Patrología, Nicea y San Agustín, cooperadores de la Verdad
Pensamiento patrístico en el pontificado de León XIV: Nicea, San Agustín y la defensa integral de la verdad revelada
La conocida como Patrística, siglos I-VI aproximadamente, época dorada de la fe e iglesia y que es estudiada por la ciencia teológica de la Patrología, entre otros motivos está en muy buena medida de actualidad por el ministerio petrino del nuevo papa León XIV. Como es sabido, en el papa es clave la referencia e influencia de San Agustín que es el santo padre de la iglesia más significativo de dicha época y, junto a Santo Tomás de Aquino, de toda la historia de la fe e iglesia, de la teología y del pensamiento en general; e incluso se podría mencionar el nombre de San León Magno, en esa relación con nuestro actual papa.
La Patrística con San Agustín o San León Magno, que conforma la Tradición del cristianismo católico y ha resaltado (entre otros) J. Ratzinger-Benedicto XVI, es esencial en esta vida de fe e iglesia ya que fue la que cuidó, protegió y profundizó la verdad revelada por Dios en Jesucristo. Tal como se plasma en el legado de todos estos santos padres, que contribuyeron tanto a los Concilios como el de Nicea, del que estamos ahora haciendo memoria por sus 1700 años. En dicha época de los santos padres y sus Concilios como el de Nicea, la fe e iglesia en esta cooperación con la verdad: tuvo que hacer frente a errores, desviaciones u otras ideologizaciones de la Revelación de Dios.
En este sentido, estos santos padres y (muchos de ellos) doctores da la iglesia estuvieron en contra de los que negaban la Divinidad de Jesucristo, el Hijo Eterno que con el Padre y El Espíritu nos revelan al Dios Trinitario (cf. el De Trinitae de San Agustín), como fue el caso del arrianismo. Se va consolidando así el misterio y verdad central de la Encarnación. Jesucristo, de la misma naturaleza Divina que el Padre, nos revela al Dios humanizado, humilde y pobre (cf. San Agustín, Sermón 239. PL 38, 1128). Es el Dios vivo y verdadero que asume fraternalmente, con su misericordia compasiva y solidaridad, toda la realidad humana, los sufrimientos, males e injusticias que padece la humanidad, para así salvarnos y liberarnos integralmente.
A este respecto, continuada posteriormente en la Tradición de la fe e iglesia, san Agustín con su espiritualidad y ética resalta la importancia sustancial de los afectos, del corazón, del amor (eros-ágape) que se expresa en la caridad, inseparable de la justicia. Las confesiones, seguramente la obra más conocida del santo de Hipona y que es como el primer tratado de una verdadera psicología inspirada en la fe, ejemplifica muy bien lo que sería toda esta razón e inteligencia cordial; ese conocimiento y amor que se retroalimentan mutuamente, junto a la unidad inseparable de creencia y entendimiento, en oposición a todo fideísmo y racionalismo empírico-positivista. “«Ves la Trinidad si ves el amor», escribió san Agustín” (Benedicto XVI, Deus caritas est 19).
En esta línea, como ha remarcado Francisco, siguen vigentes estos sesgos e ideologizaciones de la fe que estos santos padres afrontaron. Tales como el gnosticismo o docetismo con sus variantes maniqueístas o más tarde cataras-albigenses que, con su antropología negativa en ese dualismo que enfrenta lo corpóreo material (malo) y lo espiritual o alma (bueno), niegan esta Encarnación de Dios en Cristo. En el caso gnóstico, como se puede observar, más bien rechazan la humanidad de Jesús, verdadero ser humano y Dios con su doble naturaleza humana-Divina.
De ahí que la Patrística transmitió como Dios en Jesús se había humanizado (abajado) para divinizarnos, para manifestarnos nuestra identidad de imagen y semejanza e hijos de Dios; con ese principio de lo que no es asumido solidariamente, como hace Cristo-Verbo encarnado, no puede ser salvado. Dios en Jesús con su fraternidad y solidaridad plena comparte nuestra carne, nuestra constitutiva dimensión material, física y corporal, ciertamente afectada o herida por el pecado, más constituida por la bondad, por el bien y el amor que el Dios Padre creador, por medio de su Palabra (El Logos Cristo), ha impreso originariamente en toda su creación, en todo el universo.
Dios en Jesús está presente en todo el cosmos y, de forma singular, en cada ser humano, especialmente en los pobres, las víctimas y crucificados de la tierra que, unido a la eucaristía, son sacramentos (presencias) reales del Cristo encarnado, humilde, pobre y crucificado (Mt 25, 31-46;). Esto es una enseñanza constante de los santos padres, por ejemplo, en San León Magno (cf. Sermones VI, IX y X. PL 54, 157, 162, 165-166). Desde todos estos fundamentos teológicos o teologales, igualmente frente al pelagianismo, con San Agustín u otros padres se recalca el sentido sobrenatural de la Gracia de Dios, que nos trae la salvación universal e integral.
Esta Gracia con sus dones y virtudes teologales del amor-caridad, de la fe y la esperanza que se han revelado y encarnado en Jesús; con el Don del Reino y su justicia, su vida e historia salvífica (liberadora) de toda maldad, del pecado e injusticia. Este Don (Gracia) de Dios derramada por Cristo encarnado y crucificado-resucitado por su Reino, con todo lo que llevamos dicho hasta aquí, subrayamos que son los pilares que fundamentan (posibilitan) la vida y acción de fe, misionera, evangelizadora, moral y social.
