María de Guadalupe como Modelo de Maternidad Eclesial
La necesidad de integrar la figura mariana en la teología contemporánea, destacando su rol en la evangelización de América Latina
En el marco de una sesión en la Nueva Aula del Sínodo organizada por la Pontificia Comisión para América Latina, el filósofo y teólogo mexicano Rodrigo Guerra López presentó una reflexión profunda sobre la «recuperación mariológica de la eclesiología». Titulada María de Guadalupe, Madre del Pueblo Fiel, la ponencia, impartida el 12 de diciembre, enfatiza cómo la Virgen de Guadalupe sirve como ejemplo paradigmático de cercanía materna, tanto en la reflexión teológica como en el dinamismo evangelizador de la Iglesia.
Guerra López, doctor en filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en Liechtenstein y actual secretario de la Pontificia Comisión para América Latina, inició su exposición recordando el encuadre mariológico del Concilio Vaticano II. Señaló que el Concilio comenzó el 22 de octubre de 1962, día dedicado a María Madre de Dios, y concluyó el 8 de diciembre de 1965, fiesta de la Inmaculada Concepción. Estas fechas, más que una coincidencia, reflejan la relación intrínseca entre María y la Iglesia: «María es la primera redimida por Cristo y transformada por el Espíritu Santo», afirmó, citando su fiat como respuesta perfecta a la iniciativa divina. Para el ponente, María no solo es unida al misterio de la Iglesia, sino que se convierte en su «typo» o modelo perfecto, anticipando en su persona lo que la Iglesia está llamada a ser.
Un punto central de la charla fue la «capacidad operativa de la gracia» manifestada en María. Guerra López explicó que, a diferencia de la colaboración limitada de los humanos con la gracia, María representa una apertura total, convirtiéndose en el «nuevo Israel» concreto: una persona. Citando a Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), subrayó que la doctrina de la Inmaculada Concepción expresa la certeza de que la Iglesia santa existe «como persona y en persona», refutando cualquier fracaso en la alianza de Dios con Israel.

El teólogo criticó el «déficit mariológico» en muchas reflexiones eclesiológicas contemporáneas, especialmente en debates sobre la reforma sinodal. Recordó la votación ajustada del 29 de octubre de 1963 durante el Concilio, donde por un margen mínimo (50.91% vs. 49.09%) se decidió integrar el capítulo mariano en la Constitución Lumen Gentium. Para Guerra López, ignorar esta integración debilita la comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia como «virgen y madre». Advirtió que este déficit a menudo se asocia con reformas basadas en proyectos humanos o herramientas socio-analíticas, en lugar de una profundización en la naturaleza de la Iglesia como cuerpo de Cristo.
Enfocándose en la dimensión personalista de María, el ponente argumentó que acogerla como Madre ayuda a reconocer a Jesucristo como «hermano real», no mero ejemplo moral. Citando a San Agustín contra los pelagianos, enfatizó: «Este es el horrendo y oculto veneno de vuestro error: que pretendéis hacer consistir la gracia de Cristo en Su ejemplo y no en el don de Su persona». Esto, según Guerra López, previene moralismos y fomenta una recuperación mariológica en cristología y eclesiología.
Un momento clave fue la referencia a la nota doctrinal Mater populi fidelis del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Guerra López agradeció este documento por resaltar a María de Guadalupe como ejemplo de maternidad real. En los párrafos 43 y 44, se describe cómo la Virgen se manifiesta a San Juan Diego en el Tepeyac en 1531, llamándolo con ternura materna: «¿No estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?». Esta experiencia corrige la inteligencia humana, idolatrando conceptos abstractos, y el afecto, prefiriendo planes propios sobre los de Dios. Para el ponente, Guadalupe inaugura una forma original de vivir como Pueblo de Dios, integrando comunión y sinodalidad.

Guerra López concluyó enfatizando que la regla de fe reside en la comunión, no en expertos que desafían al Papa. Citó un texto poco conocido de Francisco: en Guadalupe, la inculturación del Evangelio privilegia el kerygma sobre la norma, inaugurando un proceso de reconciliación y mestizaje cultural en América Latina. «La primera evangelización fue guiada por la fuerza del Espíritu y el amparo materno de María», afirmó el Papa, llamando a revivir esta dinámica globalmente.
