«Una Decisión Audaz”
¿Hoy? ¿Y para siempre?
En los tiempos vertiginosos que nos ha tocado vivir, tiempos de usar y tirar, el “para siempre” se ha difuminado y, en algunos casos, borrado de la superficie de la tierra. El periodo de “obsolescencia programada”” se aplica a cosas y personas.
Este fin de semana pasado ha brillado la esperanza con un fulgor deslumbrante. Hoy en este artículo intentaré transmitir ese fulgor, esa esperanza a todos mis lectores.
En una época en la que el compromiso parece imposible y el amor eterno suena a leyenda, dos jóvenes de 23 años han elegido lo contrario: han apostado por un amor recio, libre y con dimensiones de eternidad.
Las Vísperas
Las vísperas anuncian las fiestas grandes. y ésta no podría empezar de otro modo. Recibí una invitación en mi WhatsApp con el siguiente texto “Queridos amigos y familia…la adoración al Santísimo será el viernes 29 a las 19,30h en la ermita… Habrá sacerdote para quien quiera recibir el sacramento de la confesión. Luego nos iremos a tomar algo TODOS. Nos encantará vivir juntos este rato de oración antes de la boda…
Esto empieza bien, pensé; Dios sonríe…

El 30 de agosto, David y Belén, en un presente, prometen un futuro -delante de amigos y familiares como testigos- un futuro en manos de su libertad “Hoy te quiero, pero prometo querer quererte el resto de toda mi vida” una promesa y, esto lo hacen con 23 años.
Algunos dirán ¡Se les ha ido la pinza! como decía el sacerdote en su homilía, pero todo estaba previsto. Habían trabajado duro: su carrera terminada, un trabajo bien rezado, y un proyecto audaz en estos tiempos: Formar una familia.
En la homilía de su boda, el sacerdote les recordó que “solo un frívolo no se da cuenta de que prometer para siempre es en realidad casi imposible”. Casi, casi… pero nada es imposible para el que ama. “Dios es poderoso porque ama” decía el sacerdote.
Y, ahí estaban David y Belén, de pie ante el altar, diciendo un sí que el mundo, muchas veces, considera impronunciable.
El camino hacia Dios es el otro
El sacerdote relató la historia de un esposo que, cada mañana, al levantarse, besaba el suelo diciendo “serviam” -serviré- y luego besaba la frente de su mujer repitiendo: “serviam”. Y les recordó con fuerza:
“El camino al cielo… es el otro.”
No se trata de vivir cada uno para sí mismo, sino de descubrir que en el rostro del cónyuge está la senda hacia Dios.
Sólo con Dios podéis hacerlo. La gracia del sacramento os dará las fuerzas; el matrimonio es cosa de tres y si Dios forma parte, nada puede salir mal.
Un amor que permanece
El amor prometido hoy no es sentimentalismo. El sacerdote lo expresó con claridad y firmeza:
“La caridad, el amor del que nos habla San Pablo, no son floripondios ni cursiladas. El amor es lo más recio, lo más fuerte, lo más duradero cuando es verdadero.”
Ese amor no teme al desgaste ni a la enfermedad. Es el mismo amor que acompañó a un esposo anciano que, tras sesenta años de matrimonio, despedía, con la mano, a su mujer enferma, con la misma ternura con la que la miraba de joven.
La Gran Libertad
En medio de un mundo obsesionado con reclamar derechos, el sacerdote lanzó un desafío luminoso:
“Tengo el derecho de no tener ya nunca más ningún derecho.” (dice la canción)
Y explicó: “¿Cómo sería nuestro mundo si, en lugar de pensar tanto en lo que se me debe, pensáramos más en lo que se necesita? ¿Cómo serían nuestros matrimonios si en vez de exigir derechos buscáramos servir con amor?”
La gran paradoja cristiana es esta: renunciar a exigir para poder amar sin medida.
Un Hogar Luminoso Y Alegre
Lo fuerte del matrimonio, lo fuerte del amor verdadero, es que es para siempre. La eternidad feliz os espera. Un cielo para siempre, para siempre…
La homilía concluyó con un deseo que es también misión:
“No os quedéis pequeños: vuestra casa debe ser un hogar luminoso y alegre, que ilumine a otros y llegue a otros.”
Vuestro hogar, ese fuego que vais a mantener, calentará muchos corazones y buscarán el secreto de vuestra felicidad
El matrimonio de David y Belén no es solo suyo. Es signo para todos nosotros. Es testimonio de que el amor verdadero sigue siendo posible. Y de que, cuando se promete delante de Dios, se convierte en un proyecto con dimensiones de eternidad.


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