hagamos lo que podamos para estar cerca de quienes sufren física o moralmente.

Cardenal Felipe Arizmendi

Nacido en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.