La ponencia, que duró aproximadamente una hora, evocando el momento en que Pablo VI proclamó a María «Madre de la Iglesia» en 1964. En un contexto de debates teológicos actuales, las palabras de Guerra López invitan a priorizar la fe popular y sencilla como norma para la teología, evitando manipulaciones políticas de las advocaciones marianas.
Texto completo de la ponencia:
María de Guadalupe, Madre del pueblo fiel
Rodrigo Guerra López*
Pontificia Comisión para América Latina Nueva Aula del Sínodo
12 DE DICIEMBRE DE 2025
Introducción
A continuación, exponemos algunas breves reflexiones sobre la necesidad de la recuperación mariológica de la eclesiología y la importancia que tiene María de Guadalupe como ejemplo de cercanía materna que debe animar tanto nuestra reflexión teológica como nuestro dinamismo evangelizador.
- El encuadre mariológico del Concilio Vaticano II y de su eclesiología
El Concilio Vaticano II inició el 22 de octubre de 1962, día en que antiguamente se celebraba a “María, Madre de Dios”, y concluyó el 8 de diciembre de 1965, fiesta de la Inmaculada Concepción. Estas fechas fácilmente pueden ser vistas como una mera casualidad. Sin embargo, poseen un profundo sentido providencial si advertimos que María al tener una relación particular con Cristo, Hijo de Dios, posee también una relación singular con la Iglesia.
En efecto, María es la primera redimida por Cristo y transformada por el Espíritu Santo. Esta predilección divina no cancela su libertad. Por ello, también reconocemos que, gracias a su fiat, resplandece la respuesta perfecta a la iniciativa de Dios. De esta manera María, al vivir en comunión plena con su Hijo no puede no estar unida al misterio de la Iglesia.
Más aún, María se torna imagen, figura y modelo perfecta de la Iglesia ya que la anticipa en su persona.1 En otras palabras, Ella es aquello a lo que todos somos convocados. Cuando imaginamos cómo debe ser la Iglesia, cómo habría que purificarla, cómo es preciso actualizarla, cómo debe ser transformada para que testimonie a Cristo y anuncie el Reino en el mundo de hoy, no podemos olvidar que María es “typo” de la Iglesia, es decir, María es la Iglesia tal y como esta debe de ser.
- María y la capacidad operativa de la gracia
Para que una afirmación de esta índole no suene a un cierto exabrupto devocional, es preciso prestar atención a que en María podemos constatar la profundidad de la salvación por la gracia. La capacidad operativa de la gracia es total luego de la redención. Cuando miramos nuestra frágil condición, y rememoramos todas nuestras luchas, pecados e inconsistencias, es oportuno que caigamos en la cuenta de nuestra verdad: nuestra colaboración con la gracia suele ser muy poca. Pero en María no ocurre esto. Ella es total apertura y disposición para que la gracia inunde la vida toda, y la transforme.
Gracias a María, el nuevo Israel deja de ser una idea cuyo cumplimiento es fundamentalmente escatológico. Con Ella, el nuevo Israel, se vuelve máximamente concreto: es una persona. Esto quiere decir que el “typo” de la Iglesia no es un allende metahistórico sino un rostro concreto: la virgen creyente es la verdadera “Hija de Sión” (Sof 3,14-17).
Joseph Ratzinger llegará a decir a este respecto:
“La doctrina de la Inmaculada es expresión de la certeza de la fe de que realmente existe la Iglesia santa como persona y en persona. En ese sentido es expresión de la certeza de santidad de la Iglesia. De esto también forma parte la conciencia de que la alianza de Dios en Israel no ha fracasado, sino que se convirtió en el brote del cual vino la flor, el Salvador.”2
- El déficit mariológico en la eclesiología
Cuando revisamos la historia del Concilio Vaticano II todo este enfoque parece que puede ser fácilmente objetado. El 29 de octubre de 1963 se votó si las reflexiones mariológicas realizadas por los padres conciliares deberían convertirse en un texto aparte o integrarse en la Constitución sobre la Iglesia. El resultado no pudo ser menos alentador: quienes estuvieron a favor de la integración representaron el 50.91% de los votos y quienes pensaban en la realización de un documento aparte lograron el 49.09%.
