Razón y Revelación
Las dos alas del espíritu humano en la Edad Media
Las relaciones entre la ciencia y la fe, la razón y la Revelación, en donde razón y fe se muestran “como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad” (San Juan Pablo II, Fides et ratio)”, son una constante inquietud del ser humano en su encuentro con lo sagrado. Étienne Gilson (1884-1978) escribió un breve y sugestivo libro sobre el particular, Razón y Revelación en la Edad Media (Rialp, 2025). Hace un recorrido de las diversas perspectivas en las que se efectuó este diálogo en la Edad Media. Un libro oportuno para ayudar a desatar los nudos que podemos encontrar cuando tratamos de armonizar la experiencia religiosa y la comprensión intelectual de la misma.
Una primera respuesta “está formada por aquellos teólogos que creían que la Revelación había sido dada a los hombres como un sustituto de todos los demás conocimientos, incluyendo la ciencia, la ética y la metafísica (p. 20)”. Para ellos, basta con el Evangelio y, por tanto, sobraría toda especulación: Jerusalén no tendría nada que ver con Atenas. El fideísmo que se sigue de esta postura y el rechazo a los usos de la razón está cantado.
Aparece una segunda familia, la agustiniana. Aquí, los grandes Padres de la Iglesia enseñan “doctrinas teológicas en las que la concordancia fundamental entre el conocimiento natural y revelado estaba en todas partes, ya sea enunciado o presupuesto. San Agustín es el más fiel representante de este grupo (p. 27)”. Argumenta el santo de Hipona que, si no creemos, no entenderemos. Mal haríamos de prescindir de la razón, pues el mismo Evangelio ha prometido a todos los que buscan la verdad en la Palabra revelada, la recompensa del entendimiento (cfr. p. 29). El gran esfuerzo de San Agustín fue lograr una comprensión platónica de la Revelación cristiana.
En este mismo camino, San Anselmo (1033-1109), teniendo en cuenta que la ciencia estándar de su época era la lógica, hace una comprensión racional de la fe cristiana. Fue San Anselmo, señala Gilson, el responsable de la famosa fórmula: credo ut intelligam (creo para entender) (cfr. p. 31).
Averroes (1126-1198) apuesta, igualmente, por la razón, cuyo uso supone el conocimiento de la lógica. Con Aristóteles de fondo, Averroes distingue tres clases de argumentos, de tal modo que “la fe es el único acercamiento posible a la verdad racional para los hombres de imaginación; la teología es lo más cercano a la metafísica para una mente puramente dialéctica; pero la filosofía es la verdad absoluta, como lo establecen las demostraciones de la razón pura (p. 44)”. Como se ve, el simple creyente se convierte en un ciudadano de tercera categoría frente a unos pocos iluminados.
Santo Tomás de Aquino (1225-1274) busca la armonía de la razón y la Revelación por otro camino. Sin renunciar a la comprensión, distingue aquellas verdades reveladas necesarias para la salvación de los hombres de aquellas otras que superan toda la realidad humana (la Trinidad, la Encarnación y la Redención). “Ninguna especulación filosófica puede dar ninguna razón necesaria en favor de una verdad de ese tipo; ninguna conclusión filosófica puede ser deducida de ningún artículo de fe, porque son principios creídos de consecuencias teológicas igualmente creídas, no principios inteligibles de conclusiones racionales demostradas. Sin embargo, si la razón no puede probar que sean verdaderas, tampoco puede probar que sean falsas (p. 66)”. Una armonía que se rompe, en gran medida, en la modernidad en donde se dan cita una teología sin filosofía y una filosofía sin teología (Descartes, Bacon).
Inquietud por la trascendencia tenemos, al igual que un hondo deseo de comprender y encontrar el sentido de la realidad. La sola idea psicológica de Dios es insuficiente para darle vuelos al espíritu. Lo que un creyente cree es que Dios es. Llegados a este punto -acota Gilson- “ya no podemos concebir a Dios como un mero “totalmente otro” del que da testimonio nuestra categoría a priori de lo “místico”; también el Hijo es un testigo, y ha dicho quién es el Padre. Esa es, por fin, una Revelación digna de ese nombre: no nuestra propia revelación de Dios a nosotros, sino la Revelación de Dios a nosotros (p. 75)”.

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