Efectivamente, aquí tenemos otro de los tesoros legados por los santos padres con San Agustín, su enseñanza (patrología) social, que es desconocida u ocultada o hasta tergiversada, clave de lo que luego va a continuar transmitiendo la conocida como doctrina social de la iglesia (DSI). Desde toda esta entraña teologal que constituye al humanismo inspirado en la fe, los santos padres van a mostrar, a proteger y defender esta vida y dignidad sagrada e inviolable de las personas, de los pueblos y, preferencialmente, de los pobres o víctimas.
En esta época patrística, ya desde sus primeros escritos u orígenes como es la Didaché (Didajé o enseñanza de los doces apóstoles), van surgiendo esta claves y valores o principios irrenunciables e innegociables, asimismo, comunicadas hoy por la DSI en su ecología integral con una bioética global. Esto es, el respeto y cuidado que protege toda vida humana, desde su fecundación-concepción hasta la muerte natural, a los pobres, a la familia, configurada por ese amor fecundo y fiel del hombre con la mujer e hijos (cf. la obra De coniugiis adulterinis de San Agustín), y a todo ser creado.
La Patrología social acentúa que estas realidades sociales, como la familia o la economía (el mercado) y la política-estado con sus autoridades (leyes), deben estar al servicio de toda esta ley moral, natural y espiritual que cuide y respete esta naturaleza (antropología) humana e integral. Y cuando estas realidades sociales e históricas, intrínsecas de lo humano por su inherente sociabilidad, no sirven a la vida y dignidad de la persona, al bien común y a la justicia con los pobres: se convierten en inmorales, injustas y antievangélicas, en el anti-Reino; por tanto, no hay que obedecerlas, al contrario, hay que resistirlas, oponerse a ellas y transformarlas para que se ajusten al Reino de Dios con sus dones de la vida, de la paz y la justicia liberadora.
En esta dirección, San Agustín fue precursor de toda esta filosofía y teología de la historia o política, donde la Gracia del Amor de Dios con su salvación liberadora e integral se confronta con el pecado, con el egoísmo e injusticia que dañan u oprimen la realidad histórica. Como expone el doctor de la Gracia en su celebre obra que trata estas cuestiones, La ciudad de Dios. Realmente, “un estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones (De Civitate Dei, IV, 4), dijo una vez Agustín” (Benedicto XVI, Deus caritas est 28).
De esta forma, dichas realidades sociales, políticas y económicas han de servir a las necesidades, capacidades y desarrollo humano integral de las personas, de los pueblos y de los pobres. Así, el principio del destino universal de los bienes, que Dios ha creado y destinado a toda la humanidad, tiene la prioridad sobre la propiedad que siempre posee este ineludible carácter social y solidario, al mismo tiempo que personal (Cf. San León Magno, Sermón XX. PL 54, 189). Lo enseña muy bien la DSI con los Papas como San Pablo VI, San Juan Pablo II o Francisco. “La tradición cristiana no ha sostenido nunca el derecho de propiedad como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes” (Laborem exercens14; cf. Fratelli tutti 120).
Por todo ello, ejerciendo su vital ministerio profético, los santos padres con San Agustín visibilizaron y denunciaron el mal, el pecado y robo e injusticia de las riquezas-ser rico, estas idolatrías del poseer y de tener que se ponen por encima del ser, que causan todas estas desigualdades e injusticas sociales. Como afirma San Agustín junto a los otros santos padres, “las riquezas son injustas (Lc 14, 9) o porque las adquiriste injustamente, o porque ellas mismas son injusticia, por cuanto tú tienes y otro no tiene, tú abundas y otro vive en la miseria…Los demás bienes que te son superfluos a ti son necesarios a otros. Los bienes superfluos de los ricos son necesarios a los pobres. Y siempre que poseas algo superfluo, posees lo ajeno” (San Agustín, PL 36, 552).
Claramente, enseña el Concilio Vaticano II, “es éste el sentir de los padres y de los doctores de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con los bienes superfluos. Quien se halla en situación de necesidad extrema, tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, acordándose de aquella frase de los padres, alimenta al que muere de hambre porque (si no lo alimentas) lo matas, según las propias posibilidades comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes. Ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos” (Gaudium et spes 69).
En esta línea, San Pablo VI nos sigue comunicando la Palabra de Dios junto a toda esta Tradición con los santos padres: “«Si alguno tiene bienes de este mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo es posible que resida en él el amor de Dios?» (1Jn 3, 17). Sabido es con qué firmeza los padres de la iglesia han precisado cuál debe ser la actitud de los que poseen respecto a los que se encuentran en necesidad: «No es parte de tus bienes —así dice San Ambrosio— lo que tú das al pobre; lo que le das le pertenece. Porque lo que ha sido dado para el uso de todos, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para todo el mundo y no solamente para los ricos». Es decir, que la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario. En una palabra, «el derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con detrimento de la utilidad común, según la doctrina tradicional de los Padres de la Iglesia y de los grandes teólogos». Si se llegase al conflicto «entre los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias primordiales», toca a los poderes públicos «procurar una solución con la activa participación de las personas y de los grupos sociales»” (Populorum progressio 23).
Para concluir con esta patrología social, como continúa afirmando Francisco, todo ello “lo resume san Juan Crisóstomo, al decir que ‘no compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos’; o también en palabras de san Gregorio Magno: ‘cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les damos nuestras cosas, sino que les devolvemos lo que es suyo’… Vuelvo a hacer mías y a proponer a todos unas palabras de san Juan Pablo II cuya contundencia quizás no ha sido advertida: ‘Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno’” (Fratelli tutti 119).

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