Los deseos a flor de piel
Entre la cultura del consumo y la tradición filosófica, una reflexión sobre cómo comprender, integrar y orientar los deseos humanos hacia el florecimiento personal
Los deseos o tendencias sensoriales hacia objetos atrayentes forman parte de la experiencia vital. La expresión típica de esta dinámica existencial nos es familiar: “tener ganas de” comer, beber, descansar, bailar, mirar cine, leer, trotar… También, se puede pasar por temporadas sin ninguna ilusión de hacer cosas: no nos nace hacer algo, ni hay objetos o actividades que nos atraigan. Esta desgana es señal de que algo va mal en nuestra vida. En una de sus variables, se trata de una desorientación por falta de sentido de la vida, en cosas menudas o en temas más grandes y profundos.
Lo cierto es que vivimos en una civilización del deseo, diseñada para ofrecernos cosas, experiencias de goce inmediato. La sociedad industrial y tecnológica busca atraer nuestra atención a los productos y servicios que ofrecen para su consumo de tal manera que, la conocida distinción entre bienes necesarios, útiles o suntuarios, pierde relevancia. ¿Cuál es el bien necesario que satisface una carencia urgente? ¿Cuál es el bien superfluo que simplemente despierta nuestros deseos compulsivos? Como se ve, es muy fácil confundir el hambre y las ganas de comer. Así las cosas, se suele producir una alianza perversa entre la sensibilidad despierta -fomentada por los reclamos publicitarios- y las maravillas de objetos mostrados en las tiendas presenciales o virtuales. El marketing moderno -con ayuda del conocimiento básico del consciente e inconsciente humano- hace su trabajo y encuentra los medios adecuados para ofrecer a nuestros deseos los bienes portadores de los placeres anhelados.
La realidad de los deseos ha sido explorada por los grandes de la filosofía. Platón procurará elevar el eros hacia la búsqueda del bien y belleza más allá del instante placentero. Los epicúreos intentarán moderar los deseos, los estoicos, más bien, intentarán apagarlos. Nietzsche se abocará a luchar contra las restricciones, normas e instituciones. Lo que importaría sería la voluntad de poder: leones cazadores, convertidos en niños sin preocupaciones ni moral alguna. Marcuse, vinculado a la revuelta de 1968, abogaba por una civilización del placer, no represiva, que permita la eclosión de la tecnología y haga de la vida un juego. Estas visiones -y muchísimas más- tratan de dar cuenta de los deseos experimentados personal y colectivamente: están a flor de piel, ¿qué hacemos con ellos?
Manuel Cruz Ortiz de Landázuri presenta una propuesta filosófica para comprender la dinámica de los deseos humanos. En La civilización del deseo: una historia filosófica de lo querido (Siglo veintiuno, 2025) ofrece una ponderada visión para orientarse en la autopista de los deseos. Dice: “El deseo no debe ser combatido, sino integrado. Por eso, en vez de plantear una táctica de control, habría primero que tratar de comprenderlo, entender su lógica para insertarla en la lógica amplia de la vida humana. El problema está en que el deseo se ha entendido como mero impulso, cuando en realidad se trata de una experiencia que reviste cierta lógica y tendencia. El deseo surge por algo, y apunta a algo (pp. 206-207)”. Es decir, el deseo, la afectividad humana, no es un elemento accesorio y desbocado de lo humano, es -más bien- una de sus dimensiones constituyentes.
La meta no es la insensibilidad. El objetivo es integrar el cúmulo de anhelos y apetencias humanas en hábitos que procuren el florecimiento humano, sin ceder a la satisfacción compulsiva y superficial ofrecida por la sociedad del consumo.

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