13 agosto, 2026

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Una distopía sobre la vejez y la exclusión social

‘El sendero azul’

Una distopía sobre la vejez y la exclusión social

La película ‘El sendero azul’, de Gabriel Mascaro, plantea un futuro próximo donde el Estado recluye a los ancianos en colonias periféricas para maximizar la productividad económica al liberar a las familias del cuidado de los más vulnerables. El filme aborda la tensión actual entre el utilitarismo y la dignidad intrínseca de la persona, al tiempo que visibiliza la quiebra de la solidaridad intergeneracional y la erosión del deber ético de gratitud en el núcleo familiar.

Teresa (Denise Weinberg) es una mujer de 77 años que vive humildemente en una pequeña ciudad industrializada del Amazonas brasileño. A pesar de su avanzada edad, mantiene una vida activa trabajando en el servicio de limpieza de una fábrica. Su cotidianidad se ve bruscamente alterada con la irrupción de unos funcionarios gubernamentales que, sin su consentimiento, colocan una corona de laurel metálica en su puerta y le otorgan una medalla como supuesto homenaje. Sin embargo, la visita institucional esconde un propósito regulador: someter a Teresa a un riguroso interrogatorio para fiscalizar su autonomía funcional y dictaminar su nivel de dependencia física. Es aquí donde se revela el verdadero plan estatal: el traslado obligatorio de toda la población mayor de setenta años a colonias residenciales periféricas, bajo el argumento demagógico de garantizarles una atención integral en la última etapa de su vida.

Esta medida biopolítica desata una severa coacción sobre la protagonista, quien se ve forzada a abandonar su puesto de trabajo de manera inmediata. Paralelamente, el sistema incentiva la erosión de la responsabilidad familiar. La custodia legal de Teresa se transfiere a su hija, quien acepta una compensación económica estatal a cambio de delegar institucionalmente el cuidado de su madre y verse libre de las cargas familiares. En este sentido, la familia opera como el primer eslabón de la claudicación moral y se convierte en el brazo ejecutor del edadismo y de la quiebra de la solidaridad.

Como telón de fondo de este control burocrático, las avionetas surcan el cielo difundiendo la campaña depropaganda gubernamental bajo el paradójico lema: “El futuro pertenece a todos”. Esta estrategia discursiva camufla la exclusión radical de los ancianos, quienes son despojados precisamente de su derecho a tener un futuro en libertad dentro de la sociedad. A fin de garantizar la efectividad del plan, el sistema también premia económicamente a quienes delatan a las personas mayores que se niegan a abandonar sus hogares, institucionalizando la sospecha y quebrando la confianza comunitaria. Se consuma así un interés estrictamente utilitarista: apartar a los más vulnerables de sus familias para que las generaciones jóvenes puedan ocupar de inmediato los puestos de trabajo y maximizar la productividad económica general.

Mercantilizar la libertad

Ante este destino impuesto, la protagonista se niega rotundamente a capitular. Teresa toma conciencia de que, tras haber afrontado en solitario la crianza de su hija y el cuidado de su nieto, aún alberga sueños y proyectos que cumplir. Decidida a desobedecer el decreto autoritario, planifica inicialmente un viaje en avión, pero su hija le deniega el permiso para salir de la ciudad. Lejos de someterse, Teresa emprende una huida a bordo de una precaria embarcación con la que realizará un viaje transformador por el río Amazonas. En esta travesía, la aparición de Roberta (Miriam Socarrás) resulta providencial. Se trata de otra anciana que posee un barco bautizado simbólicamente con el nombre de Caridad y, aunque no pertenece a una clase privilegiada económicamente, logró comprar su propia libertad legal gracias a un inesperado golpe de suerte.

Durante el viaje, Teresa descubre con asombro una realidad que ignoraba por completo: que las clases acomodadas tienen la prerrogativa de comprar su manumisión, mercantilizando una libertad que las exime por decreto del destierro. La travesía fluvial conduce a las dos amigas a un desenlace que evoca el final de la novela El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Como ocurre con los eternos amantes de la obra literaria, condenados a un ir y venir infinito por el río Magdalena para preservar su amor, Teresa y Roberta hallan su único espacio de libertad surcando las aguas del Amazonas, un refugio itinerante donde ambas mujeres permanecen a salvo.

Valoración bioética

Desde la perspectiva bioética personalista, El sendero azul opera como un espejo de las fracturas éticas contemporáneas. La película confronta de manera integral la lógica del utilitarismo socioeconómico con el valor ontológico de la persona. Mascaro retrata una sociedad enferma de pragmatismo, donde la dignidad queda subordinada a criterios de eficiencia, productividad y descarte institucional. El edadismo no es solo un prejuicio social, sino que reduce el valor de la persona a su mera utilidad biológica.

La trama visibiliza la vulneración sistemática de premisas bioéticas fundamentales como la libertad y la sociabilidad. La hija de teresa representa a una generación que olvida el deber moral de gratitud, priorizando su propia comodidad económica y asimilando la idea de que su madre es un estorbo gestionable. Al transformar el envejecimiento en un problema de gestión burocrática, la cinta denuncia cómo la pérdida de la solidaridad intergeneracional y la erosión de los deberes familiares de gratitud y cuidado contribuyen a la cosificación de las personas. El director disecciona con precisión quirúrgica el choque entre un Estado biopolítico de matriz utilitarista y la soberanía existencial de los más vulnerables cuya dignidad no admite gradaciones ni caducidad por motivos de edad o merma funcional, cuestionando el núcleo mismo de nuestras estructuras sociales.

En este escenario, la familia cae en la trampa del paternalismo estatal porque al aceptar el eufemismo del “cuidado” en las colonias periféricas sustituye el acompañamiento afectivo por una institucionalización fría y deshumanizada.

La película formula una severa advertencia global ante la deshumanización creciente de nuestras estructuras sociales, políticas y económicas. Sin embargo, la excelente acogida de la obra resulta esperanzadora porque confirma el poder del cine para sacudir las conciencias, mostrando que la exclusión retratada en la pantalla está mucho más cerca de nuestra realidad cotidiana de lo que desearíamos admitir. Como señala Norberto Bobbio: “una sociedad que destruye los lazos intergeneracionales y margina el mundo de la memoria no avanza hacia el futuro, se encierra en un presente ciego”.[1]

Ficha técnica:

Título original: O Último Azul

Año: 2025

Director: Gabriel Mascaro

País: Brasil

Duración: 86 min.

Amparo Aygües . Master Universitario en Bioética por la Universidad Católica de Valencia . Miembro del Observatorio de Bioética

[1] Bobbio, N. (2026). De Senectute. Col. Clásicos radicales. Taurus

Observatorio de Bioética UCV

El Observatorio de Bioética se encuentra dentro del Instituto Ciencias de la vida de la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” . En el trasfondo de sus publicaciones, se defiende la vida humana desde la fecundación a la muerte natural y la dignidad de la persona, teniendo como objetivo aunar esfuerzos para difundir la cultura de la vida como la define la Evangelium Vitae.