28 abril, 2026

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«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal»

En la celebración de los 800 años del tránsito de san Francisco de Asís

«Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal»

I

Sobre la vocación del ser humano

Coincidiendo con el tiempo de Cuaresma que nos prepara y conduce al de la celebración de la Pasión y la Pascua del Señor, y casi en parte como una imagen metafórica con que se me antoja ver a la naturaleza participando en síntesis alusiva del ambiente del calendario eclesial, la amplia ventana orientada hacia el oeste que ilumina desde la izquierda el escritorio donde escribo me permite disfrutar de los contrastantes y plurales cambios de la poblada arboleda, especialmente compuesta de caobos (Swietenia macrophylla) que crecen en las aceras y en la alargada isla central de la avenida. Con las peculiaridades deslumbrantes del intenso sol tropical, y conforme a la luz recibida en cada espacio y a las correspondientes y variables sombras que van cayendo durante los días del año –curiosas circunstancias que alteran la previsión de una supuesta sincronización en los procesos naturales de crecimiento–, simultáneamente los árboles presentan diferentes estados en mi campo visual: la fronda de algunos caobos aún permanece verde; otros ya abrieron los ovoides frutos leñosos y arrojan sus semillas en forma de una sorprendente aleta o pala de hélice para esparcir su misión en alegre y veloz vuelo giratorio; los más cercanos a la ventana, perseverantes en su caducifolia anual, hace apenas un par de días perdieron completamente sus hojas desnudando sus ramas y hoy amanecen estrenando el retoño de sus múltiples hojitas pardas que pronto reverdecen, como un despertar de sonrisas que auguran la renovación. Fieles al ADN que porta su simiente, en los caobos se cumple cada año el ciclo estacional que incluye el verdor intenso, la aparición de las diminutas flores entre amarillentas y verdosas y el posterior anuncio de los frutos; más tarde la dispersión de las semillas volátiles –espectáculo que siempre me maravilla como en un juego de niño– y el despojamiento completo de las hojas semejando en apariencia la sequía y la muerte de la planta; al final, y tan solo dos o tres jornadas después, sucede una vez más el estallido anual de un nuevo follaje que se estrena para anunciar la vida que se reinicia.

Pero tal vez podríamos extender la meditación que sugiere este contemplar botánico un poco más allá. La mención de la semilla y su ADN, lo que, desde una perspectiva, es equivalente a su esencia y a su vocación, me lleva a pensar en las imágenes que comparto con los estudiantes en una como clave recordatoria cuando hablamos de las tres virtudes teologales. Por supuesto que las palabras vocación y virtud se asocian necesariamente con la definición propia de lo humano, pero en un ejercicio de la imaginación quizás alcanzaríamos a comprender un poco más la íntima conexión entre ellas y el ser de toda persona. Cada semilla –tomemos por ejemplo la del caobo–, para que verdaderamente cumpla la definición de su ser codificado en el ADN específico, posee estrechamente unidas en su condición lo que podríamos distinguir como tres «virtudes», elementos fundamentales que hacen posible la germinación. ¿Nos atrevemos por un momento a imaginar lúdicamente a la semilla con una conciencia que discierne cuáles son estas virtudes? Aceptando esta conveniente imagen y si logramos continuar el juego, podemos ver que la semilla, para que en verdad y efectivamente lo sea, cree, tiene memoria y sabe con toda certeza que proviene de un caobo y que esta fe la une indisociablemente al árbol de su origen, nexo que también se extiende en el legado de la especie de la que es responsable. Tal certidumbre tiene como consecuencia la inequívoca confianza de que, a través de su ser como simiente, de su potencia, se originará una nueva planta, se producirá otro árbol de caobo, lo que configura su misión y su vocación: es esta su esperanza. Mas, para confirmar y cristalizar en el futuro esta esperanza, la semilla tiene que renunciar a preservarse y dejar de permanecer en el estado inicial que la identifica en su forma y apariencia. Para que en verdad sea simiente en plenitud que origine una nueva planta y no un miembro estéril de la colección en un recipiente cualquiera, debe despojarse de su estructura y componentes en la tierra que la recibe; tiene que entregarse y dejar de ser: debe morir como semilla a fin de que el germen en su interior pueda vivir, crecer y transformarse. Este despojarse, entregar completamente el ser para el bien de la existencia de otra vida, ¿acaso no describe de una manera similar lo que conocemos en esencia como el amor caridad? En esa decisión de renuncia que verdaderamente activa y confirma el ser de la semilla para que dé vida, encontramos para nuestro útil recuerdo la inseparable vinculación entre la fe, la esperanza y la caridad reunidas en la vocación manifiesta de la simiente. No obstante, apenas esta reflexión nace de una útil y escogida metáfora didáctica, pues habría que tener presente que la plenitud real del ser humano, como resultado del don de sí amoroso, exige la consciente y libre voluntad de la entrega en la persona como donación gratuita de amor que es también dirigida a un destinatario concreto y personal. De un modo único, cercanísimo y paradigmático lo hizo Jesús al encarnar y cumplir así la voluntad del Padre para salvar a la humanidad y a cada uno de nosotros; Cristo «me amó y se entregó por mí», nos dice san Pablo con exactitud (Gálatas 2, 20). Pienso entonces cómo Jesús utilizó con la claridad más luminosa la misma imagen de la semilla para anunciar su propia y necesaria Pascua y también su Gloria: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12, 24). El anuncio es asimismo la invitación para seguir el camino que Él traza y descubrir en cada paso elegido nuestra íntima vocación tan similar a la de la semilla. Una vez más san Pablo completará la metáfora de la siembra de la semilla identificándola con la promesa de nuestra resurrección y la bienaventuranza divina (1ª Corintios 15, 35-58).