Así las cosas, ¿la relación entre María y la Iglesia será la propia de un colectivo que debe tener una inspiración piadosa? ¿Acaso la Virgen debe ser un recurso retórico para finalizar mensajes, exhortos y homilías? ¿Habrá sido un error vincular tan profundamente a la Virgen María con el resto de la eclesiología del Concilio Vaticano II? ¿Reconocer a María como “Madre de la Iglesia” responde más bien a un cierto sentimentalismo o a una metaforización devota?
Cuando miramos algunas robustas reflexiones eclesiológicas, por ejemplo, con motivo de la necesaria reforma sinodal de la Iglesia, y descubrimos su escasa referencia a María, prácticamente como si el capítulo VIII de la Constitución “Lumen Gentium” no existiese, pareciera que la respuesta a las anteriores cuestiones formuladas debería ser afirmativa.
Sin embargo, cuando prestamos atención a la profunda imbricación que existe entre mariología, cristología y eclesiología las cosas cambian de perspectiva. La presencia de María no es solo devocional o meramente retórica sino profundamente teológica. Sin el recurso a María se debilita tanto el misterio de Cristo, Dios y hombre verdadero, como el misterio de la Iglesia , virgen y madre.
De hecho, me parece que el déficit mariológico de las reflexiones eclesiológicas, en algunas ocasiones va aparejado a un implícito, y a veces explícito deseo de introducir reformas organizacionales y redistribuciones ministeriales que respondan más a nuestros proyectos, a nuestras herramientas socio-analíticas y a nuestras convicciones filosófico-culturales, que a una profundización de la naturaleza de la Iglesia como cuerpo de
Cristo, que siempre será más que la suma de sus miembros o de sus comunidades.
- La dimensión personalista de la Virgen María
Intento decir esto mismo de otra forma: lo maravilloso de acoger a María como Madre es que me ayuda a reconocer a Jesucristo como hermano real y no meramente metafórico. Es decir, me ayuda a reconocer a Jesucristo como Persona cercana, familiar, y no como un mero ejemplo moral a seguir.
Las palabras que san Agustín le dirige a los pelagianos no podrían ser más pertinentes para aclarar la dirección de mis reflexiones:
“Este es el horrendo y oculto veneno de vuestro error: que pretendéis hacer consistir la gracia de Cristo en Su ejemplo y no en el don de Su persona”.3
Volviendo a las preguntas que me atreví a formular más arriba, tengo la impresión que una recuperación mariológica de la eclesiología y de la cristología, nos puede ayudar a no caer en moralismos crispados o taimados.
Más aún, me parece que la valoración que san Paulo VI hace de María al momento de clausurar la III sesión del Concilio, puede motivarnos a reconsiderar las cosas:
“Es la primera vez —y decirlo nos llena el corazón de profunda emoción— que un Concilio Ecuménico presenta una síntesis tan extensa de la doctrina católica sobre el puesto que María Santísima ocupa en el misterio de Cristo y de la Iglesia.
Esto corresponde a la meta que el Concilio se ha prefijado: manifestar el rostro de la Santa Iglesia, a la que María está íntimamente unida, y de la cual, como egregiamente se ha afirmado, es “la parte mayor, la parte mejor, la parte principal y más selecta” (Ruperto, In Apocalipsis, 1, VII, cap. 12; P. L. 169, 10.434).
En verdad la realidad de la Iglesia no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenanzas jurídicas. Su esencia íntima, la principal fuente de su eficacia santificadora, ha de buscarse en su mística unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquélla, que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a sí para nuestra salvación. Así ha de encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdadera católica sobre María será siempre la llave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia.”4
Pocos minutos después, el Papa Montini dirá en aquella alocución:
“Así pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios”.
Al terminar de decir esto, de manera unánime, los padres conciliares se pusieron espontáneamente de pie y dieron un largo aplauso.
