«Arquitectos de la Paz en la Sombra»
El nuevo Pontífice marca el rumbo de la Academia Eclesiástica Pontificia, exigiendo representantes que sean "pastores de la justicia" y no simples gestores de protocolo
El Papa León XIV ha definido con claridad meridiana los pilares de la diplomacia vaticana durante su encuentro con la Academia Eclesiástica Pontificia. En un discurso que marca el inicio de su impronta diplomática, el Pontífice ha dejado claro que la Santa Sede no busca influencia política, sino ser el motor de una paz cimentada en la verdad y la justicia.
Un mandato de justicia y verdad
León XIV ha instado a los futuros diplomáticos a alejarse de la tibieza. Para el nuevo Papa, el servicio diplomático es una extensión de la misión evangélica: el nuncio debe ser un «promotor de la justicia». En un panorama internacional fragmentado, el Pontífice subrayó que la diplomacia pontificia debe ser la voz de los que no tienen voz, actuando con una honestidad intelectual que rompa con la cultura del conflicto.
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El legado de la Academia y el nuevo horizonte
Durante el encuentro, que también sirvió para conmemorar la historia y el propósito de esta institución centenaria, León XIV enfatizó que la formación de los diplomáticos debe ser integral. No basta con el dominio de los idiomas o el derecho internacional; se requiere una profunda sensibilidad espiritual para detectar las heridas de la humanidad.
«La diplomacia de la Santa Sede no es un ejercicio de equilibrismo, sino un compromiso con la verdad. Nuestra única fuerza es la autoridad moral del mensaje de paz.»
Puentes en tiempos de división
El Papa León XIV ha señalado el diálogo como el único antídoto viable frente a la guerra. En sus directrices a la Academia, destacó que el representante pontificio tiene la responsabilidad de ser un artesano de puentes, facilitando el encuentro entre naciones incluso cuando el diálogo parece agotado.
Este discurso establece la hoja de ruta del actual pontificado: una diplomacia activa, valiente y profundamente pastoral, que pone la estructura de la Santa Sede al servicio de la paz global y la dignidad humana.
Texto completo del discurso:
VISITA A LA PONTIFICIA ACADEMIA ECLESIÁSTICA DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LA COMUNIDAD DE LA PONTIFICIA ACADEMIA ECLESIÁSTICA EN EL 325° ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN
Pontificia Academia Eclesiástica Lunes, 27 de abril de 2026
Eminencia, Excelencias, queridísimos Superiores y Alumnos de la Pontificia Academia Eclesiástica:
Me complace realizar mi primera visita como Romano Pontífice a esta antigua y noble Institución, con ocasión del jubileo por su 325° aniversario de fundación. Ya cuando hace algunos años, en el marco de los encuentros propuestos a los Alumnos, vine aquí a dar mi testimonio en calidad de Prefecto del Dicasterio para los Obispos, tuve la oportunidad de reflexionar sobre la misión esencial que desempeña la Alma mater de los Diplomáticos pontificios. Hoy, a casi un año del inicio de mi Ministerio petrino, acompañado por el diligente compromiso de la Secretaría de Estado y de las Representaciones Pontificias, aquellos sentimientos han encontrado confirmación. Miro, por tanto, con profunda gratitud la historia de dedicación y de servicio que esta gozosa efeméride celebra.
Tal historia —enraizada en la catolicidad misma de la Iglesia— a lo largo de los siglos ha visto una cadena ininterrumpida de sacerdotes, provenientes de diversas partes del mundo, contribuir con sus propias y humildes fuerzas a la construcción de esa unidad en Cristo que, en la diversidad de orígenes, hace de la comunión una característica fundamental del servicio diplomático de la Santa Sede. Los procesos de reforma —de los cuales el último en orden de tiempo fue querido por mi inmediato Predecesor, de venerada memoria— han tenido siempre como objetivo custodiar esta nota distintiva y constitutiva de la acción de nuestra diplomacia, llamada cada día a rezar y trabajar «ut unum sint» (Jn 17, 21).