Al tocar el tema de la vocación, recurro una vez más a experiencias que me gusta rentabilizar. Con alguna frecuencia, en el contexto de las reflexiones que se suscitan en los cursos que ofrezco a los estudiantes con el fin de invitarlos a la lectura y a la literatura, singularmente a través de las imágenes de las leyendas artúricas a la luz de lo quijotesco, y asimismo en la opción de servicio con el fin de impartir las lecciones para una específica formación franciscana, casi siempre, como un corolario natural de los diálogos, llego a compartir una expresión interrogante que, en ánimo lúdico y sin pretender una originalidad, trato de favorecer una pausa de meditación para saborear el sentido y alcance de las palabras: «¿Cuál es la vocación del ser humano?», pregunto. Al responder seguidamente y de forma concisa «ser humano», sin variar la locución, pero justo deteniéndome en el verbo en el que se ha convertido el sustantivo de la interrogación precedente, aspiro a propiciar una conciencia acerca del insoslayable fin esencial que nos llama y que cada uno de nosotros, en su particularidad existencial, debe alcanzar: ser humano, ser plenamente humano, hallar la plenitud humana; plenitud que invariablemente asociamos con el bien. Sin embargo, acaso en este instante puede venir a la mente aquel viejo y tradicional aforismo sobre el «errar es de humanos», como si el cometer errores constituyese la sustancia fundamental de lo humano y que ello mismo definiría la vocación a la que me refiero, una suerte de excusa y condenación en la conformidad de la limitación. Sin embargo, lo que en verdad se nos revela con esta máxima es una tendencia al equívoco asociada a nuestra frágil condición, por lo que aquella afirmación se ve completada con otro aserto más estimulante en una de las variantes de la frase: «pero enmendar o rectificar es de sabios»; y esa enmienda sin duda está apuntando a aproximar la senda necesaria de vida, a seguir un ideal de lo que es bueno en verdad.

Pareciera claro que para lograr y a su vez mantenerse en la vocación humana individual –que al mismo tiempo comparte su manifestación en la vivencia compartida en comunidad, aún más al estar conscientes de que el ser humano «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás» (Gaudium et spes, 24)– se requiere el prudente e incesante cultivo de las facultades y potencialidades de la propia naturaleza humana que abarca lo espiritual, lo intelectual, lo sensitivo, lo biológico. Entre límites y potencias se perfila entonces la vocación humana, y para ello la virtud cardinal de la prudencia, definida en la ética cristiana con la sabiduría en acción, nos pide actuar de acuerdo a la realidad; la misma ética que se identifica con la imagen verdadera del ser humano a la que está llamada toda persona: «Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer» (Génesis 1, 27). Así, el Catecismo de la Iglesia Católica (Nº1877) nos explica con precisión quién ofrece los contornos de esta imagen de la vocación humana hacia la plenitud verdadera: Jesús, el Hijo de Dios, y Dios con el Padre (Mateo 11, 27 y Juan 10, 30; 14, 9-11). La vocación al ser pleno es intrínseca a la fe que dota el Espíritu (1ª Corintios 12, 3) y que contempla al «Yo soy» del Hijo (Juan 8, 58) consonante con la voz del Padre (Éxodo 3, 14). Esta será la convicción de Francisco de Asís, que no solo verá la vocación humana en el anuncio del mensaje evangélico del amar, sino especialmente en la forma concreta y explícita de ese amor manifiesto en la máxima donación y ofrenda de Jesucristo desde la Encarnación hasta el sacrificio de su Muerte que culminará en la plenitud de la Gloria de la Resurrección.

II

«Bienvenida sea mi hermana la muerte»

