¿Por qué visitar Auschwitz-Birkenau?
Una crónica desde el Memorial: la necesidad de preservar las evidencias del Holocausto, recordar la humanidad de las víctimas y plantear las preguntas que nunca deben dejar de cuestionarnos
Frischmann. Uno de los especialistas del Memorial de Auschwitz-Birkenau abre un armario metálico del almacén de conservación, donde se custodia parte de una colección de aproximadamente 3.800 maletas que pertenecieron a personas deportadas a Auschwitz. No hay un vidrio que nos separe. Estamos a medio metro de una de ellas y en su superficie puede leerse un nombre: Frischmann Hedwig. La proximidad con la historia es inquietante. Aquella maleta perteneció a una persona deportada por los nazis. No es solamente una pieza de museo: es un testimonio material de las atrocidades cometidas en Auschwitz-Birkenau.
Estamos terminando el primer día de nuestro seminario, después de varias horas recorriendo Auschwitz I. Nuestra última parada es uno de los almacenes donde el Memorial conserva las pertenencias de las personas deportadas. En el aire persiste un olor penetrante. Escucho a los especialistas explicar los procedimientos de conservación, la fragilidad de los objetos y la importancia de preservar su autenticidad. El objetivo no es devolverles su apariencia original, sino impedir que continúen deteriorándose. Cada intervención requiere estudios y precauciones: estas pertenencias son también evidencias de lo ocurrido.
Durante el recorrido descubrimos que en la colección también existen objetos tan cotidianos como peladores de papas. Alguien consideró indispensable llevar uno de estos utensilios durante su deportación, sin imaginar el destino que le esperaba. Cada pertenencia perteneció a alguien que tenía una familia, una casa, una ocupación y proyectos. Todo aquello que una cifra es incapaz de expresar.
Concluye nuestra primera jornada. Bajamos las escaleras. Mi colega abre la puerta de la antigua barraca, hoy convertida en laboratorio. Estoy pendiente de los escalones para no tropezar, aunque lo único que necesito es respirar. Mi compañero deja escapar una expresión de asombro. ¿Qué pasa? Cruzo la puerta. Es de noche y ya no quedan visitantes entre los edificios del Memorial de Auschwitz I. Estar solos en aquel lugar nos resulta difícil de procesar.
He llegado a Polonia para participar en un seminario dirigido a periodistas y comunicadores, organizado por el Memorial y Museo Estatal Auschwitz-Birkenau a través de su Centro Internacional de Educación sobre Auschwitz y el Holocausto. Durante varios días, acompañados por sus especialistas, recorremos el antiguo complejo y conocemos aspectos de su funcionamiento y preservación. El Centro cuenta con instalaciones de alojamiento destinadas a voluntarios y participantes de sus programas. Pasar la noche allí, en un entorno de silencio, es una experiencia que permite reflexionar.
Había leído sobre el Holocausto, visto fotografías y estudiado sus principales acontecimientos. Pero estar aquí transforma mi relación con esa información. Establecido por los nazis en 1940, en territorio polaco ocupado y anexado al Tercer Reich, Auschwitz funcionó inicialmente como campo de concentración destinado principalmente a prisioneros políticos. A partir de 1942, sin abandonar esa función, se convirtió también en el mayor centro de exterminio de judíos europeos. Entre 1940 y 1945, aproximadamente 1,1 millones de personas fueron asesinadas allí, cerca de un millón de ellas judías.
Las cifras permiten dimensionar el crimen, pero también pueden convertirlo en una abstracción. Un millón de personas es una cantidad que pronunciamos en segundos y difícilmente podemos imaginar. En cambio, una maleta con un apellido nos obliga a detenernos y pensar en una familia como la mía o la de quien lee estas líneas.
Auschwitz no es solamente un espacio dedicado a recordar a las víctimas. Es la escena de un crimen. Los edificios, las alambradas, los caminos, las ruinas de los crematorios y las pertenencias de los deportados constituyen pruebas materiales. Su conservación responde a la responsabilidad de preservar las evidencias de lo ocurrido.
La historia de este lugar estuvo en permanente evolución: cambiaron las instalaciones, sus funciones, la población de prisioneros y los procedimientos de exterminio. No es lo mismo estudiarlo en 1940 que en 1944. Un testimonio de los primeros años no necesariamente permite comprender las condiciones que enfrentaron quienes llegaron después. Cada experiencia debe interpretarse dentro de su contexto histórico.
El complejo comprendía tres campos principales y una extensa red de subcampos. Los dos espacios que recorremos, Auschwitz I y Auschwitz II-Birkenau, están separados por aproximadamente 3,5 kilómetros. Auschwitz III-Monowitz estuvo vinculado principalmente a la explotación del trabajo forzado para la industria alemana.
Auschwitz I, establecido sobre antiguos cuarteles militares polacos, llegó a albergar a más de 20.000 prisioneros. Allí se encuentra el conocido letrero Arbeit macht frei (El trabajo te hace libre), así como el antiguo crematorio y cámara de gas.
