‘Orfandad moral’
Cuando el botellón revela la orfandad moral de una generación: la lección olvidada de López Aranguren
Sin que sirvan de mucho las protestas vecinales y las acciones adoptadas por las administraciones públicas, los tribunales de justicia, las familias y los equipos de psicólogos, sociólogos y demás expertos en el fenómeno social del denominado ´botellón`, cada fin de semana –desde hace ya demasiados años– miles de jóvenes se adueñan de la noche y convierten variados recintos urbanos en escenarios de su interminable desafuero. Cumpliendo con la liturgia informativa acerca de la resaca de este ritual festivo, las noticias hablan siempre en los mismos términos: suciedad y alboroto ambiental, alteración de la convivencia, hospitalización por comas etílicos, detección de sustancias tóxicas, oleada de robos, abuso sexual de menores ebrias…
Más allá de evidenciar un problema de orden ciudadano, de salud pública o de permisividad educativa, lo que testimonian estos hechos es la orfandad moral de unas generaciones que carecen de la cosmovisión adecuada para dirimir sus actividades de esparcimiento. No es esta –la del tiempo dedicado al ocio– una cuestión que carezca de la suficiente entidad para estimarla objeto de la reflexión académica y, al mismo tiempo, ser resuelta con la accesibilidad intelectual que otorga el sentido común. Esa fue la perspectiva desde la que, hace bastantes décadas, abordó el asunto de la diversión el filósofo José Luis López Aranguren (1909-1996).
En su permanente diálogo con la circunstancia histórica que le tocó vivir, este prolífico autor abulense (Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades como reconocimiento al conjunto de una trayectoria abierta a multitud de expresiones históricas, filosóficas, literarias, religiosas y culturales) reivindicó la importancia intelectual de aquel tema. En su Ética –obra básica para varias generaciones de estudiosos: supuso en su momento una original aportación española a esta disciplina filosófica–, cifró la moralidad de la vida en la realización del yo íntimo que posee cada persona, de manera que, cuando se consigue ser lo que se ha de ser, el hombre posee la perfección de sí mismo y el perfil de su felicidad.
Siguiendo a este respecto los pasos de Ortega y Gasset, pero sin perder el personalísimo estilo de pensar que distinguió a Aranguren, éste insistió en que, además de ser ocupación y quehacer, nuestra existencia tiene también un necesario componente de recreo. Junto a la ´ocupación trabajosa` ejercitamos una ´ocupación felicitaria`, por lo que la ocupación humana es doble. Atendiendo a su etimología latina, la palabra ´diversión` significa ´desviación`, en este caso, abandono del camino de la ocupación trabajosa. Así considerada, aunque la distracción se busque por sí misma, no constituye el fin de la vida, pero sí una dimensión radical de ella, por lo que toda cultura tiene una faceta de evasión.
Ahora bien, esta no resulta éticamente indiferente: merece siempre una calificación moral. No da igual divertirse de una manera que de otra. Si la diversión huye de lo esencial y se evade de responsabilidades, se transforma en aversión, apartamiento del bien (que es –el bien– lo que se tendría que hacer desde una perspectiva moral). Si, por el contrario, sirve de descanso para continuar después la tarea, con renovados afanes, es buena. Esto último no supone –actitud muy frecuente hoy en día– que el mero cumplimiento del trabajo autorice para desarrollar todo tipo de solaz o actuar en él de cualquier manera.
De acuerdo con esta perspectiva del entretenimiento reivindicada por Aranguren, una inadecuada diversión –como es el caso del ´botellón`– no solo impide el pleno desarrollo de uno mismo, sino también el de aquellos a los que afecta de una u otra manera: en el orden ciudadano, en la salud pública, en la propiedad, en la libertad, en la dignidad…
Mención especial en este capítulo de perjudicados merece el hogareño drama de cada fin de semana de muchos padres que, en unos casos, no siempre conocen lo que hacen sus hijos en el tiempo de holganza; en otros, no quieren verlo; y, en casi todas las circunstancias, se sienten impotentes ante una situación que les desborda, porque es el fruto de una sociedad desorientada en la que, por confundir el abajo con el arriba, quizá no esté muy lejana la ocasión en que se escuche: ´Entre todos la mataron y ella sola se murió´.
Pedro Paricio . Dame tres minutos

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