El elegido e inconmensurable anonadamiento de Jesús, el despojamiento de su condición divina para venir exclusivamente a servir y a entregarse a la humanidad desde la desposesión, la kénosis tan fascinante para il Poverello constituirá la clave de la lógica que seguirá en su andar para cumplir el mandamiento del amor desde la minoridad y en el asumir la pobreza para sí mismo que se afirma en el completo desapropio. No cesa de admirarme la diafanidad con la que Francisco de Asís comprende en su diario vivir y desde la interioridad más profunda, desde un saber que es a la vez real sabor del cuerpo –pues funde entendimiento, intuición y sensibilidad–, esta verdad que se manifiesta en la existencia y en el universo, así como en la guía de su obrar, de su sendero de peregrino vital que intenta traducir en la predicación y en sus pocos textos. Verídicamente ama a Dios «con todo el corazón y con toda el alma, con todo el espíritu, con toda tu mente y con todas las fuerzas» (Marcos 12, 30; Deuteronomio 6, 5), y este mismo amor, en el reconocimiento de la filiación al Padre Creador, lo enlaza en fraternidad amorosa y universal con todos los seres humanos sin distinción y también con cada creatura del Señor que comparte nuestra Casa Común. La composición del Cántico del hermano sol o Cántico de las creaturas (FF 263) en la última etapa de su vida se llevará a cabo en el culmen de la revelación del ser que encuentra su plenitud en el completo donarse. Y esta iluminación solo puede manifestarse en el irrefrenable celebrar esta verdad de la Creación y en el saber que se pertenece a ella, un singular y consciente estar que también supone el conocimiento y aceptación de la finitud temporal en la tierra, el habitar reconciliado que necesita expresarse para también ser posible: el canto es existencia, tal como lo formula Éloi Leclerc citando el lúcido y sugestivo verso de Rainer Maria Rilke. Y Francisco, asumiéndose él mismo como juglar de Dios junto a sus compañeros de aventura, con la imagen memorable, o mejor, casi indisociable de su vivir con la alegría que consiste en adorar y amar, canta así las maravillas de la existencia de todo lo creado, lo que en sí mismo nos muestra la bondad, verdad y belleza del existir, en sintonía afirmativa con la mirada sonriente del Padre Creador que «miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno» (Génesis 1, 31). Ello lo logra en su vivir la pobreza que ha elegido siguiendo a Jesús, en la más completa desposesión que le lleva a ver, apreciar y recibir todo como don, aun aquello que nos resulta misterioso, lo que no comprendemos e incluso nos causa temor: confía en acogerlo todo con gracia de ánimo y asimismo como gracia recibida que adquiere así un cabal sentido.

Acabo de escribir cabal sentido y siento que, aunque cierto, casi lo hago como una fórmula hecha que manifiesta una mera aceptación que no puedo soslayar, por lo que quizás debo detenerme un poco más en esta exploración. Es curioso que las últimas estrofas que completan el Cántico de las creaturas no solo fueron compuestas para responder a momentos distintos, sino que además las laudes al Señor ya no solo se concentran en apuntar a los elementos de la Creación que asombran a nuestros sentidos con el don de su existir, como el sol que nos regala su luz, su calor y esplendor; la luna con sus sugestivas fases y las crepitantes estrellas que silenciosas nos ofrecen su belleza en el cielo de la noche; el variable viento que lleva el aire en todo tiempo, el mismo que inunda el interior de nuestros cuerpos para poder respirar, inequívoca señal consciente de nuestro estar; la utilísima y fresca agua, cuyo encuentro tangible en sed y necesidad provoca goce casi inenarrable; el fuego y sus formas refulgentes y cambiantes, cálida y luminosa energía semejante a la alegría festiva; y la tierra que nos acoge y hospeda, que entrega los variados frutos que nos sostienen cuando buscamos cuidarla y cultivarla con nuestro trabajo. Como necesaria coda que nos descubre el motivo central del Cántico, en lo que podría verse como la etapa conclusiva relacionada con el vivir humano inserto en la Creación, Francisco menciona en dos de las tres estrofas finales las alabanzas al Señor precisamente por aquello que surge a partir de las experiencias del sufrimiento, de la enfermedad y de la muerte, lo que, parafraseado otra vez a Rilke, en nuestro devenir cotidiano se nos presentan con el rostro terrífico de los inevitables «dragones» de la existencia. Como humanos tan consustanciados con la vida y con el temor hacia lo que no conocemos y nos espera, sabemos que esos dragones están ahí, se aceptan sus conceptos tal vez con una postura un tanto estoica y que traga grueso; por momentos se miran con frialdad y distantes como en ajenidad. Y en el contexto de la fe, a menos que se haya tenido una real experiencia de Dios en el vivir que transforma la visión, solo resta seguir una obediente resignación ante su sentido misterioso en la promesa de la esperanza. Generalmente eludimos hablar de aquellos dragones como si con esta prevención se pudiera conjurar su encuentro y enfrentamiento, intentar lograr su postergación y lejanía en el tiempo. En nuestro natural amor propio y en el instintivo apego a la vida, particularmente la percepción del momento de la muerte se nos presenta con una opacidad quizás impenetrable –y aún más si pensamos en las muertes que son fruto de la injusticia o las absurdas y fortuitas que provocan nuestro natural rechazo y nos llevan a interrogarnos sobre por qué suceden–. Cuando centramos la mirada en nuestra situación particular y meditamos un poco sobre la muerte, admitimos su inevitabilidad a pesar de que casi siempre lo hacemos como con una conciencia exterior, como con un anticipado y forzado concepto aprendido desde afuera más que asumido en verdad, porque no hay posibilidad de una previa experimentación personal, aunque sí hayamos padecido el desgarre de una pena aguda o quizás el extraño estupor paralizante cuando fallece un ser querido o somos testigos directos de este acontecimiento en alguien del que apenas tenemos noticia. Pero esa misma perplejidad, que también viene acompañada de una consecuente tristeza y muchas veces del dolor por esa partida, tan constantes en cada vivencia, tal vez pueda cambiar su acostumbrado signo con otra luz que resplandece en lo íntimo. Aunque como humanos toda explicación definitiva al final se nos escape, ¿no podrían verse asimismo estos misterios como dones, indistinguibles en una primera mirada porque solo se ha seguido la inercia de la aflicción, la extrañeza o la inútil negación? ¿No son también dones los «valles de sombras» (cfr. salmo 23, 4)? ¿Qué pueden descubrirnos esos pasajes que se recorren durante un tiempo y nos parecen tan oscuros pues no alcanzamos a vislumbrar su fin? Rilke alude a los dragones de los mitos que en el supremo y súbito instante de la entrega generosa en la constancia de lo heroico se transforman en princesas, y así agrega con perspicacia en uno de sus consejos al joven poeta: «Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan solo eso, vernos una vez hermosos y valientes». Francisco de Asís no alcanzó a tener en principio esta claridad de visión cuando, en una veleidosa aspiración heroica y de nobleza, deseó ser caballero en su frustrada aventura que se interrumpió en Spoleto hacia el verano de 1205, punto de inflexión que inició su proceso de conversión para convertirse en el santo de la fraternidad universal que conocemos. Casi concluyendo su vida, unos veinte años después de aquel episodio y tras un intenso peregrinaje no exentos de graves dolencias y enfermedades, Francisco justamente nos descubre y nos comparte, en su confiada experiencia de «dejar que Dios sea Dios», la iluminación de su Cántico final; apreciamos cómo acoge con inspirada naturalidad a los dragones infaltables como dones que suscitan su alabanza y gratitud: el ser logra revestir su alma de hermosura y de valor para recibir con sorprendente calidez a «nuestra hermana  / la muerte corporal, / de la cual ningún hombre / viviente puedes escapar». El entrañable título fraterno dirigido a la muerte no deja duda de su afirmación en entrega al todo, con su misterio y con su extraña y paradójica compleja simplicidad cuando contrasta lo viviente, y que así se reconoce como gracia, porque Jesús en su generosísima vía kenótica (Filipenses 2,6-8) también murió en la cruz y asimismo venció a la muerte con la resurrección y la transformó para nosotros mediante la promesa cierta de la plenitud de la vida gloriosa.