Birkenau, cuya construcción comenzó en 1941 sobre los terrenos de una aldea polaca, era inmensamente mayor. En 1944 llegó a albergar a unas 90.000 personas. Ese año comenzó a funcionar una plataforma ferroviaria dentro del campo, a la que llegaban directamente los transportes de deportados. Anteriormente, numerosos trenes habían llegado a otras plataformas situadas fuera del recinto. En Birkenau, la selección determinaba quiénes serían destinados al trabajo forzado y quiénes enviados directamente a las cámaras de gas.
Llegamos a Birkenau y recorremos lo que fue una auténtica ingeniería de la muerte. Caminamos desde la plataforma ferroviaria que aparece en fotografías históricas hasta las ruinas de las cámaras de gas. Muchas de las personas seleccionadas para morir eran conducidas directamente desde el tren hacia las instalaciones de exterminio, sin llegar siquiera a ser registradas como prisioneras. Hacer ese trayecto, acompañados por las explicaciones de los especialistas del Memorial, permite comprender la barbarie del procedimiento.
Cuatro fotografías clandestinas tomadas durante el verano de 1944, en las inmediaciones del crematorio V, resultan especialmente inquietantes. Fueron obtenidas por miembros del Sonderkommando, grupos de prisioneros, mayoritariamente judíos, obligados por las SS a realizar tareas relacionadas con los cuerpos de las personas asesinadas en las cámaras de gas.
Dos de aquellas fotografías muestran cadáveres siendo incinerados en fosas al aire libre; otra, a mujeres desnudas entre los árboles, poco antes de ser asesinadas. La última registra las copas de los árboles y el cielo. No sabemos si aquel encuadre fue consecuencia del miedo, la urgencia o la imposibilidad de apuntar la cámara sin ser descubierto. Lo estremecedor es que los especialistas nos conducen hasta el entorno donde se considera que fueron tomadas aquellas fotografías. Las ruinas, los árboles, la intensidad de la luz: el escenario está ante nosotros.
Auschwitz necesita comprenderse. Aquí surge una de las reflexiones más inquietantes del seminario: el horror no se encuentra únicamente en el asesinato, sino en la selección que lo precedía. Hubo personas cuya muerte fue decidida apenas descendieron del tren.
Cuando llegaban los transportes de judíos deportados, las familias eran separadas. Los médicos de las SS evaluaban superficialmente a las personas y determinaban quiénes serían destinados al trabajo forzado y quiénes enviados directamente a las cámaras de gas. Los niños pequeños, los ancianos y quienes eran considerados incapaces de trabajar eran generalmente enviados a morir.
Quienes eran seleccionados para morir comenzaban, sin saberlo, el camino desde la plataforma ferroviaria hasta la cámara de gas. Sus cuerpos serían posteriormente incinerados.
Nadie nace destinado a convertirse en perpetrador. Es otra de las ideas que surgen al recorrer el campo. Hubo procesos de adoctrinamiento, discriminación, propaganda, persecución y deshumanización. El asesinato masivo exigió, además, decisiones administrativas y conocimientos técnicos que hicieron posible aquella maquinaria.
Resulta perturbador que los problemas operativos llevaran a perfeccionar los procedimientos criminales. Médicos, ingenieros, administradores y miembros de las SS participaron de distintas maneras en ese sistema. La responsabilidad de lo ocurrido no puede reducirse únicamente a quienes ejecutaron directamente los asesinatos.
Caminar por Birkenau plantea preguntas inevitables. ¿Qué significa resistir cuando prácticamente no existe posibilidad de sobrevivir? ¿El mundo sabía? ¿Por qué no se hizo más?
La experiencia también me lleva a reflexionar sobre la educación. ¿Cómo explicar hoy el Holocausto a las nuevas generaciones? ¿Cómo lograr que comprendan su historia sin reducirla a fechas, estadísticas o imágenes destinadas únicamente a producir horror?
Conocer, empatizar, reflexionar y actuar. Cuatro verbos que resumen una responsabilidad educativa: estudiar los hechos con rigor, reconocer la humanidad de las víctimas, examinar las decisiones que hicieron posibles los crímenes y permitir que ese aprendizaje influya en nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Me gustaría terminar esta crónica con la historia de Franciszka Studzińska, una prisionera identificada con el número 26283 que elaboró un rosario con migas de pan. En Auschwitz, los prisioneros recibían habitualmente unos 300 gramos de pan al día, una cantidad insuficiente para soportar las condiciones del campo y el trabajo forzado. Franciszka utilizó parte de ese alimento para elaborar un objeto de oración. Murió el 4 de abril de 1943. Sus compañeras conservaron el rosario, que hoy forma parte de las colecciones del Memorial.
Pienso en lo que significa destinar una parte del alimento necesario para sobrevivir a la elaboración de un objeto de oración. En medio del hambre y la muerte, Franciszka encontró una manera de expresar su fe. Pienso entonces en una palabra: esperanza.
¿Por qué visitar hoy el Memorial de Auschwitz? Mi personal respuesta: para encontrar las preguntas que nunca deben dejar de cuestionarnos.

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