02 octubre, 2026

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¿Por qué me hice del Opus Dei?

La llamada al Opus Dei, el valor de la vida ordinaria y cómo el espíritu de servicio transforma nuestra relación con los demás y con Dios

¿Por qué me hice del Opus Dei?

¿Qué lleva a una persona corriente a hacerse del Opus Dei? ¿Qué encuentra allí para dedicar su vida —o una parte de ella— a una forma concreta de vivir la fe? Son preguntas que, entre otras, se responden el reciente libro “El Opus Dei sin filtros. Por qué me hice de la Obra”, de Jack Valero. El libro reúne una veintena de testimonios en primera persona de hombres y mujeres de muy distintas edades, profesiones y países.

Me acordaba de este libro con ocasión del 2 de octubre, el aniversario del día que por inspiración divina san Josemaría fundó el Opus Dei en 1928. Para los que somos del Opus Dei, ese día damos muchas gracias a Dios por el mensaje que la Obra difunde de que es posible ser santo en la vida ordinaria en las circunstancias de cada día para personas de toda raza y condición,

Con estas reflexiones pretendo contestar a la pregunta de por qué me hice del Opus Dei, y comentar como el espíritu de servicio ha influido de manera importante en mi vida. Como es natural, me gusta recordar ese día en el que me decidí a ser de la Obra.

Estudiaba bachillerato en Sevilla. En mi clase había varios alumnos que participaban de los medios de formación que se impartían en un centro de la Obra, al que asistían otros alumnos de bachillerato de diferentes colegios. Julio, uno de mis compañeros, me pidió que le ayudara a superar las Matemáticas, en las que encontraba dificultades.

Para ayudar a Julio, comenzamos a estudiar juntos y a dedicar bastantes horas a la semana en una especie de clases particulares. Desde entonces comencé a asistir al centro de la Obra al que, tanto Julio como otros compañeros, asistían a los medios de formación. En medio de esas horas que dedicábamos a las Matemáticas, Julio me enseñó a hacer oración. A media tarde había una pausa para merendar un trozo de chocolate con pan. Después, entrábamos en un oratorio que se encontraba en una pequeña habitación con taburetes, pues no había espacio para bancos. En silencio, escuchábamos puntos de Camino, que íbamos comentando con el Señor que se encontraba en el sagrario.

En el Colegio Mayor Almonte

Al terminar el bachillerato y comenzar la universidad, Julio se trasladó a vivir al Colegio Mayor Almonte, que en ese curso comenzó sus actividades. Allí seguí asistiendo a las meditaciones y a otros medios de formación que ya recibía en los últimos años del Instituto. Continué teniendo dirección espiritual y viviendo unas normas de piedad que Julio me había enseñado. Al mismo tiempo iba conociendo el espíritu de la Obra, que con naturalidad iba incorporando a mi vida.

Lo pasábamos muy bien. Estudiábamos mucho y hacíamos mucho deporte, que en aquellos años consistían únicamente en jugar al fútbol.  Poco a poco, fui conociendo el espíritu de la Obra y a la vez me iba a cercando a Dios. Además de hacer oración y rezar el rosario, comencé a asistir a misa cada día. Julio me había planteado que pensara si tenía vocación a la Obra en el último año del bachillerato. Aunque me encontraba muy a gusto en ese ambiente de alegría, no acaba de verlo claro.

No se me olvidará nunca un día en que Julio me dijo que ser de la Obra consistía fundamentalmente en amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás por Dios. Después me fui al oratorio presidido por una imagen de la Virgen de los Reyes y allí le dije al Señor que estaba dispuesto a ser de la Obra.

En colegios mayores

En los años siguientes, tuve la suerte de realizar mis estudios universitarios viviendo en un colegio mayor. Los primeros cursos, en el Colegio Mayor Almonte de Sevilla y los últimos, durante la especialidad, en el Colegio Mayor Albayzín de Granada, siendo los dos colegios obras corporativas del Opus Dei.

Recuerdo esos años con mucho cariño. Me llamó la atención el ambiente alegre y acogedor, la limpieza, el orden y el cuidado de los detalles. Además de estudiar en serio, había muchas oportunidades para adquirir esas actitudes y valores que a lo largo de mi vida he podido comprobar que se necesitan para tener una vida plena. Las tertulias, las actividades culturales y deportivas y sobre todo la convivencia, me ayudaron en muchos sentidos. Conocí a personas de diferentes regiones y países, hice muchos amigos, tuve conversaciones muy enriquecedoras con profesores, escritores, empresarios, y hasta con un torero.

Me gustaría destacar el espíritu de servicio, el trato confiado y amable que había, la preocupación de unos por otros, el afán por ayudar a los que lo necesitaban; por ejemplo, el cuidado de los que se ponían enfermos o las relaciones con los padres de otros residentes. Me resulta muy difícil resumir en pocas palabras lo que esos años han supuesto para mi vida. Seguramente la explicación más sencilla es que para mí el Colegio Mayor es como una gran familia.

El espíritu de servicio

Recuerdo unas palabras de san Josemaría que me impresionaron. “La mayor ambición de los hijos de Dios en su Opus Dei (…) ha de ser siempre servir”. Porque en el Evangelio nos encontramos con las palabras del Señor: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» o «Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve».