La Leyenda de Perusa, igualmente conocida como Compilación de Asís y compuesta antes de 1246, nos cuenta sobre Francisco que, en aquel otoño de 1226, cuando yacía enfermo y era atendido en el palacio episcopal de Asís por un médico amigo natural de Arezzo, exclamó «con gozo inmenso interior y exterior» al momento de recibir el informe del diagnóstico de su padecimiento incurable: «Bienvenida sea mi hermana la muerte». El mismo texto biográfico relata cómo il Poverello, «para confortar su espíritu y para evitar que decayera su ánimo por las muchas y diversas dolencias», con frecuencia invitaba a sus compañeros a entonar el Cántico del hermano sol, expresión de su intensa alegría, para entonces inconcebible al prinicipio en la congoja de los más cercanos y asimismo para el confundido fray Elías, vicario general de la orden. Por ello además le dice al médico que lo atendía: «yo no soy un cobarde que teme a la muerte. El Señor, por su gracia y misericordia, me ha unido tan estrechamente a Él, que me siento tan feliz para vivir como para morir» (Leyenda de Perusa, 99-100; FF 1638). Creo que es importante advertir este hecho en el que Francisco tuvo la dichosa gracia de conocer la inminencia de su partida de este mundo, pues le permitió prepararse humana y espiritualmente en sus últimos momentos, tanto en el vivir como en el morir según leemos en la valiosa fuente de la Leyenda perusina. ¿Cómo podríamos entender esos pasos felices de su peregrinaje hacia el final destino terrestre?

III

Los relatos sobre el tránsito de Francisco de Asís

Con sutileza fray Pietro Maranesi, en su libro La via di frate Francesco. Gli ultimi tre anni della vita del santo: introduzione ai centenari francescani (2023), distingue entre las fuentes biografías fundamentales sobre el santo dos perspectivas diferentes que nos muestran cómo Francisco fue al encuentro con la «hermana muerte». Por un lado, la Leyenda de Perusa, florilegio de textos que recogen los testimonios de sus compañeros más constantes («Nosotros que hemos vivido con el bienaventurado Francisco y hemos escrito estas cosas sobre él, damos testimonio…», es una frase que podemos leer en el fragmento 14), presenta quizás una visión más cercana y humana sobre lo que podría considerarse como «la muerte de un hombre cristiano» al describir detalles que revelan una mayor espontaneidad y también un gusto y amor por la vida, así como la memoria de lo que ella ha ofrecido. Por otro lado, las reconocidas como biografías oficiales, es decir, la primera Vida de Tommaso da Celano, encargada por el Papa Gregorio IX en 1229 poco después de la canonización de Francisco, y particularmente la Leyenda Mayor, concluida hacia 1263 por san Buenaventura y que se convirtió en el definitivo texto conciliatorio para establecer una observancia común de la Regla y cesaran así las tensiones internas de entonces en la Orden de los Hermanos Menores, dibujan con sumo cuidado la imagen de un hombre que se encuentra al borde de la perfección, un héroe cristiano liberado de toda atadura carnal y terrenal, lanzado ya a la beatitud en la preparación de la partida definitiva buscando emular en su propia escala las etapas de la Pascua de Jesús crucificado; en síntesis, intentan mostrar «la muerte de un santo cristiforme». Creo que el contraste de los textos que nos lega la tradición nos permite pensar los diversos sentidos de interpretación que ambas miradas resaltan, así como su complementariedad: nos aproximan ciertamente a esos pasos tan humanos de la vocación individual de Francisco que aspira a seguir las huellas de su amado Jesucristo y que lo convierten en un modelo ideal concentrado en lo espiritual, pero, además, apreciamos al mismo Poverello enamorado de Cristo, pero que aspira hasta el final estar en un real y concreto sentir fraterno que necesariamente se impregna de vida terrena junto a los amigos y compañeros de peregrinaje.

