Los santos, una gran propuesta
Cómo los santos reflejan a Cristo y guían la vida cristiana
El “Ser” de Dios es la santidad. Solo Dios “es” santo. Dios es infinitamente santo. Cristo, que es perfecto Dios, y perfecto hombre, es santísimo. Cristo es el modelo más importante. Los santos “tienen” solo “en parte” la santidad de Cristo. El santo cristiano es un buen imitador de Cristo. Luego, se parece a Cristo, es imagen de Cristo. Lo que interesa de un santo es lo que refleja de Cristo. Los santos son otro Cristo, Cristo entre nosotros.
Aunque Cristo supera infinitamente a todos los santos, entendemos a Cristo a través de los santos. En efecto: cada santo refleja a Cristo de un modo bello, verdadero, diverso y complementario. Así, san Maximiliano Mª Kolbe, para librar de la muerte a un padre de familia, dio su propia vida. A su vez, san Ramón Nonato, -como tantos otros santos de órdenes redentoras de cautivos-, peligrando la fe de un cristiano, cautivo de los moros, se dejó encarcelar para que lo liberaran. Ambos ejemplos nos ayudan a entender que, Cristo, para la redención liberadora, entregó su propia vida. A su vez, san Pedro Claver, haciéndose esclavo de los esclavos negros, ayuda a entender, de manera sencilla, clara, iluminante e impactante, el episodio de Cristo lavando los pies a los apóstoles.
Consideraré ahora la “diversidad”. Según santo Tomás de Aquino, la grandeza de Dios puede expresarse mejor si hay multiplicidad y diversidad de seres. Un jardín, para ser bello, ha de tener flores diversas. A su vez, san Pablo notó la necesidad de la multiplicidad y diversidad en la Iglesia, cuerpo de Cristo. Además, cada persona humana es única e irrepetible. Se entiende pues que Dios distribuye libremente sus dones naturales y sobrenaturales de manera diversa según los seres, que son diversos y distintos. No todos los seres corresponden igualmente a Dios y a sus dones. También los santos son muy variados. El conjunto de la totalidad de los santos, incluidos los no canonizados, es algo de una gran belleza, que puede representarse por un abanico desplegado, con un número inmenso de varillas diversas, todas las cuales desprenden, a su modo, la fragancia del buen olor de Cristo.
Hay un orden en el conjunto de los santos. Pueden señalarse jerarquías, o escalas, de santos, o clasificarse según peldaños ascendentes. Pues, por una parte, unos santos, “en sí mismos”, ocupan un lugar más alto en orden de importancia, reflejan mucho mejor a Cristo, e interesan especialmente. Así, por ejemplo, la Santísima Virgen, etc. Por otra parte, a algunos santos podemos verlos como “más interesantes para nosotros”, por determinadas razones particulares, propias.
Dentro del conjunto tan varío de los santos, podemos establecer grupos o categorías. Así, por ejemplo, en un mundo con tantos obstáculos, en el que resulta difícil vivir la fe con valentía, adquiere especial actualidad, e importancia, el grupo de los mártires. Pues, éstos, se dejaron matar antes que pecar, prefirieron ser asesinados que negar a Cristo, brillaron por su valentía frente a las dificultades y mostraron de manera muy elocuente que lo único que importa es amar a Cristo, aunque esto conlleve perderlo todo.
También hay santos que, su vida, sin dejar de ser muy valiosa, es muy distinta de la nuestra. Así, san Simón Estilita vivió siempre sobre una columna. Otros, nos transmiten algo muy cercano a nuestra existencia. San Josemaría Escrivá de Balaguer, por ejemplo, además de ser contemporáneo nuestro, nos resulta inmensamente práctico, ya que nos transmite maravillosamente algo tan importante, y tan cercano a tantos millones de hombres como es la grandeza de la vida ordinaria y la llamada universal a la santidad de todos los bautizados. Todos los bautizados hemos de ser santos.
En fin, no importa solo que unos seres humanos sean santos, sino también en que plano están situados en relación con el plano de nuestra vida y en relación con el plano de Dios. Unos santos nos pueden aportar más que otros.
Con la descristianización se ha hecho frecuente considerar como modelos, no a personas santas, sino a personalidades famosas del cine, o similares, las cuales son propuestas únicamente por valores meramente naturales o humanos, tales como su simpatía, su belleza, sus conocimientos, etc. Ello, a su vez, acaece en un mundo lleno de confusionismo, en el que se da una fuerte crisis del humanismo, en que muchos incluso llegan a desconocer la identidad de la naturaleza humana, en que se sigue pisoteando la dignidad del ser humano con el genocidio abortista, etc. O, más brevemente, en el que muchos ni siquiera saben lo que es el hombre.
Quedarse, pero, únicamente, en lo meramente humano, o en el puro hombre, es quedarse con el hombre sin gracia, con el hombre herido. No estar en gracia, es una desgracia. Además, cuando una sociedad se descristianiza, decae fuertemente.
Algo muy distinto sucede con el hombre santo, en el que la gracia ha hecho una gran obra. La gracia sana y perfecciona. La obra del Espíritu Santo es mucho más ambiciosa que la de un famoso. El Paráclito deifica. El Espíritu Santo hace, de un ser humano, un hijo de Dios, un santo, una persona realizada, feliz, profundamente contenta, otro Cristo, y, además, lleva a la gloria del cielo, a la dicha eterna y plena.
En suma, los santos representan algo muy valioso para la época presente. Todos los santos son muy importantes. Como señaló el Papa Benedicto XVI los santos son una gran luz para el mundo. Muchas veces se recibe más luz mirando a los santos que de muchos otros modos. Se ha de volver a los santos. Hemos de dejarnos iluminar por ellos, especialmente por aquellos que revisten un especial interés. Mucho tienen que decirnos Cristo, la Santísima Virgen, san José, san Josemaría Escrivá de Balaguer, etc.

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