- María de Guadalupe en “Mater populi fidelis”
Por estas razones, su servidor no puede más que agradecer la reciente nota doctrinal “Mater populi fidelis” del Dicasterio para la Doctrina de la fe.5
Las controversias suscitadas en torno a este acto de Magisterio ordinario, creo que en ocasiones han perdido de vista algunos asuntos esenciales. Lamentablemente, ingresar al texto por el ángulo de las críticas y objeciones presentadas, no nos es posible en este momento. Lo que sí merece ser atendido es que, en el corazón de la exposición, justo cuando se explica que María es verdadera “madre de los creyentes”, el Dicasterio nos ofrece dos parágrafos dedicados a subrayar la forma como María se hace cercana en la vida real del Pueblo de Dios. En estos parágrafos se coloca como ejemplo elocuente de cercanía, el caso de la manifestación de María de Guadalupe a san Juan Diego en el Tepeyac.
El parágrafo 43 dice así:
“La presencia de las diversas advocaciones, de las imágenes y de los santuarios marianos manifiestan esa maternidad real de María que se hace cercana a la vida de sus hijos. Sirva como ejemplo la manifestación de la Madre al indio san Juan Diego en el monte del Tepeyac. María lo llama con las palabras tiernas de una madre: «Hijito mío el más pequeño, mi Juanito». Y, ante las dificultades que san Juan Diego le manifiesta para llevar a cabo la misión encomendada, María le revela la fuerza de su maternidad: «¿No estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre? […]. ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos?».”
Estas palabras no buscan subrayar unilateralmente un cierto momento emocional o devocional sino mostrar que María de Guadalupe anuncia al “verdaderísimo Dios por quien se vive”, a través de la cercanía concreta de un encuentro. Este encuentro es experiencia de maternidad real para el pueblo fiel.
En efecto, san Juan Diego es un indígena marginal, convertido hacia 1524, es decir, a los 50 años edad. Recibe, en diciembre de 1531, la encomienda de la Virgen de llevar una “buena noticia” al obispo. Pero justo en el momento en que Juan Diego intenta eludir el encuentro con María, para ir a hacer algo objetivamente bueno, pero al margen del plan de Dios, la Virgen lo intercepta y le muestra con unas cuantas palabras, la profundidad de la experiencia de una maternidad insospechada, que permite que su vida quede acogida permanentemente por la certeza de un abrazo que viene del cielo.
Esta bella experiencia, no sólo es un gran consuelo sino que corrige nuestra inteligencia, tan dada a idolatrar las elaboraciones conceptuales, y corrige también nuestro afecto, tan dado a preferir el propio proyecto antes que el plan de Dios.
María de Guadalupe, de esta manera, se vuelve método, es decir, camino para descubrir que el cristianismo no es una teorización abstracta o una mera consigna moral, sino la profundización gradual de una relación personal, que al mismo tiempo que acompaña, envía y pone en movimiento. Juan Diego se coloca “en salida”, al momento de ir a evangelizar al obispo, y luego, sin titubeos, acoge la indicación del Prelado, cuando este pide un “signo”. De este modo, en el Tepeyac, María es la raíz o el origen del surgimiento de una forma original de vivir la experiencia de ser Pueblo de Dios. María, Madre del creyente, lo introduce en una dinámica en la que la comunión y la sinodalidad se realizan de manera simultánea.
El parágrafo 44 de la nota doctrinal, continúa afirmando:
“Esa experiencia del afecto maternal de María, que vivió san Juan Diego, es la experiencia personal de los cristianos que reciben el afecto de María y que ponen en sus manos «las necesidades de la vida de cada día y abren confiados su corazón para solicitar su intercesión maternal y obtener su tranquilizadora protección». Más allá de las manifestaciones extraordinarias de su cercanía, existen expresiones cotidianas constantes de su maternidad en la vida de todos sus hijos. Aun cuando no pedimos su intercesión, ella se muestra cercana como Madre, para ayudarnos a reconocer el amor del Padre, a contemplar la entrega salvadora de Cristo, a acoger la acción santificadora del Espíritu. Es tan grande su valor para la Iglesia que los pastores deben evitar cualquier instrumentación política de esta cercanía de la Madre. El Papa Francisco lo advirtió, en diversas ocasiones, y mostró su preocupación por «las propuestas de tinte ideológico-cultural de diverso signo que quieren apropiarse del encuentro de un pueblo con su madre».”