En la lectura de la Leyenda de Perusa (5, 7-8, 12-13; FF 1546-1548, 1555, 1558), revisando apenas los pasajes que aparecen en la narración de la estancia de nuestro personaje enfermo en el palacio del obispo Guido de Asís, encontramos aludidas tanto una comprensible inclinación al decaimiento por parte de Francisco debido a las dolencias físicas y espirituales acumuladas, como la necesidad de darse ánimo y asimismo tratar de confortar el natural pesar y preocupación de sus queridos compañeros de aventura en la sequela Christi, quienes ya presentían la inminente muerte de su padre espiritual. Sin duda, el contagiante gozo de las alabanzas por la fraternidad de la Creación expresadas en el Cántico –incluyendo las últimas dedicadas no solo a la «hermana muerte», sino también a aquellos que sufren y los que construyen la paz y perdonan por amor– brindarían un particular consuelo. Pero creo que hay algo más. Siempre tengo presente lo que Josef Pieper señala sobre el consuelo y cómo puede pensarse su significado en lo que podría ser una tácita definición que va más allá de la manifestación perceptible o inmediata: es una alegría silenciosa, la más íntima que en verdad significa un a la vida, la implícita afirmación de la existencia. A pesar de sufrir el dolor, en particular el de una pérdida, oportunamente recibimos ese callado abrazo fraterno y a la vez consolador y pensamos: con este sincero afecto y a través de él «la vida vale la pena». Aunque la frase suele ser vista como un lugar común demasiado repetido, su formulación completa jamás se desgasta: es veraz en cada palabra, pues consiste en un saber interior que solemos manifestar en cada momento que asoma su particular dureza, una convicción que es casi como un pequeño reflejo de la sonrisa de Dios Padre en el Génesis cuando contempló lo que había creado y «vio que era muy bueno».

En Francisco igualmente resulta llamativo el detalle de las despedidas que ratifican el afecto fraterno mediante el obsequio de una atención dedicada con el sentido adiós humano de la separación, a la vez que sugieren una como recapitulación personal de las andanzas iniciales de su seguimiento de Jesús, como cuando pocos meses antes dictó el Testamento (FF 110-131) para sus seguidores y menciona con precisión aquello que cambió su existencia para optar definitivamente por el Evangelio: el Señor lo condujo a practicar la misericordia y ternura con los leprosos, y esa libre expresión de amor fraterno hacia los más excluidos produjo su total conversión, pues lo que antes le parecía amargo se tornó en dulzura del cuerpo y del alma. Así, conociendo que su partida de este mundo estaba muy próxima, Francisco prefiere dejar el palacio episcopal, que ya le resultaría incompatible –y por ende incómodo, podríamos inferir– para la escogida pobreza de su forma de vida, y procede a volver a la vecindad de Santa María de la Porciúncula, el amado y pequeño espacio donde se inició el movimiento expansivo de la fraternidad minorítica. En el sendero que desciende al valle desde la colina donde se ubica Asís, sus compañeros lo llevan hacia su destino en camilla debido a la intensa debilidad que consumía su cuerpo y por unos instantes se detienen al frente de uno de los leprosarios objeto de su primer trabajo de cuidado y entrega amorosa, San Salvatore delle Pareti. Desde allí Francisco, incorporándose un poco del lecho portátil, dirige el rostro casi ciego a su querida ciudad natal para despedirse, dedicarle una plegaria y una especial bendición. Asimismo, ya en el pobrísimo convento de pequeñas chozas que agrupaba a sus frailes junto a la capillita de Santa María de los Ángeles de la Porciúncula, recuerda al primero de sus amigos que lo siguió en 1208 en la extraordinaria aventura evangélica, el caballero y noble doctor Bernardo de Quintavalle, con quien además desea compartir un rico dulce que tanto le gustaba y del que haré mención más adelante. Lo manda a llamar entonces para bendecirlo y en el encuentro ocurre lo que podríamos considerar uno de esos involuntarios y graciosos chascos o chistes que de pronto suceden en momentos muy serios para hacernos sonreír: debido a la enfermedad de los ojos, Francisco no podía ver a Bernardo y así extiende su mano para palpar su cabeza, pero en vez de ello tocó la del hermano Gil que estaba a su lado. De inmediato Francisco se percató de su equivocación y exclamó «Esta no es la cabeza del hermano Bernardo», por lo que insistió de nuevo en querer bendecir al primogénito de los Hermanos Menores, lo que finalmente logró y con quien pudo conversar un rato.

