Fe, teología y moral en el aniversario de León XIV
Balance de su primer año de ministerio petrino en la verdad, la justicia social y el bien común universal
Estamos celebrando el primer aniversario del ministerio petrino de nuestro querido León XIV en medio de la fe, del amor y la esperanza de los pueblos e iglesias frente a polarizaciones, males, injusticias, fundamentalismos, integrismos, relativismos, ideologizaciones y tergiversaciones de la misma fe. El papa ha indicado la trascendencia e importancia de una educación y formación integral “capaces de leer los tiempos, de custodiar la unidad entre la fe y la razón, entre el pensamiento y la vida, entre el conocimiento y la justicia. Han sido, en la tormenta, un ancla de salvación; y en la bonanza, una vela desplegada. Un faro en la noche para guiar la navegación” (DNME 1).
De esta forma, siguiendo la Tradición y magisterio con los anteriores papas, en un reciente Discurso León XIV muestra la amenaza de negar “la existencia misma de la verdad objetiva” (Sala del Consistorio, 11-05-2026). En este sentido, el papa subraya esta unidad en la fe, en la verdad y moral, el amor fraterno universal y la justicia con los pobres de la tierra. Tal como nos revela y se encarna Dios en Jesucristo con su Reino de salvación liberadora e integral (cf. INF 1-2), en la línea de los otros papas como, por ejemplo, Benedicto XVI en DCE o CIV y Francisco con LS o FT. “Fe, culto y ethos se compenetran recíprocamente como una sola realidad, que se configura en el encuentro con el agapé de Dios” (DCE 14).
Como observamos, la fe, la moral y toda esta constitutiva doctrina social de la iglesia (DSI) guía a la verdadera teología y pastoral (praxis) inspirada en dicha fe, como la trasmite la Tradición y enseña el magisterio de la iglesia con dichos papas. De ahí que, siguiendo a Jesús, el orden de la fe y de la caridad (amor) con esta moral siempre unida a la DSI, como ya apunta el Vaticano II, promueve la espiritualidad, la cultura y ética samaritana: con la civilización del amor y el bien común más universal, que abarca e incluye universal, real y concretamente a todos los seres humanos, a la entera la familia humana, a cada persona (cf. DC 15, CIV 7 y FT 62); con esa prioridad del amor misericordioso y compasivo ante el sufrimiento y mal e injusticia que padece la humanidad, los pueblos, las victimas y los últimos como se efectúa en la opción preferencial con los pobres. Frente a todo localismo y nacionalismo excluyente, contra los corporativismos e individualismos insolidarios.
Así nos lo enseña toda esta Tradición y verdad de la fe e iglesia, con su moral y DSI. Por ejemplo, Santo Tomás de Aquino que nos indica esta real caridad más amplia o universal y que el bien común de suyo es difusivo: se ha de extender por toda la realidad; refirmando la prioridad de las necesidades de los pueblos, de los pobres y del destino universal de los bienes, por encima de la propiedad y de la injusticia de la riqueza-ser rico (Cf. S. Th. II-II, q. 66, a. 7; Vita, 36), o del mismo san Agustín con su teología de la historia. Al respecto, Benedicto XVI enseña que “la acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras” (CIV 7).
En esta dirección, como se puede ver, las cuestiones morales y sociales son mundiales, se han globalizado, especialmente en nuestra época que hace aún más necesaria e imprescindible toda esta civilización del amor y el bien común mas universal, la esencial caridad política. La solidaridad y justicia social e internacional con toda la humanidad en dicha opción preferencial por los pobres, por los trabajadores, los hermanos migrantes o refugiados, los pueblos indígenas, los movimientos populares que buscan las 3 T, tierrra, techo y trabajo, etc. Tal como ha sido puesto de relieve ya en el magisterio y DSI de San Juan XIII con el Vaticano II, especialmente, en la enseñanza sobre el desarrollo humano integral de San Pablo VI (PP), de San Juan Pablo II (SRS) unido a su mensaje sobre el trabajo humano (LE) y Benedicto XVI (CIV). Y que ha sido continuado por Francisco con la ecología integral en LS, QA o FT con su fraternidad universal. Y, actualmente, por León XIV en DT, que en esta importante enseñanza resalta como “la caridad es una fuerza que cambia la realidad, una auténtica potencia histórica de cambio. Es la fuente a la que debe hacer referencia todo compromiso para «resolver las causas estructurales de la pobreza…..El amor cristiano supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra en los rincones más ocultos. Por su naturaleza, el amor cristiano es profético, no tiene límites” (DT 91 y 120).
De suyo, pues, la verdad de la fe y la moral con la DSI transmite la ley natural-divina, la naturaleza humana con su antropología integral, que promueve estos valores y principios irrenunciables, innegociables para orientar e iluminar toda la realidad humana, social e histórica. La sagrada e inviolable vida y dignidad de toda persona, de los pobres y de las victimas, en todas sus fases desde la concepción hasta la muerte natural: del niño no nacido; de ese real amor fiel de un hombre con una mujer que es fecundo y se abre a la vida con los hijos, que conforma el matrimonio-familia, del anciano, del trabajador…
Como afirma en otro memorable Discurso León XXIV, “procurar la paz exige practicar la justicia. Como ya he tenido modo de señalar, he elegido mi nombre pensando principalmente en León XIII, el Papa de la primera gran encíclica social, la Rerum novarum. En el cambio de época que estamos viviendo, la fe e iglesia no puede eximirse de hacer sentir su propia voz ante los numerosos desequilibrios y las injusticias que conducen, entre otras cosas, a condiciones indignas de trabajo y a sociedades cada vez más fragmentadas y conflictivas. Es necesario, además, esforzarse por remediar las desigualdades globales, que trazan surcos profundos de opulencia e indigencia entre continentes, países e, incluso, dentro de las mismas sociedades.
Es la tarea y responsabilidad aplicarse para construir sociedades civiles armónicas y pacíficas. Esto puede realizarse sobre todo invirtiendo en la familia, fundada sobre la unión estable entre el hombre y la mujer, «bien pequeña, es cierto, pero verdadera sociedad y más antigua que cualquiera otra». Además, nadie puede eximirse de favorecer contextos en los que se tutele la dignidad de cada persona, especialmente de aquellas más frágiles e indefensas, desde el niño por nacer hasta el anciano, desde el enfermo al desocupado, sean estos ciudadanos o inmigrantes” (Sala Clementina , 16-05-205).

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