01 mayo, 2026

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Reflexión de Mons. Enrique Díaz: Escúchame, Señor, porque eres bueno

XV Domingo Ordinario

Reflexión de Mons. Enrique Díaz: Escúchame, Señor, porque eres bueno

Mons. Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo, 13 de julio de 2025, titulado: “Escúchame, Señor, porque eres bueno”.

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Deuteronomio 30, 10-14: “Mis mandamientos están en tu boca y en tu corazón”

Salmo 68: “Escúchame, Señor, porque eres bueno”

Colosenses 1, 15-20: “En Cristo quiso Dios reconciliar todas las cosas”

San Lucas 10, 25-37: “Anda y haz tú lo mismo”

Un hombre sin referencias se pierde vagando sin sentido. Necesita referentes que le sostengan y le den dirección. El día de hoy Jesús nos pone en ese camino. Jesús explica, ante un representante de la religión oficial judía, cuál es la esencia de la doctrina del Reino: amar a Dios y amar al prójimo. Tras el amor a Dios, el amor a los hermanos es lo más importante. La vida actual no es rica en amores a los más necesitados, a los más heridos, sino todo lo contrario. La parábola del Buen Samaritano adquiere especial importancia porque vivimos en un mundo en que muchos anteponen su bienestar o beneficio a cualquier otra consideración, sin aceptar o admitir que hay mucho dolor y mucha pobreza a nuestro alrededor. Recuerdo la expresión del Papa Francisco cuando se refería precisamente a esa indiferencia frente al sufrimiento y nos insistía: “Las heridas de Jesús las encuentras haciendo obras de misericordia y dándole alivio al cuerpo, y también al alma, de tu hermano llagado, porque tiene hambre, tiene sed, está desnudo, está humillado, es esclavo, porque está en la cárcel, en el hospital. Éstas son las llagas de Jesús hoy”. “Tenemos que tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, curar las llagas de Jesús con ternura, tenemos que besar las heridas de Jesús, y esto de modo literal”. Y concluía que para tocar al Dios vivo no hay necesidad de “hacer cursos de actualización”, sino entrar en las llagas de Jesús, y para ello “sólo hay que salir a la calle”

Así se nos presenta en esta parábola cómo el buen samaritano lleno de bondad descubre en el pobre hombre tirado a la orilla del camino a un “prójimo”. Llama mucho la atención que un hombre considerado impuro, lejano de la ley y de los profetas, quedara como modelo del verdadero israelita. Además, la narración de Jesús deja muy mal parados al sacerdote y al levita, representantes del verdadero pueblo creyente de Judea. Un samaritano que muchas veces lo hemos imaginado como el mismo Cristo que viene a pagar todas nuestras deudas, que sana las heridas, que nos levanta del camino… Y es muy valida esta reflexión y muy de acuerdo con la propuesta que nos hace San Pablo en el pasaje de la carta a los Colosenses donde afirma que en Cristo quiso Dios reconciliar todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles paz por medio de su sangre, derramada en la cruz. ¿Podremos imaginar mejor samaritano y acogernos en mejores manos que las de Jesús? Hay muchas situaciones y ocasiones que el mal que nos deja tirados a la orilla del camino y ahí está Cristo para rescatarnos y darnos nueva vida.

Pero con las palabras del Papa me ha venido una idea un poco diferente: que Jesús ha querido describirse a sí mismo no en el samaritano sino en el pobre hombre abandonado en el camino. Y entonces cambia la perspectiva de la parábola y la forma que nos afecta directamente. Porque si Cristo es el hombre vejado, nosotros podemos ser o los ladrones que así lo han lastimado, robado y herido; o bien el sacerdote o el levita que pasamos de largo ocupados en nuestras leyes y en nuestros ritos; o quizás también el posadero que se relame los bigotes previendo una ganancia a costa de aquel pobre malherido. Si la insistencia es que Cristo es el hombre que queda tirado en el camino podremos descubrirlo fácilmente en todos los tirados fuera del camino del progreso, del bienestar, de la sociedad… ese despreciado es Cristo, aquel ignorado es Cristo, ésta pobre mujer abandonada y lastimada, es Cristo… Y nosotros somos los alegres “hombres y mujeres buenos y justos” que nos damos el lujo de pasar de largo sin percibir siquiera la situación en que nosotros mismos lo hemos colocado. Sí, nosotros porque somos cómplices de un sistema injusto y opresor que sostiene a unos cuantos y hiere a cantidades ingentes de hombres y mujeres sin nombre. Esos rostros de Jesús son los discriminados, marginados y despreciados de la sociedad.

No podemos tomar, como algunos, la actitud del mesonero, que atiende por ganarse unos cuantos pesos. Hay así muchas actitudes de personas que su ufanan de dar servicio a los pobres sacando la mejor tajada. Pensemos por ejemplo en las triquiñuelas de los redondeos o la exención de impuestos, donde se aparece dando caridad, pero se tiene una doble intención de beneficiarse de los pobres, así muchos programas y caridades, disfrazados de ayuda pero que son verdaderos negocios. Cristo hoy nos espera en cada uno de esos hombres tirados en el camino. El mismo Pablo nos da la pauta para descubrir a ese Jesús pues: “Cristo es la imagen de Dios invisible…” y ahora se hace visible en los pobres y desde ahí quiere construir su Reino. ¿Seremos capaces de descubrirlo o lo asaltaremos, pasaremos de largo o nos aprovecharemos de Él?

¿Con cuál de estos personajes nos identificamos más frecuentemente? ¿Por qué? ¿Qué necesitamos cambiar en nuestra persona, en nuestra sociedad y en nuestro sistema para no dejar prójimos, Cristos, tirados a la orilla de camino? ¿Qué estamos dispuestos a hacer para reconocer a Jesús, nuestro prójimo, y para comprometernos con el?

Señor, concede a cuantos nos llamamos cristianos imitar fielmente a Cristo en su amor, compromiso y entrega a los hermanos, hasta dar la vida por ellos y construir un mundo mejor. Amén.

Exaudi Redacción

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