22 julio, 2026

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¿Y si sí…?

La llamada de León XIV a reflexionar sobre el inicio de la vida y el reto de construir una sociedad que proteja a los más vulnerables desde la concepción

¿Y si sí…?

El reciente discurso del Papa León XIV ante el hemiciclo parlamentario representa, a mi juicio, la intervención más brillante que se ha escuchado en esa cámara en la historia reciente. La trascendencia del momento quedó reflejada en una ovación final de unos siete minutos, interrumpida únicamente porque la Presidenta de la Cámara y el Pontífice iniciaron su salida del hemiciclo. Aunque sería ilusorio pensar en una unanimidad absoluta entre los asistentes, el mensaje caló de forma diversa según las afinidades sociopolíticas y religiosas de cada Señoría. Pero me atrevo a decir que ninguno se vio agredido en sus postulados, pero todos se sintieron interpelados a la reflexión.

De entre sus palabras ante nuestros representantes del Estado, conviene detenerse en un fragmento de especial valentía en el contexto de unas Cortes que han despenalizado el aborto:

«La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».

Esta afirmación sobre la necesidad de custodiar la vida «desde su concepción» adquiere una fuerza arrolladora al vincularse con la defensa de la dignidad de la persona dentro del análisis histórico-crítico planteado por el Pontífice.

Un choque de realidades frente a la ley

Frente a esta postura, el marco normativo e ideológico actual se asienta sobre premisas muy distintas, defendiendo que la condición de persona no se adquiere hasta el nacimiento, o validando una ley de plazos donde el feto es considerado como persona (y por tanto protegido) a partir de las semanas 14 o 22, según los supuestos de la legislación española. Asimismo, la realidad social expone dilemas complejos y de indudable gravedad que el legislador debe atender desde el ámbito psicológico: el drama de los embarazos no deseados, la desesperación de mujeres que no ven viable ofrecer una vida digna a sus hijos o el diagnóstico de enfermedades y discapacidades posibles en el no nacido.

Sin embargo, existe otra serie de evidencias científicas y humanas que también exigen ser analizadas con rigor:

  • Avances médicos: Las unidades de neonatología y ginecología demuestran de forma constante la viabilidad de fetos cada vez más prematuros, al tiempo que las cirugías intrauterinas logran mejorar sustancialmente la perspectiva médica del bebé antes de nacer.
  • El impacto silencioso: Existe un amplio colectivo silencioso de mujeres que padece problemas de salud mental tras haberse sometido a un aborto. Paralelamente, se constata que la visualización de una ecografía ha motivado a muchas mujeres a cambiar su decisión, y han continuado con su gestación gracias al acompañamiento de personas que las acogieron y les devolvieron su dignidad.
  • El duelo perinatal: La realidad psicológica del duelo que atraviesan las mujeres y sus parejas ante la pérdida que produce un aborto espontáneo evidencia la existencia de un vínculo humano indudable.

La hipótesis incómoda y el camino del diálogo

Ante este panorama, resulta evidente que el sistema actual adolece de disfunciones, a pesar de los discursos oficiales que aseguran lo contrario. Cabe plantearse la hipótesis: ¿Y si las palabras de León XIV fueran acertadas y estuviéramos ante una persona real desde el momento de la concepción? ¿Y si nos atreviéramos a cuestionar nuestras propias convicciones sociopolíticas o religiosas para contemplar esta posibilidad?

Asumiendo la célebre frase de José Mota: «¿Y si sí…?», la conclusión resulta sobrecogedora: implicaría que solo en Europa se habría cometido un genocidio de dimensiones comparables a las represiones de los regímenes de Hitler y Stalin durante el siglo XX. Una analogía histórica que evoca la posterior vergüenza de muchos ciudadanos alemanes al ser conscientes de cómo su apoyo a un régimen los convirtió en partícipes de una cruenta tragedia colectiva.

Reconocer esta posibilidad no significa ser insensible al sufrimiento y a las complejas problemáticas que atraviesan las mujeres en sus embarazos. Sin embargo, la solución ética ante estos conflictos no puede pasar por extinguir una vida que es considerada como persona por el Pontífice y por una gran parte de la ciudadanía. Existe el deber moral de buscar alternativas.

El reto actual pasa por recoger el guante de León XIV: abandonar los constructos polarizados y polarizantes, abrir un debate humanitario y creativo que ofrezca salidas reales al fracaso que significa el aborto, y buscar un entendimiento que haga desaparecer este drama para los no nacidos como para sus madres. Solo entonces, aquellos siete minutos de aplausos habrán tenido un valor inmenso, y nos pondremos en camino para crear una sociedad de una “enorme grandeza moral” que se “manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.

Eloy Asenjo Carpintero

Nacido en Madrid (1965). Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988). Profesor de Enseñanzas Medias (especialidades de Informática, Matemáticas y Física) desde 1988 hasta la actualidad. Durante un periodo de cuatro años, trabajé como consultor especializado en la implantación de Nuevas Tecnologías en la Educación y e-learning. En la actualidad, ejerzo la docencia en el Colegio María Teresa de Alcobendas (Madrid). Paralelamente, me encuentro desarrollando material didáctico interactivo que cubre de forma integral el currículo académico de Matemáticas y de Física y Química para Secundaria y Bachillerato.