La Virgen de Cocharcas
La odisea de fe del "Quimichu" y la devoción histórica en el segundo santuario mariano de los Andes
Fiesta de la Natividad de la Virgen María, romería y fiesta en muchos santuarios del orbe. La Virgen de Cocharcas, patrona de mi diócesis de Abancay, se venera en el segundo santuario dedicado a la Madre de Dios en los Andes. El primero fue el de Copacabana en el alto Perú (hoy Bolivia) junto al lago Titicaca. Era el año 1583. Quince años después (1598), el devoto Sebastián Asto Huaraca, el “Quimichu” (“portador” en la lengua de los Incas) trajo a Cocharcas una réplica de esa imagen esculpida en madera de maguey por el mismo autor, el indígena Tito Yupanqui. La historia, manuscrita por el párroco de Cocharcas en 1625, es encantadora.
El joven Sebastián jugaba con sus compañeros en la noche de san Pedro. Unas astillas de maguey ardiendo le atravesaron la muñeca dejándolo inválido. Llevado por una buena señora, vivió de limosna en la ciudad imperial del Cusco (a unos 440 kms) donde un jesuita lo instruyó en la doctrina cristiana. En la misión de la Compañía de Jesús aprendió también los hermosos cantos religiosos en quechua (lo que se ha llamado “el gregoriano de los Andes”).
Un día tuvo noticia de lo milagrosa que era la Virgen de Copacabana y, espiritualmente preparado, peregrinó allá para pedir su curación. (Hoy, por carretera, son 529 kms). Un camino largo que parte de los 3.300 mm sobre el nivel del mar y alcanzará los casi 3.900 en las últimas etapas. Recorridos dos tercios del camino, en el pueblo de Pucará, soñó con la Virgen y despertó curado. Como el buen leproso del Evangelio, no se regresó, sino que siguió el camino con el propósito de postarse ante la sagrada imagen para darle gracias.
Fue en el santuario de Copacabana donde oró y recibió los sacramentos y tuvo la inspiración de conseguir una réplica de la imagen. Conoció al escultor, quien le ofreció en venta una copia que ya tenía hecha. El problema era conseguir el dinero.
Pero Sebastián no se arredró y ahí comenzó su “odisea” andina. Se presentó a las autoridades civiles y religiosas hasta Tucumán (norte de Argentina), que le expidieron papeles autorizándole a mendigar para adquirir una imagen de la Virgen. Sin duda, no todos se fiaban de aquel pedigüeño. Pero logró su propósito y pudo pagar la imagen. La llevó al santuario. La colocó en el camerino junto a a original, confesó, comulgó, se fabricó una caja de madera donde guardó la imagen, se la echó a cuestas y comenzó la segunda parte de la “odisea”, encantadora, pero llena de sacrificios y hasta de cárceles.
Encantadora, porque, caminando de pueblo en pueblo, sabía rezar y cantar devotas canciones en la lengua de los indios. Los lugareños lo seguían por tramos rezando y cantando con él.
“Que los montes muy altos y que los peñascos muy encumbrados y sus amenos valles se humillen en presencia de la Virgen, y que los caminos ásperos se allanen dando paso a la Emperatriz de cielos y tierra…; los pajarillos canten las alabanzas de su Gran Señora, la Princesa de los cielos y tierra, que va acompañada por los caminos de los coros angélicos y soberanos espíritus”
Sacrificada, porque Cocharcas, a donde quería llegar, estaba a mil kilómetros que debía recorrer por esas alturas y porque, por malentendidos, fue encarcelado en dos ocasiones. Primero le acusaban de haber robado la imagen. Después, porque las autoridades religiosas lo tomaron por un brujo. Su humildad, su piedad, su hombría de bien y los documentos que se había procurado le consiguieron la libertad.
Sebastián, el “Quimichu” llegó radiante con la imagen a Cocharcas . Es un pueblo, entonces de cuarenta casas, a tres mil metros de altura, asentado a medio camino entre el profundo río Pampas y el altiplano. Una vecina piadosa y los pobladores llegaron a hacer una pequeña capilla. No mucho más tarde, Sebastián, con su primo Clemente, partieron de nuevo al Alto Perú (Bolivia) a conseguir dinero para hacer un templo digno para aquella Virgen Candelaria.
Iban a un lugar de donde había minas y riqueza. Pero unas fiebres dieron muerte al “Quimichu” en Cochabamba. El dinero recaudado sirvió para el traslado de su cadáver a Cocharcas, para que reposase a los pies de su Amada, la Virgen.
A comienzos de mil seiscientos se comenzó un precioso santuario barroco andino de cal y canto que se consagró en 1623 y se completó después de mediados de siglo. No faltaron obsequios de la corona española y del Papa. Miles y miles de devotos peregrinan cada año ante esta advocación multisecular. La fiesta comenzó a celebrarse el 2 de febrero pero, como es tiempo se lluvias en la sierra, posteriormente, pasó al 8 de septiembre.
Situada en la frontera entre dos regiones andinas, los peregrinos van bajando a Cocharcas, por ambas partes del valle del Pampas. Si el río serpentea profundo trazando la frontera, las carreteras -todavía trochas sin asfalto- serpentean también cerro abajo con interminables filas de automóviles. Otros peregrinan llegan a pie por senderos de cabra, como el buen “Quimichu”, cuyos restos reposan tras el frontal de la capilla de san José, en una capilla lateral del Santuario.
Cocharcas es una fiesta de María, plenamente religiosa, con su novena y su octava. Llegan docenas de sacerdotes -y algunos obispos- pero también varios miles de penitentes hacen fila ante los confesonarios día y noche.
Dos pequeñas imágenes peregrinas, portadas a hombros por los “quimichis”, han recorrido durante más de tres meses varias regiones del Perú. Se llaman la Reina Grande y la Reina Chica. Van recogiendo donativos y convocando para la fiesta y son veneradas en parroquias, colegios, instituciones y familias. Los portadores (quimachis) se caracterizan porque llevan esa caja a cuestas como Sebastián y hacen sonar una corta flauta que se llama “chirisuya” que produce un sonido breve, pero fuerte e inconfundible. Ah, y un loro domesticado camina por el borde superior de la caja.
El día central -y desde la víspera – se celebran misas al aire libre cada dos horas, hasta la misa mayor a media mañana ante una multitud que hace rebosar la plaza. Al final, la imagen de la Virgen recorre la plaza en una ostentosa anda piramidal adornada con cientos de velas y adornos de cera. Un coro acompaña con sus cantos y un buen número de bailarines la veneran con sus danzas. Y, al final de la procesión, comienza el retorno. Entonces no se hace cuesta abajo la cuesta arriba, porque cuesta abandonar el lugar, ese remanso de paz y plegaria, aunque hoy disfrutado por una gran muchedumbre.. La Virgen regresa al santuario, después de haber escuchado tantas súplicas que ha de llevar ante su Hijo. El himno recuerda que
“Nuestros Andes son altares
donde refulge vuestra gloria,
donde los ecos de victoria
os proclaman sin igual”
Salve, oh Virgen de Cocharcas,
nuestra Reina y nuestro Amor,
bendecid estas comarcas,
dulce Madre del Señor.

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