San Lorenzo, la riqueza de la pobreza
El verdadero tesoro de San Lorenzo: la fe y los pobres frente al poder imperial de Roma
Lorenzo es el mártir más célebre de la férrea persecución del poderoso emperador Valerio.
Impresiona muchísimo, impacta, que la antigua Roma, que había sido madre de fastuosos templos idolátricos, llegara a devenir una ciudad consagrada al pobre de los ojos de lirio, Jesús.
Las ricas imágenes idolátricas fueron echadas en pasto a los murciélagos. Júpiter, ídolo adúltero, fue desterrado de Roma ¡Exiliado! A la noche tenebrosa sucedió Cristo, el Sol.
Transformación tan colosal no la lograron las sonoramente galopantes, poderosas tropas, del águila imperial, sino la pobre sangre, purpúrea, de mártires como san Lorenzo.
Este diácono del Papa Sixto II administraba las temporalidades de la Iglesia. Así, la baba avara del prefecto de Roma, para robar las riquezas de la Iglesia, le ordenó: ¡Dámelas!
Si creyó que la Iglesia era muy rica, hizo diana, ya que sus maravillosos y estupendos tesoros valen mucho más que todo el oro escondido en las entrañas de la madre tierra.
Lorenzo se comprometió a entregarle los fantásticos tesoros del rey de reyes, del rey del universo, del rey infinitamente rico. Se le concedió tres días para poder reunirlos.
El prefecto, ya estaría loco de contento, soñando fulgurantes y relampagueantes vasos de oro, ya habría engordado mucho, saboreando y acariciando con la imaginación las joyas.
Lorenzo, pues, hizo el giro a Roma. Atravesó la ciudad opulenta, la grande, la que tenía el mundo bajo sus pies.
Ella, la vencedora de los ejércitos, la que derrocaba tronos y encadenaba reyes, la usurpadora de los tesoros de las naciones. La que, como Midas, transformaba todo en oro.
Ciudad, señora, enjoyada de oro, brillantes, rubíes, zafiros y esmeraldas, morada del repugnante pus de las asquerosas ratas de las pestilentes y fétidas cloacas de los vicios.
Lorenzo solo buscó en Roma miserables y enfermos. Quién, solo tenía un pie, porque se había roto la pierna; quién, emanaba podredumbre de sus miembros ulcerosos.
Recogió a todos los miserables y se los trajo al prefecto, qué, goloso, esperaba las riquezas prometidas. Le dijo: ESAS SON LAS RIQUEZAS DE LA IGLESIA.
Pero, acaso, ¿la miseria es riqueza? Esos valen mucho más que el oro más fino y de más quilates.
Hay cuerpos deshechos con el alma en el cielo. Los hay, tan desenganchados de los bienes materiales, que estos a ellos no les pesan ni atraen hacia el suelo, y se acercan a Dios.
De perlas tan preciosas la madre Iglesia adorna su bonita y linda cabellera. Así de hermosa y bella, complace grandemente a Jesús, el Amado, de quién es esposa querida y amada.
Si el prefecto se hace cargo de esas montañas de resplandecientes monedas y de esos ríos de oro, recibirá un inmenso beneficio, será mucho más rico que el emperador romano.
En efecto: ¡Los bienes espirituales son muy superiores a los bienes materiales! ¡Así, podría hacer el bien a quiénes tanto lo necesitan y, por tanto, al mayor de los reyes, Cristo!
En cambio, no todo resplandece en el oro mineral. Éste, arrastrado por el caudaloso río, ha quedado lleno de tierra, sucio, necesitado de fuego purificador.
Además, por oro se hacen las cosas más vergonzosas, como perder el pudor y promover la guerra.
Al pudiente prefecto, hombre de alto vuelo, no le han dado oro, sino miserables. Los miraría como despreciables y repugnantes desperdicios descartables ¡Se irritó mucho!
Hizo colocar a Lorenzo en las parrillas encendidas. El santo, mientras quemaban su carne, dijo: ya podéis darme la vuelta, que de esta parte ya estoy bastante cocido para ser comido.
¡El mártir de las parrillas! ¡Las lágrimas de san Lorenzo! ¡Pobre! Pero, a los ojos de la verdad, los de Dios, brilla Lorenzo como afortunadísimo, riquísimo, corazón de oro.
Tiene la inmensa riqueza del héroe y del santo, el buen olor de Cristo. Preferible es, con alma hermosa, sentir deshacerse dolorosísimamente los propios miembros, que pecar.
En cambio, en el alma del rico prefecto, el hombre que tiene su cabeza por encima de todos los demás, anidan las repugnantes úlceras purulentas y gangrenosas de la maldad.
¡Nada más miserable, leproso y purulento que el pecador! ¡Nada más horrendo! ¡Horrible es la fétida cicatriz del pecado, que todo lo contagia de malísima peste!
En suma, he aquí que hemos visto a un pobre que es rico y a un rico que es pobre, o bien dos sencillas pinceladas de esta bella idea del Papa León XIV: la riqueza de la pobreza.

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