Los 5 remedios de Santo Tomás de Aquino contra la tristeza
Ni frialdad ni dogmas abstractos: la lección de un genio medieval para cuidar el cuerpo y el alma en tiempos de oscuridad
Suele contemplarse la figura de Santo Tomás de Aquino bajo la luz del fraile intelectual, lejano y abstracto, volcado únicamente en complejas formulaciones teológicas. Nada más lejano a la realidad. Siete siglos antes de la invención de los escáneres cerebrales o la farmacología moderna, el gran Doctor de la Iglesia dio muestras de una agudeza psicológica deslumbrante. En la Suma Teológica (Cuestión 38 de la Prima Secundae), trazó un perspicaz tratado sobre las pasiones humanas donde aborda la tristitia: un dolor del alma causado por un mal presente que nos oprime y que nos arrebata las fuerzas para actuar.
Para aliviar esta pesadez espiritual y física, el Aquinate no propuso fórmulas rígidas ni voluntarismos vacíos, sino cinco remedios extraordinariamente humanos que integran al ser humano en su totalidad: cuerpo y espíritu.
1. El llanto (Fletus)
Frente a la tristeza, el primer consejo de Santo Tomás no es «aguanta» ni «reza más». Es, rotundamente, llora.
El teólogo expone dos razones fundamentales para validar las lágrimas:
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Fisiológica: La tristeza constriñe el corazón; el llanto actúa como un mecanismo de expulsión que libera esa presión interna.
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Psicológica: Cualquier acción acorde con el estado afectivo de la persona produce alivio. Reprimir el llanto atenta contra la propia naturaleza e intensifica el sufrimiento.
Llorar no es signo de debilidad; es un acto humano, terapéutico e incluso profundamente evangélico.
2. La compasión de los amigos (Compassio amicorum)
En una época marcada por el aislamiento, este remedio cobra una vigencia vital. Compartir la pena con alguien que escucha y comprende tiene un efecto sanador:
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El consuelo del afecto: Percibir que un amigo se entristece con nosotros nos confirma que somos amados, y sentirse amado constituye el mejor bálsamo para el alma.
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Carga compartida: La pena a solas resulta aplastante; cuando otra persona ofrece su hombro (com-passio), el peso se distribuye y se vuelve llevadero.
Frente a la tendencia del abatimiento a la reclusión, la indicación es buscar la compañía de un buen amigo.
3. La contemplación de la verdad (Contemplatio veritatis)
Es el remedio de corte más intelectual, pero de enorme potencia transformadora. Para Santo Tomás, el gozo más elevado proviene del uso de la inteligencia y el espíritu.
Al contemplar la verdad —ya sea a través de la belleza de la naturaleza, el arte, la música sacra, el estudio apasionado o la oración contemplativa— la mente se eleva. Salir del reducidísimo espacio del «yo herido» para conectar con lo que nos trasciende genera un deleite capaz de calmar el torbellino emocional.
4. El sueño y los baños (Somnus et balnea)
Quizá el punto más sorprendente por su marcado sentido común y su realismo. Dado que la tristeza es un dolor del alma que fatiga y agota la biología corporal, todo lo que restaure la naturaleza física contribuye a la sanación del espíritu.
Santo Tomás aconseja cuidar el descanso, dormir lo suficiente y recurrir al agua caliente o al baño relajante. Cuidar la nutrición, el paseo y la higiene corporal recuerda una premisa básica: la gracia actúa sobre la naturaleza, y no es posible sanar la mente o el espíritu si el cuerpo se encuentra exhausto.
5. El placer lícito (Delectatio)
Entendida la tristeza como un cansancio de la psique, el alma necesita reposo. Y el reposo del alma es el gozo.
Santo Tomás defiende que cualquier deleite lícito alivia el dolor: una buena comida, una conversación afable o un pasatiempo gratificante. Lejos del rigorismo que considera el disfrute como algo censurable, el teólogo invita a tratarse con dulzura y concederse respiros legítimos para reponer fuerzas.
«Dios te quiere santo, pero para eso primero te quiere humano.»
La propuesta de Santo Tomás de Aquino abarca la integridad de la persona: lo emocional (llorar), lo social (acudir al amigo), lo espiritual (contemplar la verdad), lo físico (descansar y cuidarse) y lo psicológico (disfrutar de lo bueno). Un recordatorio atemporal de que la fe y la razón no solo dialogan, sino que cooperan para devolver la paz y la vitalidad al ser humano.
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