Las revoluciones del siglo XXI
De los desafíos de la inteligencia artificial y la bioética a la confianza y la esperanza en Dios ante los grandes retos de nuestro tiempo
El siglo XIX es conocido como el siglo de las revoluciones. Si no hubiese existido un liberalismo, que se extralimitó tanto en la libertad, que llegó a una explotación extrema de los obreros, posiblemente no habría surgido el marxismo revolucionario.
El siglo XXI, pero, también está muy relacionado con las revoluciones. En efecto: sucede al siglo de las guerras mundiales, que usó la bomba atómica. El Concilio Vaticano II alertó de la posibilidad de guerras nucleares. Casi entrado el siglo XXI el Papa Juan Pablo II afirmó que Dios acababa de librarnos de una tercera guerra mundial. El Papa Francisco afirmó que nos encontramos en medio de una guerra mundial a pedazos. Señaló también que estamos ante un gran reto ecológico, ya que hemos sido muy irresponsables con la Tierra. La pandemia del COVID, fuera o no producida por un virus de laboratorio, puso encima del tapete la posibilidad de una revolución biológica: alteración, totalmente al margen de la ética, del material genético -sin excluir ni siquiera el del ser humano-, … Puede hablarse así mismo de la revolución informática y de la revolución de la inteligencia artificial. Ya alertó el Papa Benedicto XVI, ante el gran avance científico y tecnológico, que pueden seguirse muchas revoluciones de la separación entre ciencia y ética, posibilitada por una errónea concepción de la libertad de investigación. Puede concluirse que la humanidad tiene ante sí grandes retos, de los que hemos de ser conscientes.
Un gran avance, la inteligencia artificial, no es capaz de darse cuenta de sus contenidos, no tiene consciencia, no tiene corazón, no tiene libertad. Sus productos son el mero resultado de combinaciones algorítmicas. Una inteligencia artificial hace únicamente, y necesariamente, aquello para lo que ha sido programada, sea lo que sea, sea acertado o erróneo, bueno o malo, angélico o diabólico. En este sentido es comparable a un autómata fortísimo que cumple inflexiblemente todas las órdenes. Se entiende pues que el Papa León XIV haya dicho que se ha de desarmar a la inteligencia artificial.
Ante retos tan grandes nos sentimos muy pequeños. Ahora bien, el pequeño busca la mano del fuerte, para ser ayudado. Estos grandes retos, pues, piden a gritos la religión, acudir al omnipotente, para poder resolverlos.
Somos criaturas de Dios, protegidos del Padre. Nadie nos quiere tanto como Él. Dios nos ama con amor infinito. Dios tiene designios de misericordia. Al avance inflexiblemente inmisericorde solo puede ponerle límites la misericordia divina. Dios permite el mal, pero no lo permitiría si del mal no pudiera salir el bien. Todo es para el bien de los que aman a Dios. Hay pues que confiar en Dios. En toda circunstancia el ser humano vive plenamente su ideal si lo que hace es amar a Dios. En el amor y en la confianza en Dios está nuestro canto, nuestra paz y nuestro gozo. En suma, los retos son grandes, pero Dios aún es mucho más grande, Dios tiene el mundo en sus manos. Dios nunca pierde batallas. Siempre, pues, hemos de ser optimistas. El Señor es mi fuerza, el Señor es mi canto. Él ha sido mi salvación. En Él confío y no tengo miedo, en Él confío y no tengo miedo.

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