Papa León XIV en Nicea: Un llamado a la unidad cristiana ante la violencia global
En İznik, antigua Nicea, el Pontífice y líderes eclesiásticos de todo el mundo rezaron juntos por la reconciliación, conmemorando los 1700 años del Concilio que definió la divinidad de Cristo
Bajo el cielo nublado del lago İznik, a 70 kilómetros de Estambul, el Papa León XIV se unió hoy a una solemne oración ecuménica en las ruinas de la antigua basílica bizantina de San Neófito, sumergida por un terremoto en el siglo VIII y redescubierta en 2014. El evento, organizado por el Patriarca Ecuménico Bartolomé I de Constantinopla, marca el 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea (325 d.C.), un hito histórico que unió a la Iglesia primitiva al condenar la herejía arriana y afirmar la plena divinidad de Jesucristo.
Más de 100 líderes cristianos de Oriente y Occidente se congregaron en una plataforma elevada frente al sitio arqueológico, donde el eco de los cantos griegos se mezcló con el llamado del muecín local, simbolizando un diálogo interreligioso en un país mayoritariamente musulmán. Entre los participantes destacaron representantes de las Iglesias Ortodoxa Griega de Antioquía y Jerusalén, el Patriarcado Copto de Alejandría, el Patriarcado Siríaco Ortodoxo de Antioquía, la Iglesia Apostólica Armenia, así como delegados de la Comunión Anglicana, la Federación Luterana Mundial, la Alianza Evangélica Mundial y la Conferencia Menonita Mundial. El Papa llegó en helicóptero, sobrevolando el lugar tres veces en un gesto de bendición, vestido con una mozzeta roja, y caminó en procesión junto al Patriarca Bartolomé, ataviado con un piviale de terciopelo.
El Patriarca Ecuménico, en su discurso de bienvenida, expresó una profunda emoción: «Estamos profundamente conmovidos de que todos hayan respondido positivamente a nuestra humilde invitación para honrar, a través de esta peregrinación común, la memoria y el patrimonio del primer concilio ecuménico que se celebró aquí en Nicea hace mil setecientos años… No estamos reunidos aquí simplemente para recordar el pasado o reflexionar solo sobre la historia… Estamos aquí para testificar la misma fe que expresaron los Padres de Nicea… Regresamos a esta fuente de la fe cristiana para avanzar». Bartolomé subrayó el significado etimológico de «Nicea» –»victoria» en griego–, no como dominio mundano, sino como el triunfo paradójico de la Cruz sobre el pecado y la corrupción.
En su homilía, pronunciada en inglés tras una lectura del Evangelio según San Juan, el Papa León XIV invitó a una reflexión urgente sobre la identidad de Cristo en el mundo contemporáneo. «El 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea es una valiosa ocasión para preguntarnos quién es Jesucristo en la vida de las mujeres y los hombres de hoy», afirmó, advirtiendo contra el riesgo de reducirlo a «una especie de líder carismático o superhombre, una tergiversación que al final conduce a la tristeza y la confusión». Recordó cómo Arrio, en el siglo IV, negaba la divinidad de Cristo al considerarlo un ser creado, un «simple intermediario» entre Dios y los hombres, ignorando la Encarnación. «Si Dios no se hizo hombre, ¿cómo pueden los mortales participar de su vida inmortal? Esto estaba en juego en Nicea y está en juego hoy: la fe en el Dios que, en Jesucristo, se hizo como nosotros para hacernos llegar ‘a participar de la naturaleza divina'», enfatizó, citando a San Agustín: «Aunque seamos muchos cristianos, en el único Cristo, somos uno».
El Pontífice vinculó esta confesión cristológica con la unidad eclesial: «Cuanto más reconciliados estemos, tanto más podremos los cristianos dar un testimonio creíble del Evangelio de Jesucristo, que es anuncio de esperanza para todos, mensaje de paz y de fraternidad universal que trasciende las fronteras de nuestras comunidades y naciones». En un mundo «lleno de violencia y conflictos», la reconciliación no es solo un anhelo religioso, sino «un clamor de toda la humanidad». León XIV rechazó con firmeza «el uso de la religión para justificar la guerra y la violencia, como cualquier forma de fundamentalismo y fanatismo», y propuso en su lugar «los caminos del encuentro fraternal, el diálogo y la colaboración». Invocó a Dios como Padre, recordando que «no sería posible invocarlo como Padre si nos negáramos a reconocer como hermanos y hermanas a los demás hombres y mujeres, también ellos creados a imagen de Dios. Existe una hermandad universal, independientemente de la etnia, la nacionalidad, la religión o la opinión».
La ceremonia culminó con la recitación conjunta del Credo Niceno-Constantinopolitano –sin el Filioque, cláusula añadida en Occidente–, omitiendo así una fuente histórica de división entre católicos y ortodoxos, seguida del Padre Nuestro en diversas lenguas y el encendido de velas ante iconos de Cristo y los Padres conciliares. El Papa concluyó su oración con una súplica por «los abundantes frutos de reconciliación, unidad y paz» que este aniversario pueda generar.
