El día que decidimos invitar a cenar a nuestros muertos
O cómo el 2 de noviembre es, en realidad, el recordatorio perfecto de que el cementerio no es un final de trayecto, sino una sala de espera con vistas al cielo
¿Sabes qué me pasa siempre al entrar en una librería? Que miro las novedades y pienso: «Oye, ¿cuándo sacarán un manual de instrucciones para lidiar con la muerte que no parezca escrito por un contable deprimido o por un gurú de la autoayuda que cobra por hora?». Nos pasamos la vida intentando disimular el tema. Compramos cremas antiarrugas con la fe con la que los alquimistas buscaban la piedra filosofal, y actuamos como si la eternidad fuera un invento comercial de las agencias de viajes.
Y de repente, llega el 2 de noviembre.
La Iglesia católica, que de esto sabe un rato largo porque lleva dos milenios mirando a los ojos a la historia sin pestañear, nos coloca en medio del calendario una jornada entera dedicada a los difuntos. Y ojo, no lo hace para ponernos nostálgicos con una mantita y un bol de palomitas, ni para ir a los cementerios a competir con el vecino a ver quién lleva el ramo de crisantemos más pomposo. ¡Qué va! La cosa va de otra película mucho más interesante.
Mira al Catecismo de la Iglesia Católica y a la rica tradición de los santos: rezar por los que ya se han marchado es, sencillamente, el acto de amor más desinteresado que existe. Porque, seamos sinceros, ¿qué esperas a cambio de un abuelo al que ya no le puedes pedir dinero ni de un amigo que ya no te va a devolver el mechero? Nada. Absolutamente nada material. Es puro afecto en alta mar.
Hazte una pregunta al hilo de esto, colega: cuando vas al camposanto, ¿vas de visita obligada como quien ficha en el trabajo un lunes a las ocho de la mañana, o vas con la secreta esperanza de que ese ratito sirva para echarle una mano a alguien que está en el taller de chapa y pintura celestial preparándose para el gran estreno?
Porque de eso trata la famosa y a veces mal entendida comunión de los santos. No es una entelequia teológica para aprobar un examen de teología dogmática; es una familia gigante donde los de aquí abajo y los de allá arriba seguimos pasándonos el balón. Ellos ya van ganando el partido, pero oye, un empujoncito con nuestras oraciones nunca viene mal para limpiar las últimas manchas de barro antes de entrar al salón VIP.
Y aquí es donde entra el humor, porque si Dios nos hizo a su imagen y semejanza, y el sentido del humor es la prueba de que nos regaló una inteligencia que sabe reírse de sus propias miserias, imagínate cómo se lo pasan los santos en el cielo viendo nuestros agobios terrenales. Seguro que tu abuela, desde arriba, te mira cada vez que te quejas por una cola en el supermercado y piensa: «Ay, hijo mío, con los sofocones que te coges por tonterías, y lo poco que te acuerdas de rezar un ratito por mí en vez de gastar el tiempo en cotilleos».
Párate un segundo a pensar en esto: si hoy mismo te llamaran de arriba para hacer las maletas, ¿cómo tienes el equipaje? ¿Lleno de rencores guardados como ropa vieja que ya no te vale, o ligero de equipaje gracias al perdón y a la confesión? Examen de conciencia exprés, sí, pero de los que quitan el hipo.
Por eso el Día de los Fieles Difuntos no es una lápida pesada sobre nuestras cabezas. Es un billete de ida hacia la esperanza más radical. Nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra, por mucho que nos empeñemos en maquillarla con eufemismos modernos. Los católicos no barrimos los recuerdos bajo la alfombra ni celebramos Halloween disfrazados de zombis tristes; nosotros ponemos velas que iluminan la oscuridad y decimos nombres propios en voz alta, sabiendo que para Dios nadie es un número de expediente.
Así que la próxima vez que pises el cementerio, no vayas con paso encogido. Ve como quien va a saludar a unos tíos lejanos que viven en una mansión estupenda, solo que ellos van por delante en el camino. Pon una vela, reza un padrenuestro con ganas —sin prisas, como quien charla tomando un café— y sonríe. Al fin y al cabo, saber que nos espera un reencuentro definitivo es la única forma sensata de tomarnos la vida con humor y de vivir con el alma bien despierta.

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