14 abril, 2026

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Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: A un corazón contrito, Señor, tú no lo desprecias

XXX Domingo Ordinario

Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: A un corazón contrito, Señor, tú no lo desprecias

Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 26 de octubre de 2025 , titulado: “A un corazón contrito, Señor, tú no lo desprecias”.

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Eclesiástico 35, 15-17. 20-22: “La oración del humilde llega hasta el cielo”

Salmo 33: “El Señor no está lejos de sus fieles”

II Timoteo 4, 6-8. 16-18: “Ahora sólo espero la corona merecida”

San Lucas 18, 9-14: “El publicano regresó a su casa justificado y el fariseo no”.

¿Cuento o realidad? La parábola que Jesús nos propone este día tiene los visos no de un hecho inventado, sino la narración de algo que con frecuencia sucede no sólo en los lugares de culto o de oración, sino en cualquier campo de la vida cotidiana. La parábola del fariseo y del publicano contrapone dos actitudes espirituales, dos maneras de orar, dos formas de creer y de relacionarse con Dios y con los demás, dos formas de vivir y de enfrentar la vida. La primera, la de la de quien se siente lleno de todo, pagado de sí mismo; la segunda, la de quien humildemente se abre a la gran bondad de Dios, a su infinita misericordia. Jesús no compara en su ejemplo, un pecador con un justo, sino un pecador humilde y arrepentido con un justo satisfecho de si mismo y que mira por encima del hombro a los otros.

¿Podría ser una realidad en nuestros tiempos? Parecería que esta parábola no tiene nada de actual, pero es dolorosamente actualizada por muchos de nosotros. Creyéndonos justos, nos apoyamos en nuestra religión y en nuestras posiciones para mirar a los demás como inferiores, despreciarlos, juzgarlos y condenarlos. Muchos de los conflictos actuales a nivel local y a nivel mundial, no son otra cosa que la prepotencia de quien se siente dueño del mundo, que utiliza a Dios y a la religión para sentirse satisfecho y para aprovecharse de los demás. Hay quienes pagan hasta la última veladora en el culto al Señor, pero no tienen empacho en despojar al pobre, “legalmente”, de sus tierras, de su agua y de su casa y ¡no se sienten ladrones! Hay quienes embriagan con sus licores y sus mentiras a nuestro pueblo y después lo condenan por borrachos y flojos y en cambio ellos se sienten muy dignos.

El fariseo, pagado de sí mismo, hace toda su presentación, pero ¡siempre diciendo lo que no es! “no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano”, sabe muy bien lo que no es, pero no sabe lo que es, ni lo que hay en su interior, pues cuando intenta hacer presente su persona viene decir: “ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias”, como si todo su valor dependiera del dinero o de lo que no se come. Pero, ¿quién es en realidad? Jesús viene a trastocar el orden establecido por el sistema judío y si miramos las cosas con detenimiento, también viene a trastocar todo nuestro sistema. No importa lo exterior, sino lo que hay realmente en el interior. Parecería que el hombre moderno está lleno de materialismo, de comparaciones, de descalificaciones y de competencia feroz contra los demás. Que la persona vale solo por lo que tiene. Se llena de todo y no deja lugar para experimentar dentro de si mismo el gran amor de Dios. El pecado del fariseo y de nuestro mundo, es reducirlo todo a comercio, a vanidad, a orgullo y no dejar espacio ni para Dios ni para el prójimo.

La primera lectura de este domingo nos enseña que Dios no entra en este mundo de comercialización y de intercambio. Si por alguien tiene Dios predilección es por los pobres y humildes. “El Señor es un juez que no se deja impresionar por apariencias. No menosprecia a nadie por ser pobre y escucha las súplicas del oprimido. No desoye los gritos angustiosos del huérfano ni las quejas insistentes de la viuda.” ¡Cómo quisiéramos que hoy esto también fuera realidad! Que los jueces, que las autoridades, no se dejen impresionar por las apariencias, que no menosprecien a nadie, que escuchen las súplicas de un pueblo que se muere de hambre, que no logra superar los límites extremos de la pobreza y que no sabe a quien clamar por justicia.

Y debemos dejar muy claro: no es que Jesús esté de acuerdo con el pecado. Los publicanos o, como algunos lo traducen, los recaudadores de impuestos, eran tenidos por el pueblo como traidores y los rechazaban porque vivían a costa de los sufrimientos del pueblo. Jesús no está de acuerdo con la injusticia, pero cuando encuentra la conversión, cuando descubre un corazón dispuesto, da la salvación, por eso termina su narración diciendo: “pues bien, yo les aseguro que éste bajo a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido» Sólo el que está vacío de sí mismo puede llenarse de Dios. Sólo quien tiene espacio en su corazón puede recibir a sus hermanos.

La parábola de Jesús nos lleva a examinarnos seriamente sobre cómo es nuestra actitud. Detrás de los dos personajes se puede descubrir la oposición entre dos tipos de justicia: la del hombre que cree que es capaz de alcanzarla cumpliendo la exterioridad de la ley; o la justificación que Dios concede al pecador que se reconoce como tal, asume con humildad su pecado y se convierte. En un corazón cerrado y atiborrado de orgullo, no puede entrar ni el hermano ni Dios.

Por eso en su oración, parodiando al publicano, Mazariegos y Botana, exclamaban: Señor, me siento perdido. Tú dices que es inútil que madrugue, que es inútil que me acueste tarde, que es inútil que coma el pan de la fatiga. Tú dices: ¡que lo das a tus amigos mientras duermen! Quiero ser tu amigo y nada exigirte. Quiero ser tu amigo y vivir de tu gratuidad. Quiero ser tu amigo y aceptar tu salvación. Quiero ser tu amigo y dejarme querer por ti. Tus dones, Señor, son la riqueza de mi corazón. Tu gracia en mí, es tu vida sin término… Oh Dios, Dios gratuito. Dios del pobre, del que desde su barro, busca todo de su gracia. Amén.

 

Enrique Díaz

Nació en Huandacareo, Michoacán, México, en 1952. Realizó sus estudios de Filosofía y Teología en el Seminario de Morelia. Ordenado diácono el 22 de mayo de 1977, y presbítero el 23 de octubre del mismo año. Obtuvo la Licenciatura en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico en Roma. Ha desarrollado múltiples encargos pastorales como el de capellán de la rectoría de las Tres Aves Marías; responsable de la Pastoral Bíblica Diocesana y director de la Escuela Bíblica en Morelia; maestro de Biblia en el Seminario Conciliar de Morelia, párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, Col. Guadalupe, Morelia; o vicario episcopal para la Zona de Nuestra Señora de la Luz, Pátzcuaro. Ordenado obispo auxiliar de san Cristóbal de las Casas en 2003. En la Conferencia Episcopal formó parte de las Comisiones de Biblia, Diaconado y Ministerios Laicales. Fue responsable de las Dimensiones de Ministerios Laicales, de Educación y Cultura. Ha participado en encuentros latinoamericanos y mundiales sobre el Diaconado Permanente. Actualmente es el responsable de la Dimensión de Pastoral de la Cultura. Participó como Miembro del Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios en la Vida y Misión de la Iglesia en Roma, en 2008. Recibió el nombramiento de obispo coadjutor de San Cristóbal de las Casas en 2014. Nombrado II obispo de Irapuato el día 11 de marzo, tomó posesión el 19 de Mayo. Colabora en varias revistas y publicaciones sobre todo con la reflexión diaria y dominical tanto en audio como escrita.