También a Clara de Asís, su queridísima y entrañable «plantita» y hermanita espiritual, la primera mujer que lo siguió en su ruta de la fidelidad a la pobreza evangélica, anhelaba poder enviarle unas palabras de consuelo, bendición y despedida, y así dictó un mensaje que hizo llegar con uno de los hermanos al Convento de San Damián donde vivía en clausura con su comunidad de las Hermanas pobres: «Ve y lleva este escrito a la señora Clara. Le dirás que no sufra ni esté triste, porque no pueda verme ahora; pero que esté segura de que, antes de su muerte, ella y sus hermanas me verán y les proporcionaré un gran consuelo». Y así ocurrió. A la mañana siguiente de morir Francisco, su cuerpo fue llevado en procesión por todo el pueblo de Asís, entre himnos y alabanzas, hasta San Damián, donde Clara y las demás hermanas pudieron llorarlo de cerca y darle su adiós.

Así fueron las despedidas de quienes podríamos considerar los representantes más queridos de las órdenes franciscanas primera y segunda. Pero, asimismo, la que más tarde será conocida como la tercera orden, la conformada por los seglares, tuvo como protagonista de un episodio singular a Jacopa dei Sette Sogli (también conocida como Settesoli), a quien Francisco llamaba con cariño y amistad «frate Jacopa» o «fray Jacoba», un curioso y excepcional mote privilegiado de cercanía al Poverello para esta dama noble que tanto apoyó el movimiento de los Hermanos Menores en Roma. Francisco, desprovisto de toda posesión, quería informarle acerca de su estado final y además solicitarle dos peculiares favores. El primer favor consistía en que le enviara un «paño monástico de color ceniza» con la que sus hermanos podrían confeccionar una túnica para la mortaja en el acto de su entierro, luego de que ocurriera su fallecimiento; el segundo favor estaba pensado para complacer su paladar en el tiempo que le restaba de vida: que Jacoba le preparara unos mostaccioli, sus dulces favoritos, especie de galletas que se hacen «con almendras, azúcar o miel y otros ingredientes». ¡Qué curioso, pequeño y tierno gusto con el que quería consentirse el propio hermano Francisco en víspera de su tránsito al Señor y que pide a una seguidora tan cercana a su corazón! Aquel Francisco que practicara el ayuno en cinco cuaresmas al año –más de 200 días, si incluimos otras importantes fechas– al final de su vida pide perdón a su cuerpo, el «hermano asno» que soportaba sus sacrificios y tantos dolores y penas, y acepta agradarlo con este halago tan especial. Así, sus compañeros prepararon la carta para fray Jacoba (FF 253-255) y, cuando pensaban enviarla a Roma, la gentil dama, inspirada antes por el Espíritu Santo, ya estaba en la entrada del espacio del convento anhelando tener el consuelo de despedirse de Francisco; previendo lo inevitable, precisamente había traído el paño que había solicitado el enfermo, además de unas velas e incienso, y asimismo los componentes de los mostaccioli. Y continúa contando la Leyenda cómo la amiga romana preparó el manjar que tanto apreciaba Francisco. «Pero él comió poco, porque su cuerpo iba desfalleciendo cada día más a causa de su gravísima enfermedad y acercándose a la muerte (…) Y sucedió que, según la voluntad de Dios, dentro de la misma semana en que vino la señora Jacoba, el bienaventurado Francisco pasó al Señor».