Como podemos observar, en este segundo texto, el documento nos invita a advertir que Ella se hace cercana, aún caundo muchas veces no la busquemos. Se adelanta, por así decir, a nuestras necesidades, ofreciéndonos una experiencia de encuentro con Dios, que es comunión de Personas. Es así de delicado e importante este acontecimiento, que se señala prudentemente el exhorto que el Papa Francisco ha hecho para que no se manipule políticamente ni su imagen ni su mensaje.
¿Por qué la nota doctrinal nos coloca este ejemplo? Creo que en buena medida responde a la necesidad de recuperar la conciencia que la vida de fe, sencilla y popular, tiene una primacía sobre el discurso reflexivo, por más erudito que sea. La fe del pueblo sencillo no es una teología diluida a la medida de nosotros, los fieles laicos, ni una suerte de concesión generosa y piadosa ante la incultura de quienes no han estudiado en una gran facultad de teología. La relación es justo inversa: la proclamación cercana y afectuosa del evangelio a través de María es medida y norma para la incursión teológica, no viceversa.
- La regla de fe se halla en comunión
En una época tan habitada por el magisterio de supuestos o reales expertos que desafían pública o privadamente al Papa, la regla de fe, no se encuentra constituida por las investigaciones histórico-críticas más sofisticadas sino por la interpretación inteligente del dato revelado practicada en comunión. La comunión con los legítimos pastores y con el Pueblo de Dios que vive la experiencia de la fe, a través de la acción teologal que Dios realiza a través de la religiosidad popular, de las múltiples formas de comunión de vida con María, y de la práctica sacramental más sencilla, pero no por ello, poco profunda.
Termino con un texto poco conocido del Papa Francisco:
“En la imagen milagrosa de Santa María de Guadalupe y en los diálogos que ha mantenido con San Juan Diego, consignados en el Nican Mopohua, no hay ningún mensaje amenazante, no hay condena alguna. Todo es ternura, misericordia y acogida. De este modo, la “inculturación del evangelio” en tierras americanas, comienza a través de una pedagogía que privilegia el kerygma antes que la norma, el encuentro antes que el conflicto, y el abrazo a todo lo santo y verdadero que pueda haber en la religiosidad prehispánica. No es la lógica de la espada sino la de la Encarnación (sólo lo asumido es redimido, decía San Ireneo) la que inaugura un proceso de reconciliación social y de eventual mestizaje no sólo entre razas, sino entre culturas que se nutren entre sí y dan lugar a una nueva síntesis: popular, mestiza, barroca y cristiana.
En el acontecimiento guadalupano se inaugura un proceso que luego se dilatará por vía de advocaciones marianas diversas, desde el Río Bravo y hasta la Patagonia. América Latina será evangelizada por hombres y mujeres de fe que bajo el amparo de la Virgen arriesgan y ensayan, avanzan y aprenden. Una “Iglesia en salida” diríamos hoy. La primera evangelización de América Latina fue guiada, más que por un plan estratégico, por la fuerza del Espíritu, y custodiada por el amparo materno de María. Gracias a la apertura de corazón de los primeros misioneros, la Iglesia no quedó pasmada o aletargada ante los novísimos desafíos culturales que implicaba el “nuevo mundo”, sino que apostó decididamente por la permanente novedad del evangelio, por su capacidad de sorprendernos a todos y por su fecundidad para generar nuevas realidades. En el actual contexto, con formas y modalidades tal vez nunca antes vistas, esta dinámica está llamada a vivirse no sólo en América Latina sino en el mundo entero.”6
***
1 Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, Cap. VIII.
2 J. RATZINGER – BENEDICTO XVI, La Hija de Sión, Saint John Publications – Balthasar&Speyr.org, p. 68. Publicación on-line: https://balthasarspeyr.org/es/publicaciones/libros/la-hija-de-sion
3 SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Contra Iulanium, Opus imperfectum.
4 SAN PAULO VI, “Alocución en la Clausura de la III Sesión del Concilio Vaticano II”, 21 de noviembre de 1964.
5 DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE, “Mater populi fidelis. Nota doctrinal sobre algunos títulos marianos referidos a la cooperación de María en la obra de la salvación”.
6 PAPA FRANCISCO, “Repensar los caminos de los pueblos y sus culturas”, Introducción a R. BUTTIGLIONE,
Caminos para una teología del pueblo y de la cultura, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, 2022

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