En particular, los recientes cambios relativos a diversos aspectos de la formación académica e intelectual han dado a la Institución la autonomía necesaria para renovar el plan de estudio de las disciplinas jurídicas, históricas, politológicas y económicas, junto al de las lenguas en uso en las relaciones internacionales. Me urge, sin embargo, reiterar que la reforma más importante requerida a quien cruza el umbral de esta Comunidad es la de un constante ejercicio de conversión, orientado a cultivar «la proximidad, la escucha atenta, el testimonio, el enfoque fraterno y el diálogo […] conjugados con la humildad y la mansedumbre» (Francisco, Quirógrafo El ministerio petrino, 25 de marzo de 2025): virtudes que deben impregnar todo vuestro ministerio sacerdotal.
El encuentro de hoy, en esta Casa que ha contribuido al crecimiento intelectual, humano y espiritual de varios Santos y Beatos —entre ellos algunos de mis ilustres Predecesores—, es para mí la ocasión para delinear con vosotros algunos rasgos del Sacerdote diplomático pontificio que, participando del ministerio del Sucesor de Pedro, acoge y cultiva una vocación especial al servicio de la paz, de la verdad y de la justicia.
Él debe ser, ante todo, un mensajero del anuncio pascual: «¡Paz a vosotros!» (Jn 20, 19). Incluso cuando las esperanzas de diálogo y reconciliación parecen desvanecerse y la paz «como la da el mundo» es pisoteada y puesta a dura prueba, vosotros estáis llamados a seguir llevando a todos la palabra de Cristo Resucitado: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14, 27). Y antes incluso de intentar construirla con nuestras pobres fuerzas, ante quienes no la buscan como don de Dios, vuestra misión os llama a ser «puentes» y «canales» para que la gracia que viene del cielo pueda abrirse paso entre los pliegues de la historia.
El Diplomático pontificio, además —operando en los más diversos contextos culturales y en los Organismos Internacionales—, es enviado particularmente a testimoniar la Verdad que es Cristo, llevando su mensaje al concierto de las Naciones y haciéndose signo de Su amor por esa porción de humanidad que le es confiada en su misión de pastor, antes incluso que de diplomático. Como tuve oportunidad de indicar a principios de este año al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, hoy es imperativo que «las palabras vuelvan a expresar de modo inequívoco realidades ciertas», porque «solo así puede reanudarse un diálogo auténtico y sin malentendidos» (Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026). También por esto es importante que llevéis al mundo el Verbo de la Vida, que se reveló no con la afirmación de principios e ideas abstractas, sino haciéndose carne.
Finalmente, vosotros os preparáis para desempeñar un peculiar ministerio, que no se declina solo en la tutela del bien de la comunidad católica, sino de toda la familia humana que habita una determinada Nación o que participa de las instancias de los diversos Organismos internacionales. Esto os requiere ser promotores de todas las formas de justicia que ayudan a reconocer, reconstruir y proteger la imagen de Dios impresa en cada persona. En la defensa de los derechos humanos —entre los que destacan el derecho a la libertad religiosa y a la vida—, os recomiendo, por tanto, seguir indicando el camino, no de la confrontación y la reivindicación, sino de la tutela de la dignidad de la persona, del desarrollo de los pueblos y comunidades y de la promoción de la cooperación internacional. Son estos los únicos instrumentos que permiten iniciar auténticos caminos de paz.
Queridos Superiores y Alumnos, en un mundo marcado por tensiones, que parece hacer de los conflictos el único modo para afrontar necesidades e instancias, nuestras capacidades de entregarnos al diálogo, la escucha y la reconciliación pueden parecer insuficientes, a veces incluso inútiles. ¡Esto no nos debe desanimar! Sigamos invocando con confianza el don de la paz de Cristo, sin temor. Y estad seguros de que vuestro generoso ministerio, en cualquier tiempo y lugar, será siempre instrumento para promover y custodiar la dignidad de cada hombre y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, y para acrecentar el bien común.
Con estos deseos y con paterna benevolencia, invoco sobre cada uno de vosotros y sobre el futuro camino de la Pontificia Academia Eclesiástica, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de San Antonio Abad, vuestro Patrono, la Bendición Apostólica.
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