«El hombre fraternal es siempre un testimonio del Padre. Quien le ve, ve al Padre», escribe Éloi Leclerc al narrar un muy doloroso episodio de la muerte de un fraile en el tren de prisioneros que salía en abril de 1945 del campo de concentración nazi de Buchenwald, suceso que lo llevó a él y a sus compañeros frailes franciscanos también cautivos en el mismo vagón, en un espontáneo gesto solo explicable en la entrega de la fe, a elevar a viva voz el Cántico del hermano sol. Y Leclerc trata de explicar aquello que no puede comprenderse ni expresarse del todo, y nos habla de que en «la noche del alma», en los momentos de dolor y oscuridad, de sufrimiento y angustia, la manifestación de paciencia y cuidado, de amor y amistad hacia al otro tiene un valor tan inapreciable, que se convierte en un rayo de luz que como milagro ilumina nuestra fragilidad en la penuria o en la miseria: «Vuelve a darnos un rostro, nos recrea. De repente volvemos a saber que somos hombres». Y podemos agregar en esta conciencia que somos creaturas amadas del Padre y que abrimos nuevamente los ojos limpios para celebrar cada detalle de las maravillas de la Creación y cómo los seres humanos de buena voluntad las contemplan e intentan cuidarlas. Aquel sorprendente hecho que recoge en el posfacio de su libro El cántico de las criaturas (1970), Éloi Leclerc ni siquiera se atreve a compararlo con la experiencia del Poverello; apenas intenta rescatar la necesaria reflexión sobre la construcción de la fraternidad aun en los tiempos sombríos. Recordemos además que, después de su misión pública cumpliendo la voluntad del Padre y anunciando la Buena Nueva, también Jesús vivió la más intensa agonía en la noche de Getsemaní, víspera de la Pasión. En este sentido, las expresiones fraternas que recogen las anécdotas alrededor del tránsito de Francisco de Asís, tan llenas de vida, amistad y sabor me llevan a relacionar ciertos elementos con algunos rasgos que pueden distinguirse en los llamados signos que san Juan destaca en su Evangelio y que mostraron la gloria de Jesús y lo descubren como el Hijo de Dios. De esta forma, más allá del sentido teológico de cada prodigio, la mirada humana que está presente en la delicada atención, en la consideración amorosa y en la compasión de Jesús completa cada suceso: el transformar el agua en vino magnífico durante la celebración de las bodas de Caná; las singulares curaciones en Cafarnaúm y Jerusalén para que los sanados pudieran incorporarse a la vida cotidiana; la multiplicación de los panes y los peces para atender la necesidad de alimento de una multitud; el caminar sobre el mar de Galilea para reencontrarse con los apóstoles; la curación del ciego de nacimiento para que al fin pudiera ver las maravillas de la Creación y al mismo Mesías anunciado e Hijo de Dios; la resurrección de Lázaro, el querido y llorado amigo a quien devolvió a esta vida y con ello anunciar la de la plenitud y trascendencia futura. Cada uno de estos hechos milagrosos que suscitan alegría están llenos de interés y esmero por la vida humana. Gracias a la Encarnación, Jesús, nuestro hermano mayor que nos muestra al Padre y que siguió la ruta de la pasión y la cruz en su amor por cada uno de nosotros, busca asimismo los detalles que avivan justamente el cultivo del trato fraterno aquí en este mundo que compartió con su humanidad. Pienso en este instante en algunos versos que he seleccionado de un poema de Jorge Luis Borges que lleva por título «Juan I, 14» y que pertenece al libro Elogio de la sombra, (1969):

Yo que soy el Es, el Fue y el Será,
vuelvo a condescender al lenguaje,
que es tiempo sucesivo y emblema.
Quien juega con un niño juega con algo
cercano y misterioso;
yo quise jugar con Mis hijos.
Estuve entre ellos con asombro y ternura.

(…)

Fui amado, comprendido, alabado y pendí de una cruz.

(…)

A veces pienso con nostalgia

en el olor de esa carpintería.

La cercanía amorosa de Jesús, la Palabra de Dios que puso su morada entre nosotros y ese último verso sobre «el olor de esa carpintería» que nos transporta a su casa en Nazaret viviendo con María y José –la Sagrada Familia que la habita–, así como a sentir en la memoria olfativa ese aroma tan intenso y peculiar que sugiere trabajo manual y madera, pertenencia a la comunidad y también el transcurso de la jornada laboral por el que pasaría cualquier hombre, creo que se emparentan con aquellos gustosos mostaccioli preparados por fray Jacopa y las tiernas despedidas de Bernardo y Clara que evocaron los años en Asís, la amistad y las andanzas por los caminos anunciando la «novitas franciscana» sobre la conversión y el amor fraterno. En tales imágenes se encuentran unidas de forma estrecha la fraternidad y lo cotidianamente humano, un estar allí en la vida. Creo que ello nos reenvía una vez más a tantos pasajes del Evangelio, y en particular a la descripción del juicio final que compendia las obras del amor y además subraya la concreta atención especial a los necesitados de alimento, de agua, de un techo que hospede, de vestido, de visita y consuelo (Mateo 25, 31-46). Francisco de Asís, en su continua prédica, recoge con claridad esta preocupación trascendente para invitar a la fraternidad de todos, a cumplir la voluntad de Dios Padre y a confiar en su misericordia, a prepararse antes de que llegue la ineludible «hermana muerte». Y sobre esta última advertía la necesidad del cambio de actitud y de vida para salvar el alma. Así lo recuerda explícitamente en las dos redacciones de su Carta a los fieles (FF 178 y 179-206) y en la estrofa específica de su Cántico del hermano sol, cuyo verso final alude una vez más al examen que tendremos en la vida futura y que se lee en la Escritura (Apocalipsis 20, 14-15; 21, 8) cuando nos preguntarán sobre la fidelidad en el amor:

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

¡Ay de aquellos que mueren en pecado mortal!
¡Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal!

