Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: “Comieron todos hasta saciarse”
XVIII Domingo Ordinario
Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 2 de agosto de 2026 titulado: “Comieron todos hasta saciarse”.
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Isaías 55, 1-3: “Vengan a comer”
Salmo 144: “Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores”
Romanos 8, 35. 37-39: “Nada podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús”
San Mateo 14, 13-21: “Comieron todos hasta saciarse”
Sobre la distribución de bienes hay quienes hacen cuentas alegres y presentan resultados positivos, pero lo cierto es que en muchas regiones sigue habiendo hambre y desnutrición. A pesar de la belleza de nuestra patria y de la riqueza en sus entrañas, tenemos muchos espacios considerados de extrema pobreza, con desnutrición, mortandad infantil, analfabetismo y enfermedades recurrentes. Es insultante el contraste entre los millones de gastos superfluos e innecesarios, en armas, en protección, en propaganda y ruido, mientras los niños desnutridos y las mujeres anémicas siguen desfalleciendo en nuestro territorio. Los políticos se encargan de disfrazar, con tantos por cientos y proporciones medias, la realidad del hambre que se siente en el estómago y en la boca de cada persona. Quisiera creer que son verdaderas las cifras que se presentan como avances, pero en la pobre mesa de miles de familias se ve cada día más miseria y menos alimentos. Frente a un mundo de despilfarro, suenan muy actuales las palabras del profeta Isaías: “¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario, en lo que no alimenta?”. Si lo primero es vivir con dignidad ¿por qué seguimos las normas de un mundo tan injusto, desequilibrado y superficial?
Los milagros de Jesús muestran su divinidad y su poder, pero también encierran enseñanzas que nos confrontan con las actitudes ordinarias que tomamos. Así, el milagro de hoy no queda solamente en la bella escena de la multiplicación de los panes que sació a aquella multitud, sino nos coloca irremediablemente frente a la ola de migrantes, campesinos, obreros, desempleados, que empujados por el hambre parecen desfallecer. Simbólica y llamativa la nota que nos describe el momento concreto cuando los discípulos dicen: “Estamos en despoblado, empieza oscurecer… no tenemos más que cinco panes y dos pescados”. Ahora podríamos añadir muchas otras circunstancias que hacen difícil proporcionar alimentos a las multitudes hambrientas: la escasez, la multiplicación de la población, el desplome comercial y un largo etcétera que parecería disculparnos. Pero frente al hambre y a la necesidad del hermano, Jesús no admite excusas: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Jesús no acepta nuestra retirada ni nuestra indiferencia, nos involucra en un problema que es nuestro y frente al cual no podemos estar indiferentes.
Los discípulos no adoptan la postura despreocupada de muchos de nuestros contemporáneos que culpan de la pobreza y del hambre a quienes la padecen. Robustecen el sistema acusando directamente a sus víctimas como lo estamos viendo en las soluciones que se proponen para salir de la crisis económica mundial. Se busca proteger a los que más tienen a costa de los pueblos pobres. Ya San Juan Crisóstomo solía decir que la división de la humanidad en ricos y pobres convierte a unos en inhumanos y a los otros en infrahumanos. Pero ahora todo lo quieren disimular con el anonimato y se piensa que nadie tiene la culpa de todas estas injusticias, como si tuvieran la culpa las leyes naturales y no fuera responsabilidad de la ambición de los hombres. Sin embargo, los discípulos tampoco se quieren hacer responsables y buscan la salida fácil: “Es su problema”, los despedimos y asunto arreglado. Jesús no permite jamás una solución que ponga en peligro a las personas, rompa la comunidad y propicie la injusticia. Exige a sus discípulos que asuman sus responsabilidades y aporten lo que tienen para formar la mesa común. Jesús, ni en las peores circunstancias, claudica de su sueño y de mostrarnos que otro mundo es posible, que se puede vivir y compartir como hijos de un único Padre. Que un pan, partido y compartido, lejos de disminuir, se multiplica. Una mesa en común, donde todos puedan satisfacerse, ciertamente es un regalo y un milagro de Dios, pero también necesita la disposición y el compartir humano.
“Denles, Ustedes, de comer”, es la propuesta de Jesús y no bromea. Un hermano no debe dar la espalda a su hermano y toda persona tiene la capacidad en sí misma para solventar los problemas que afectan el reparto de los bienes de la vida. Esa capacidad existe, pero es preciso ponerla en funcionamiento. El discípulo se excusa con lo más fácil: pone la pobreza como obstáculo insalvable. Para Jesús ese no es un impedimento definitivo para un reparto de los bienes. La dificultad está en el corazón de la persona que se abalanza sobre la posesión y el dominio. Efectivamente, el sentido de posesión vela y oculta las posibilidades de reparto. ¿No se ponen muros para que los demás no vengan a molestarnos con su hambre y su miseria? ¿Acaso no se gasta más en armamentos y guerras que en soluciones para el hambre? ¿No volteamos la espalda con la excusa de que apenas la vamos pasando? Para Jesús no hay excusa y hoy sigue insistiendo: denles, ustedes, de comer.
Pero no dice que demos migajas, como a veces acostumbran los países ricos enviando desperdicios a los necesitados. Si revisamos el relato, encontramos que hay diálogo, escucha de la palabra, mesa común; les pide que se sienten sobre el pasto, como lo hace quien es libre y puede participar con los demás; hay la participación plena y la mutua colaboración. Se entrega todo lo que se tiene, así sea muy poco, pero también se está dispuesto a recibir; sólo esta entrega y apertura hace posible el milagro. Un milagro de aquellos tiempos, pero también un milagro actual: las palabras que nos dice Mateo nos recuerdan mucho la Eucaristía: tomó…miró al cielo… bendijo… los repartió. La Eucaristía es la más grande expresión de gratuidad y entrega. Es el más grande milagro, pero también debe ser el más grande compromiso, va cargada con un deber social fortísimo hacia el hermano necesitado. Si no, la Eucaristía se convierte en una mentira y en una contradicción. Eucaristía es compartir.
Señor, renuévanos conforme a la imagen de tu Hijo, ayúdanos a imitarlo y a ser coherentes con nuestra fe. Amén.
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