Toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto: Comentario del P. Jorge Miró
Domingo, 28 de diciembre de 2025
El P. Jorge Miró comparte con los lectores de Exaudi su comentario al Evangelio del domingo 28 de diciembre de 2025 titulado, “Toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto”.
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Celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Dios quiso nacer y crecer en una familia humana.
El matrimonio y la familia no son una invención humana fruto de situaciones culturales e históricas particulares, ni una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso.
Dios tiene un proyecto sobre el matrimonio y la familia, así nos lo dice Jesús: el Creador en el principio los creó hombre y mujer, y dijo: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne»; «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». El sacramento del matrimonio es un don para la santificación y la salvación de los esposos.
El Papa León nos recuerda que el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo. Este amor, al hacerlos “una sola carne”, los capacita para dar vida, a imagen de Dios.
La familia cristiana está llamada a ser una verdadera Iglesia doméstica en la que Jesucristo es la piedra angular sobre la que se construye la casa: La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón… todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Jesús.
Una Iglesia doméstica que vive, celebra la fe y proclama la fe: que Jesucristo vive y es el Señor de la familia. Y, por tanto, una familia que reza en familia, tanto los esposos, como toda la familia.
Está llamada a ser una comunidad de vida y de amor. Una comunidad en la que se vive con un amor como el de Cristo. Nos lo ha recordado san Pablo: revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
Una comunidad en la que cada uno es querido por lo que es y no por lo que vale o por lo que aporta. Una comunidad que quiere vivir en la verdad y en el respeto; en el perdón y la misericordia, buscando siempre el bien del otro, especialmente del pequeño, del más débil.
Una comunidad que acompaña a las personas heridas en su sufrimiento y les ayuda a sanar y crecer.
Como nos recuerdan nuestros Obispos, necesitamos familias que, como Iglesia doméstica, sean testigos vivos del amor de Cristo por su esposa, la Iglesia, manifestando con su vida cotidiana la gracia que las capacita para responder a la llamada de Dios y reflejar su amor único y entregado.
¡Preséntale al Señor tu familia y pídele el don del Espíritu Santo!, para que la renueve y os conceda la comunión.
Reza también por todas las familias, especialmente por las que están sufriendo y pasando por dificultades.
¡Ven Espíritu Santo, ven sobre nuestras familias! (cf. Lc 11, 13).
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