27 octubre, 2026

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Sin escuelas de afecto, el mundo no tiene porvenir

Frente al miedo al «para siempre», la familia sigue siendo el único lugar donde se aprende a cuidar, respetar y perdonar de verdad

Sin escuelas de afecto, el mundo no tiene porvenir

Aún me acuerdo de la tarde en que unos buenos amigos me enseñaron el material de su cursillo prematrimonial. Traía un carpetón lleno de fichas, dinámicas de grupo y esquemas de lectura.

La pareja salió encantada, las cosas como son. Pero charlando luego con un café delante, caímos en lo mismo: por muy bien pensado que esté un temario de fin de semana, el matrimonio no se aprende en un aula. Querernos de verdad no se improvisa a última hora.

Ese mismo aviso resonaba en la homilía leída por el Cardenal Luis Antonio Tagle este miércoles en nombre del Papa León XIV —rezamos por su rápido y buen restablecimiento— con motivo del décimo aniversario de Amoris lætitia. Con una sencillez muy de agradecer, recordaba una certeza tan elemental como arrinconada: «aprender a amar a alguien no es algo que se improvise, ni puede ser el objetivo de un curso previo a la celebración del matrimonio». Y es verdad: lo gordo de la vida no te lo enseñan con una tiza en la mano ni a base de folletos, sino sentado a la mesa de la cocina, en los pasillos de casa, viendo cómo tus padres se sostienen, se miran o encajan un perdón tras un portazo. 

La preparación para empeñar la vida entera empieza bastante antes. Como decía el Papa citando la propia exhortación, «en realidad cada persona se prepara para el matrimonio desde el nacimiento, y todo lo que un joven vive en familia debe contribuir a hacerle capaz de un compromiso pleno y definitivo». Ahí, sin grandes aspavientos, se levanta el andamio de los amores que duran. 

La casa: primera escuela del corazón

En un hogar pasan cosas que no sustituye ninguna clase. La convivencia diaria —con sus momentos de cansancio, sus desacuerdos y sus alegrías menudas— forma la sensibilidad casi sin darnos cuenta. La homilía lo decía con mucha miga al referirse a «la caridad doméstica, concreta, no exenta de momentos de fatiga, de errores y de caídas, y al mismo tiempo maravillosa en su impredecible cotidianeidad», para rematar que es «la primera escuela de los afectos, el primer valioso e insustituible aprendizaje de la «alegría del amor»». 

En esa intimidad es donde aprendes a no mirar al que tienes al lado como un estorbo o un medio para tus fines. Ahí se curte la paciencia, las ganas de ceder y esa virtud tan maltratada hoy que es la castidad que, lejos de ser un catálogo de prohibiciones frías, enseña a respetar: es la «condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal». Trata, en el fondo, de no manosear ni usar a quien quieres, sino de tratar su dignidad con cuidado. 

Los jóvenes que ven a sus padres cuidarse cuando sobreviene una enfermedad, perdonarse después de una bronca o atender con paciencia a los abuelos cuando ya flojean las fuerzas, están recibiendo una lección prematrimonial imborrable. Entienden que el amor no depende de la racha de entusiasmo ni de un chispazo pasajero, sino de una decisión tozuda de fidelidad.

El sostén de la comunidad y de la Iglesia

Cualquiera nota la alergia a los lazos fuertes que sufrimos hoy. Nos da vértigo el «para siempre», nos asusta la fragilidad ajena y tendemos a encerrarnos en nuestro propio terreno. Pero la salida no es lamentarse ni pedir más papeles. Pasa por devolverle a la familia el peso que le toca.

Si en las casas no se aprende a querer con generosidad, la sociedad y la Iglesia se quedan sin cimientos. León XIV lo decía sin rodeos: «ninguna unión precaria o cerrada a la transmisión de la vida asegura el futuro de la sociedad». Y remataba: «Sin familias sólidas, abiertas al don de los hijos, atentas a su educación y a su crecimiento, el mundo no tiene porvenir». 

La familia es el tejido vivo de cualquier comunidad. De ella salen los ciudadanos de los que te puedes fiar, los amigos de verdad, los trabajadores honestos y la gente capaz de ponerse en el lugar del otro. Queremos una sociedad justa o una Iglesia con pulso mientras descuidamos los hogares, y eso es pedir frutos cortando la raíz.

Volver a lo de siempre

Por eso apremia tanto espolear la vida familiar. La homilía nos anima a recuperar costumbres sencillas que las prisas han ido barriendo: bendecir la mesa, descansar juntos, ir a misa el domingo o hablar un rato al acabar el día. Son detalles pequeños que abren hueco a la gracia de Dios para que las familias lleguen «juntas también allí donde por sí solas no llegarían jamás». 

Vaya desde aquí mi reconocimiento a tantos padres y madres que, en cualquier pueblo o barrio, sacan adelante su vocación «día a día, sin clamor, pero con fidelidad a veces heroica». Con su ejemplo diario son los verdaderos maestros. 

Saber amar es la tarea de toda una vida. Acompañemos a los jóvenes con buenos cursos y apoyo pastoral, por supuesto; pero cuidemos ante todo el pozo donde se bebe por primera vez: nuestras casas. Si logramos que los hogares vuelvan a ser escuelas reales de afecto, de cuidado y de fe, no solo tendremos mejores matrimonios mañana; le devolveremos el aliento a una sociedad necesitada de luz.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.