El espíritu de servicio es expresión del amor, del cariño de sentir muy nuestras las necesidades de los demás. Con qué fuerza lo explicaba san Josemaría: «No me importa repetirlo muchas veces. Cariño, lo necesitan todas las personas, y lo necesitamos también en la Obra».

En ese ambiente de cariño de familia, fui aprendiendo a aprovechar todas las ocasiones para ayudar a los demás. Es decir, para prestar servicios, que eso es ayudar. Esta actitud de servicio ha estado muy presente en mi vida.

Deseamos servir a los demás, decía san Josemaría, sabiendo que así servimos a Jesucristo: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis». Por esto, es bueno que pensemos, cada uno: «Solo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Solo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama»

Desde mis primeros años en la Obra, me encantaron estas palabras: «Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! -decía San Josemaría y añadía: «Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a servir, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen»

Una manera de entender la vida

El espíritu de servicio en el Opus Dei es una manera de entender la vida y el trabajo Servir a los demás no es solamente una obligación moral. Es una forma de vivir, de trabajar y de contribuir a mejorar la sociedad. Esta convicción tiene una especial relevancia en un mundo que necesita recuperar el valor de la persona y el sentido social de la actividad profesional.

Desde esta perspectiva, el fin del trabajo es servir.  El espíritu de servicio comienza con una manera concreta de mirar a los demás. Cada persona tiene una dignidad que no depende de su posición social, su capacidad económica, su productividad o su influencia.

Esta consideración tiene consecuencias prácticas. Significa escuchar antes de decidir, comprender antes de juzgar y procurar que nuestras actuaciones tengan en cuenta las necesidades reales de las personas.

Durante mis años como profesor universitario, me he dedicado a estudiar los servicios porque, en el desarrollo de estas actividades, las personas son clave. La satisfacción de un servicio depende de la actitud y profesionalidad de las personas que prestan el servicio. Por eso, el servicio auténtico exige superar una visión puramente instrumental de las relaciones humanas. Las personas no son simplemente recursos, consumidores, usuarios o medios para conseguir resultados.

Para servir de verdad es necesario reconocer que no somos el centro de todo. Esto supone vivir la virtud de la humildad, que permite aceptar que necesitamos a los demás, que podemos equivocarnos y que siempre tenemos algo que aprender. También ayuda a reconocer el mérito ajeno y a compartir los éxitos sin atribuirnos todos los resultados.

En el ámbito profesional, la humildad se manifiesta en la disposición a escuchar a quienes tienen menos experiencia, aceptar las críticas constructivas, reconocer los errores y rectificar cuando sea necesario.

Servir también es una manera de acercarse a Dios

En la espiritualidad del Opus Dei, el servicio tiene una raíz más profunda que la mera utilidad social. Jesucristo presenta el amor al prójimo como una expresión esencial del amor a Dios. El Evangelio muestra repetidamente su atención a las personas concretas, especialmente a quienes sufren, están abandonados o necesitan ayuda. De esta manera, descubrimos que nuestra vida puede tener un sentido más profundo cuando ponemos nuestras capacidades al servicio de los demás.

El trabajo adquiere su sentido más pleno cuando, además de ayudarnos a crecer, se convierte en una manera de servir a los demás. El trabajo bien hecho es también una forma de servicio. Un profesional que actúa con competencia, honestidad y responsabilidad, no solo desarrolla su carrera: aporta valor a quienes dependen de su actividad.

Esta manera de entender la vida tiene consecuencias en la familia, en la empresa y en todas nuestras relaciones. Escuchar, ayudar, compartir conocimientos, reconocer el trabajo ajeno y cumplir los compromisos son formas concretas de vivir ese espíritu.

Desde esta perspectiva, servir es también una manera de amar a Dios. La atención a los demás, especialmente a quienes más necesitan nuestra ayuda, forma parte de la vida espiritual y no es algo separado de nuestras responsabilidades cotidianas.

El espíritu de servicio nos invita, en definitiva, a cambiar la pregunta que orienta nuestro trabajo: no pensar solamente en lo que podemos conseguir, sino también en lo que podemos aportar.

Porque la vida profesional y personal adquiere una dimensión más profunda cuando nuestras capacidades se convierten en una oportunidad para mejorar la vida de los demás.

He considerado muchas veces una frase de San Josemaria que se han convertido en el fin de mi vida: “Darse a los demás es de tal eficacia que el Señor lo premia con una humildad llena de alegría”

José Miguel Ponce

Marketing y Servicios

Ideas para mejorar el mundo . Director: José Miguel Ponce . Profesor universitario e investigador en Marketing y Gestión de Servicios, con experiencia en cinco universidades públicas y privadas. Sevillano de origen, ha vivido en varias ciudades de España y actualmente reside en Sevilla. Apasionado por la educación, la comunicación y las relaciones humanas, considera la amistad y la empatía clave en su vida y enseñanza. Ha publicado investigaciones sobre Marketing, Calidad de Servicio y organizaciones sin ánimo de lucro. Humanista y optimista, promueve el agradecimiento y la coherencia como valores fundamentales.