Es más fácil no educar
¿Estás criando a un hijo o entrenando a una mascota? El peligro de la crianza cómoda
¿Alguna vez te has detenido a pensar qué estás haciendo realmente con tus hijos? En mis conferencias por todo el mundo suelo lanzar una pregunta que incomoda a muchos, pero que es urgente hacerse: ¿Formas y educas, o solamente domesticas?
A primera vista, podría parecer lo mismo, pero hay un abismo de diferencia entre estos tres conceptos.
El primer escalón: Domesticar
Domesticar es lo que hacemos con un perro cuando le enseñamos dónde debe hacer sus necesidades, o con una foca cuando aprende a tocar la trompeta a cambio de un pescado.
En el hogar, domesticar se traduce en ese bombardeo diario de las 10,000 indicaciones que todos los padres repiten por inercia:
- «Lávate los dientes.»
- «No hables con la boca llena.»
- «Apaga la tele.»
- «Quítate ese pantalón roto y péinate bien.»
Ojo: hay que hacerlo. Eres la madre, eres el padre, y el orden básico es necesario. Pero la domesticación es solo el primer paso; el más superficial de todos.
Educar: El arte de «sacar de adentro»
La palabra educar viene del latín educere, que significa literalmente «sacar de adentro». Tus hijos, desde el día en que nacen, ya traen consigo todo su potencial en la mente y en el corazón, pero tú aún no lo sabes.
Cuando sostienes a tu bebé en brazos, no sabes si estás cargando al próximo mejor futbolista del mundo, a un gran arquitecto, a un científico o a un genio musical capaz de componer mil canciones como Juan Gabriel.
El deber de un padre no es meter ideas a la fuerza, sino abrir el abanico completo de posibilidades.
Por eso los mandas al fútbol, al inglés, al karate, o les compras una guitarra. No para saturarlos, sino para descubrir qué tesoro traen dentro y ayudarlos a desarrollarlo. Eso es educar. Y un escalón más arriba está formar: moldear su corazón, su inteligencia, su voluntad, su carácter y su vida espiritual.
La trampa de la «crianza cómoda»
Seamos honestos: lo más fácil, lo más cómodo y lo más relajado es no educar, no formar y ni siquiera domesticar. Lo más cómodo es llevársela bien con los hijos a base de concesiones.
Hoy en día es muy sencillo comprarles un teléfono celular para que se entretengan a distancia, o dejar que una bicicleta se convierta en la única pasión de su vida porque así no molestan. Lo verdaderamente difícil es ser «padre taxista», acompañarlos a sus disciplinas, estar ahí y, sí, enfadarte con ellos cuando es necesario.
Es facilísimo ceder ante la primera queja:
-
«Mamá, hace frío, hoy no vayamos a misa.» – Bueno, está bien.
-
«Mamá, hoy no quiero ir a piano.» – Ok, por hoy no vayas.
-
«Tengo un poquito de tos, no quiero ir a la escuela.» – Quédate en la cama.
Al ceder en todo, les estás enseñando que los compromisos se abandonan ante la menor incomodidad.
El regalo del «no» y la disciplina
La vida real es dura. Cuando tus hijos crezcan y sean padres, tendrán que levantarse de la cama con una gripe terrible para ir a trabajar, hacer la comida y llevar a sus propios hijos al colegio. La vida no se detiene por un resfriado o por falta de ganas.
No hay nada más formativo y educativo que enseñarles que existen horarios, compromisos, programas y un proyecto de vida. Las excepciones se pueden hacer —por supuesto— cuando hay una ocasión especial con los amigos o una causa de fuerza mayor. Pero la regla debe ser la constancia.
A veces tendremos que pelear con ellos, ponernos firmes y soportar su mala cara. Pero te aseguro que, al final, te lo agradecerán.
Yo mismo recuerdo las cosas que me impusieron mis padres cuando era niño: las clases de piano, la guitarra, el karate… ¡Cuántas veces fui al colegio o a entrenar sin ganas o relativamente enfermo! Hoy en día, le agradezco profundamente a Dios que mis papás se mantuvieran firmes y me dijeran: «Ángel, tienes que ir».
Recuérdalo siempre: lo más divertido y cómodo es no pelear con nadie. Pero lo más importante es el futuro de tus hijos. No te rindas en la hermosa tarea de formarlos.
Hagamos todo el bien que podamos, y que Dios los bendiga siempre.

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