19 mayo, 2026

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Alfons Gea

Voces

30 octubre, 2025

5 min

Los muertos descienden hasta el olvido

Duelo, ritos y memoria de los difuntos

Los muertos descienden hasta el olvido

Para los niños de mi generación, un difunto en el pueblo era un acontecimiento. Seguramente, contribuía a ello la excepcionalidad. Era un pueblo pequeño y no había muchos entierros. Los muertos hacían cara de muerto, color amarillento, olor a cera, penumbra, rezos y copichuelas de mistela, o vino generoso.  De las trastadas que recuerdo era poder tocar el cadáver. Era relativamente fácil, puesto que los niños no teníamos vetado el asistir a la vela o al entierro. La gente mayor que lo velaba, podía no saber si éramos familia o no.

Cuando cómo terapeuta del duelo me han preguntado sobre el trauma de los niños ante la muerte, no he podido menos que recordar mi infancia. El trauma lo generamos ahora, transmitiendo fobias.

El entierro era un acontecimiento social de primera magnitud, incluso en las grandes ciudades. La gente del barrio, sin WhatsApp se comunicaba muy eficazmente. Los canales estaban abiertos. Máxime si el difunto era joven o la muerte inesperada. Era la ocasión de que se llenara el templo de gente, dentro y fuera del mismo.

Con la llegada de los tanatorios se fueron desplazando los entierros fuera del barrio o de la vecindad. Se priorizaba la comodidad y las cuestiones mas prácticas como el cerrar por la noche la capilla ardiente, facilitando a los familiares y allegados el retorno al domicilio para descansar. Poco a poco se fue suprimiendo la vela del difunto en el propio domicilio. Hubo un tiempo en el que se combinaba el tanatorio con el entierro en la parroquia. Todavía se convocaba mucha gente.

Pero la cuestión practica y la comodidad para evitar un doble desplazamiento, parroquia, tanatorio y cementerio, se fueron suprimiendo no solo la vela domiciliaria sino también la ceremonia de despedida en la parroquia.

En esta época en que la incineración no había debutado, el culto a los difuntos, se mantenía en los cementerios que durante las fechas de Todos los Santos congregaba multitudes, todavía se mantenía la misa funeral en las parroquias, habiendo un cierto nexo entre la comunidad y la familia del difunto.

Mas tarde vino la incineración que en la mayoría de los casos suponía el lugar del cementerio, así como también irrumpían las ceremonias laicas como algo que no tenía que ver con la fe del difunto sino con el estilo de despedida más enfocado en el sentimiento, las alabanzas al difunto y las anécdotas personales, que a la oración suplicante de la iglesia ante el hecho de poner en manos del Dios misericordioso, el alma del que nos ha precedido en el camino. Ganó espacio la pantalla y lo espectacular ante la oración y la confianza en Dios vivo y verdadero.

Esto condujo a suprimir lo esencial de una despedida que era rezar, dejar en manos de Dios la persona que se nos había ido. Esta supresión de lo sagrado en las ceremonias laicas condujo a muchos a suprimir todo acto de despedida. Los discursos y las alabanzas se convierten en innecesarios ante lo vivido con el propio difunto. Lo que se hubiera de decir en la ceremonia o bien el difunto en vida, ya lo había oído o bien sin creencia en Dios y la eternidad no tenían mucho sentido. Cayeron en la cuenta de que si no había otra vida, que sentido tiene hablar a un difunto.

El proceso continúa cuando se establece que no haya ceremonia de despedida antes del entierro o incineración del difunto. Se usa la frase “sin ceremonia”. No hace mucho, en la funeraria que presto mis servicios había nueve difuntos ese día. Tres eran católicos, uno laico y otro de otra religión. Los cuatro restantes eran sin ceremonia.

Si a lo anterior, a la ausencia de ceremonia le añadimos la ausencia posterior de los ritos puesto que se incineran y se suelen depositar en lugares muy abiertos sin mayor símbolo para la posteridad, podemos afirmar que se tiende a olvidar al difunto. La memoria del difunto será muy poco tangible tanto en los espacios físicos “cementerio” como en los ritos posteriores. No es de extrañar que se tenga prisa para elaborar el duelo, y que alguien que ha perdido un ser querido, que en los primeros días recibe mucho apoyo del estilo “aquí estoy para lo que haga falta”, pase a un “no sigas llorando porque a él no le gustaría”. Dejando al doliente en solitario y haciéndolo responsable de su malestar, porque sigue mal anímicamente porque el quiere. En mi pueblo el luto estaba regulado en los vestidos negros y en la adoración del mismo. Era una invitación externa a ser considerado como doliente. Ahora el dolor se reprime puesto que manifestarlo en público está mal visto. Las misas funeral, los novenarios, las misas gregorianas o las de aniversario, escasean tanto que cada vez es mas extraño ofrecer misas en sufragio por los difuntos.

Evidentemente estamos en una sociedad diferente a la de mi infancia. Hace días, coincidió que los momentos anteriores a la catequesis de niños que había ese día, hubo un entierro. Pregunté a los niños quienes habían visto alguna vez en su vida un féretro real. Menos de la mitad habían visto alguno.

El barómetro de la vivencia de la despedida de nuestros difuntos indica que caminamos hacia el olvido. Hay una frase que se repite bastante en las ceremonias civiles, y hace referencia a la vida del difunto, mientras le recordemos “seguirás vivo en nosotros”, “nadie muere hasta que se le olvida” …, siendo así que la eternidad va a ser muy corta: hasta la muerte de los que le recordarán.

La iglesia reza por los difuntos en cada eucaristía y sobre todo el día dedicado a todos los difuntos. Lo importante no es nuestra memoria que se hace frágil con el paso de los años, sino la memoria de Dios que es eterna. Cuando hacemos de nuestro presente el único sentido de la vida y éste se ve amenazado por la enfermedad y la muerte experimentamos una gran frustración. Quizás sea esta una de las causas por las que nuestra sociedad consume tantos ansiolíticos.

Alfons Gea

Licenciado en Teología en Facultad de Teología de Barcelona (1988). Diplomado en Magisterio – profesor EGB. Universidad de Barcelona (1990). Licenciado en Psicopedagogia. Universidad Ramón Llull, (1994). Responsable del Servicio de Atención al Duelo de Funeraria Municipal de Terrassa (2001-2022). Terapeuta en Gabinete Gedi - Psicología aplicada (2022). Párroco de St. Viucente de Jonquereas, de Sabadell (2012). Articulista en revistas especializadas y prensa comarcal. Formador en atención al duelo de profesionales sanitarios y sociosanitarios: Trabajadoras sociales, psicólogas/os, médicas, enfermería, maestras (1995). Ha participado en varios programas de opinión y debate de televisiones y radios nacionales. Anteriormente ejerció como asistente espiritual de los hospitales en Terrassa: San Lázaro, Mutua, y Hospital de Terrassa (1997-2018. Fue párroco de la parroquia Virgen de Montserrat de Terrassa (1997-2013) y responsable de Formación de la Delegación de Pastoral de la Salud de la diócesis de Barcelona (1995-2005). Delegado episcopal de Pastoral de la salud de la diócesis de Terrassa (2005-2012). Coordinador de la Pastoral de la Salud de la Conferencia episcopal catalana. Maestro de EGB, Coordinador de secundaria, subdirector de escuela, jefe de gabinete psicopedagógico, fundador y director del Centro Sara – casa de acogida para enfermos de SIDA, educador en situaciones de riesgo social, Fundador del Taller Solidario – centro de inserción laboral.