Este encuentro en las ruinas sumergidas de Nicea, convocado por el emperador Constantino para unir a 300 obispos durante 30 días, evoca no solo la formulación del Credo que une a 2.500 millones de cristianos hoy, sino también un llamado profético a sanar las heridas del pasado. En el segundo día de su viaje apostólico a Turquía –el primero de su pontificado–, León XIV transforma un sitio de memoria en un faro de esperanza, recordando que la verdadera victoria de Nicea radica en la fraternidad que trasciende divisiones y conflictos.
Texto completo:
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD LEÓN XIV
A TÜRKIYE Y A LÍBANO
CON PEREGRINACIÓN A İZNIK (TÜRKIYE)
CON MOTIVO DEL 1700° ANIVERSARIO DEL PRIMER CONCILIO DE NICEA
(27 de noviembre – 2 de diciembre de 2025)
ENCUENTRO ECUMÉNICO DE ORACIÓN
CERCA DE LAS EXCAVACIONES ARQUEOLÓGICAS DE LA ANTIGUA BASÍLICA DE SAN NEÓFITO
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Viernes, 28 de noviembre de 2025
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Queridos hermanos y hermanas:
En una época dramática en muchos aspectos, en la que las personas se ven sometidas a innumerables amenazas a su propia dignidad, el 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea es una valiosa ocasión para preguntarnos quién es Jesucristo en la vida de las mujeres y los hombres de hoy, quién es para cada uno de nosotros.
Esta pregunta interpela de manera particular a los cristianos, que corren el riesgo de reducir a Jesucristo a una especie de líder carismático o superhombre, una tergiversación que al final conduce a la tristeza y la confusión (cf. Homilía S. Misa “Pro Ecclesia”, 9 mayo 2025). Al negar la divinidad de Cristo, Arrio lo redujo a un simple intermediario entre Dios y los seres humanos, ignorando la realidad de la Encarnación, de modo que lo divino y lo humano quedaron irremediablemente separados. Pero si Dios no se hizo hombre, ¿cómo pueden los mortales participar de su vida inmortal? Esto estaba en juego en Nicea y está en juego hoy: la fe en el Dios que, en Jesucristo, se hizo como nosotros para hacernos llegar «a participar de la naturaleza divina» (2 P 1,4; cf. S. Ireneo, Adversus haereses, 3, 19; S. Atanasio, De Incarnatione, 54, 3).
Esta confesión de fe cristológica es de fundamental importancia en el camino que los cristianos están recorriendo hacia la plena comunión: de hecho, es compartida por todas las Iglesias y comunidades cristianas del mundo, incluidas aquellas que, por diversas razones, no utilizan el Credo Niceno-Constantinopolitano en sus liturgias. En efecto, la fe «en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos […] de la misma naturaleza del Padre» (Credo Niceno) es un vínculo profundo que ya une a todos los cristianos. En este sentido, citando a san Agustín, también en el ámbito ecuménico podemos decir que “aunque somos muchos cristianos, en el único Cristo somos uno” (cf. Comentario al Salmo 127). Partiendo de la conciencia de que ya estamos unidos por este profundo vínculo, a través de un camino de adhesión cada vez más total a la Palabra de Dios revelada en Jesucristo y bajo la guía del Espíritu Santo, en el amor recíproco y en el diálogo, todos estamos invitados a superar el escándalo de las divisiones que, lamentablemente, aún existen y a alimentar el deseo de unidad por el que el Señor Jesús rezó y dio su vida. Cuanto más reconciliados estemos, tanto más podremos los cristianos dar un testimonio creíble del Evangelio de Jesucristo, que es anuncio de esperanza para todos, mensaje de paz y de fraternidad universal que trasciende las fronteras de nuestras comunidades y naciones (cf. Francisco, Discurso a los participantes en la Sesión Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 6 mayo 2022).
La reconciliación es hoy un llamamiento que surge de toda la humanidad afligida por los conflictos y la violencia. El deseo de plena comunión entre todos los creyentes en Jesucristo va siempre acompañado de la búsqueda de la fraternidad entre todos los seres humanos. En el Credo Niceno profesamos nuestra fe «en un solo Dios Padre»; sin embargo, no sería posible invocar a Dios como Padre si nos negáramos a reconocer como hermanos y hermanas a los demás hombres y mujeres, también ellos creados a imagen de Dios (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 5). Existe una hermandad universal, independientemente de la etnia, la nacionalidad, la religión o la opinión. Las religiones, por su naturaleza, son depositarias de esta verdad y deberían animar a las personas, a los grupos humanos y a los pueblos a reconocerla y practicarla (cf. Discurso Encuentro Internacional por la Paz, 28 octubre 2025). El uso de la religión para justificar la guerra y la violencia, como cualquier forma de fundamentalismo y fanatismo, debe ser rechazado con firmeza, mientras que los caminos a seguir son los del encuentro fraternal, el diálogo y la colaboración.
Estoy profundamente agradecido a Su Santidad Bartolomé, quien, con gran sabiduría y clarividencia, ha decidido conmemorar juntos el 1700 aniversario del Concilio de Nicea precisamente en el lugar donde se llevó a cabo. Asimismo, agradezco sinceramente a los Jefes de las Iglesias y a los Representantes de las Comuniones Cristianas Mundiales que han aceptado la invitación a participar en este evento. Que Dios Padre, omnipotente y misericordioso, escuche la ferviente oración que le dirigimos hoy y conceda que este importante aniversario dé abundantes frutos de reconciliación, unidad y paz.
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