San Buenaventura, en su Leyenda Mayor (XIV; FF 1239-1243) que toma como base la Vida primera escrita por Tommaso da Celano (VIII, 109-110; FF 509-512), busca continuar en esta ruta que requiere mirar nuestra vocación humana de trascendencia hacia Dios. Nos narra así las etapas finales del tránsito de Francisco en la sede de la fraternidad, a muy pocos metros de la capillita de la Porciúncula. Cada aspecto que escoge describir lo hace de un modo quizás más solemne, por así decirlo, pues parecen conformar una especie de paraliturgia y un como ágape espiritual con tres pasos significativos en la que Francisco, fiel a la desposesión y a la kénosis en su seguimiento de Jesús pobre y crucificado, entrega su ser íntegro al Señor. Francisco sabe que llega su hora final y en la plena confianza en la misericordia del Señor y apoyado en el amor de sus hermanos, extremando aún más su amor a la virtud que lo identifica, la «señora santa pobreza», il Poverello renuncia a su sencillísimo y remendado hábito de sayal, se despoja de él para así acostarse desnudo y sin nada propio en el suelo de tierra, como queriendo ya confundirse con ella, en el polvo y la ceniza, en la asunción del destino del cuerpo humano y así, con sus ojos dirigidos al cielo y la mano izquierda sobre el estigma de su costado derecho, dar su alma completamente libre de lazos en las manos de Dios Padre. Aún más, Francisco agregó encarecidamente que cuando muriera lo dejaran yacer desnudo en la tierra por un breve tiempo antes de proceder al entierro. Su hermano custodio le pide entonces que, por santa obediencia, utilice como solo un préstamo vestir el hábito de sayal de otro hermano, de forma que pudiera permanecer fiel y feliz en el amor a la santa pobreza. Seguidamente, faltando poco para su partida, pide que se reúnan en torno a él a todos los hermanos presentes, los consuela, los bendice y aconseja que permanezcan en el amor de Dios y la Santa Madre Iglesia, encomendándolos finalmente a la gracia del Señor. Entonces, queriendo replicar la despedida de Jesús de los apóstoles a quien con su inmenso amor llamó «amigos», y cómo preparándose para la Pascua, Francisco solicita que se lea en voz alta el capítulo 13 del Evangelio de san Juan, el mismo que relata el aleccionador lavatorio de los pies y nos anuncia el mandamiento del amor. A continuación, recitó el salmo 141 en que el que el rey David grita y pone su absoluta confianza en el Señor: «Tú eres mi refugio y mi lote en el país de la vida». Y escribe san Buenaventura: «Cumplidos, por fin, en Francisco todos los misterios, liberada su alma santísima de las ataduras de la carne y sumergida en el abismo de la divina claridad, se durmió en el Señor este varón bienaventurado». Ello acaeció al atardecer del sábado 3 de octubre de 1226.

San Pablo nos instruye con exactitud: «Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con él» (1ª Tesalonicenses 4, 14). Por ello celebramos el tránsito de Francisco de Asís a la morada del Padre y comprendemos entonces el sentido de «nuestra hermana la muerte corporal» si buscamos mantenernos en el camino de la vida en la adoración a Dios uno y trino y consecuentemente en la construcción de la fraternidad. Muy posiblemente ignoramos cuándo nos visitará esta singular hermana. Entonces se me ocurre glosar con un sentido aún más cristiano una frase de Michel de Montaigne. El ensayista francés del Renacimiento pensaba que filosofar es prepararse para morir bien, lo cual es equivalente a vivir bien, esto es, que en el cultivo del amor se trabaje tanto como se pueda, y que cuando la muerte arribe nos encuentre sin temor en la labor de siembra y todavía más en nuestro jardín imperfecto que nunca termina de completarse. Una vez más la estrofa que prepara Francisco de Asís para cerrar el Cántico del hermano sol resume una propuesta más exacta y que invita al servicio amoroso:

¡Alabad y bendecid a mi Señor,

y dadle gracias y servirle con gran humildad!

Estas cuatro acciones, inseparables entre sí para un seguidor de Cristo, a su vez constituyen las bases que se traducen en una real atención al prójimo para cimentar un mundo más fraterno, así como los elementos del motor que nos activa en la búsqueda de la verdadera paz. San Buenaventura recuerda en la misma Leyenda Mayor cómo il Poverello exhortaba a sus hermanos con estas palabras a continuar la misión del Evangelio: «Comencemos, hermanos, a servir al Señor nuestro Dios, porque bien poco es lo que hasta ahora hemos progresado».

Cristian Álvarez

Doctor en Letras por la Universidad Simón Bolívar (USB) de Caracas, Venezuela, es Profesor Titular en la misma universidad. En la USB fue Decano de Estudios Generales, Jefe del Departamento de Lengua y Literatura, Director de la Editorial Equinoccio y Coordinador fundador de la Licenciatura en Estudios y Artes Liberales. Ha publicado los libros Ramos Sucre y la Edad Media (1990; 1992); Salir a la realidad: un legado quijotesco (1999); La «varia lección» de Mariano Picón-Salas: la conciencia como primera libertad (2003; 2011; 2021); ¿Repensar (en) la Universidad Simón Bolívar? (2005); y Diálogo y comprensión: textos para la universidad (2006). Para Monte Ávila Latinoamericana, preparó la edición de las Biblioteca Mariano Picón-Salas, que consta de doce volúmenes, de los cuales fueron publicados seis. Junto a su esposa Sandra López, pertenece a la Orden Franciscana Seglar en la Fraternidad La Chinquinquirá de Caracas.