La verdadera trascendencia del Mundial
El fútbol como nueva religión civil y la inagotable búsqueda humana de pertenencia y trascendencia
La victoria de España en el Mundial de 2026 quedará grabada durante mucho tiempo en la memoria colectiva del país. Como ocurrió en 2010, millones de personas siguieron la final con una intensidad extraordinaria y celebraron después el triunfo en calles y plazas con una alegría que parecía desbordar ampliamente el resultado de un partido. Pero acaso el verdadero interés de ese fenómeno no resida solo en el fútbol. Puede que nos esté revelando algo más profundo sobre nosotros mismos.
Habíamos contemplado escenas semejantes, aunque a otra escala, con el paso de la gabarra por la ría de Bilbao tras la victoria copera del Athletic: transportes y paseos colapsados, familias aguardando durante horas y una multitud cercana al millón de personas entregada al paso de una embarcación convertida casi en el centro de una procesión. Lo mismo sucede en Madrid ante la Cibeles, en Barcelona o en cualquier país donde un equipo alcanza la gloria. Cambian los colores, los himnos y los lugares de peregrinación, pero el impulso humano parece ser el mismo.
Émile Durkheim observó que la religión no consiste únicamente en creer en unos dogmas o en aceptar una doctrina. Es, ante todo, una comunidad que se reúne alrededor de símbolos, rituales y una memoria compartida. Mediante ellos, el individuo deja de sentirse aislado y se reconoce como parte de una realidad que lo trasciende. La fuerza que atribuye a lo sagrado procede también de la comunidad que lo celebra y en la que él mismo queda integrado.
Se produce así una suerte de efervescencia colectiva: ese estado de exaltación que surge cuando una multitud reunida canta, aclama, repite los mismos gestos y comparte una emoción común. Durante unos instantes, cada persona parece salir de sí misma y participar de una energía que jamás experimentaría en soledad. La comunidad se contempla, por así decirlo, en sus propios símbolos y reafirma mediante ellos su existencia.
Salvando todas las distancias, el gran fútbol contemporáneo reproduce algunos de esos mecanismos. Tiene sus templos —Maracaná, la Bombonera, el Centenario, Wembley, San Mamés, el Bernabéu…—; sus cánticos, sus colores casi sagrados y sus héroes transmitidos de padres a hijos. El estadio separa el tiempo ordinario del tiempo litúrgico del partido, y la multitud, reunida en torno a un mismo emblema, experimenta precisamente esa intensificación de la vida colectiva que Durkheim consideraba uno de los rasgos fundamentales del fenómeno religioso. Cada club posee incluso algo parecido a un credo. El Athletic ha hecho de la fidelidad a la cantera una seña de identidad; el Real Madrid, de la victoria una auténtica vocación; el Barça convirtió durante décadas el lema Més que un club en una declaración de pertenencia. El equipo se hereda como antes se heredaban el caserío, la parroquia o determinadas tradiciones familiares. Cambiar de club puede vivirse como una pequeña apostasía, mientras que permanecer fiel en la derrota adquiere un prestigio casi moral.
No es extraño que alguien pudiera decir, parafraseando a Marx, que el fútbol se ha convertido en el nuevo opio del pueblo o en una versión contemporánea del circo de los romanos. Ofrece evasión, ocupa la conversación pública, genera ídolos y desplaza durante unas horas preocupaciones y sufrimientos. En torno a él se ha levantado, además, una industria gigantesca que transforma la pasión en espectáculo, publicidad y consumo.
Sin embargo, reducirlo todo a la manipulación de los forjadores de opinión o al simple negocio sería demasiado fácil. La industria no ha creado esa pasión: se ha construido sobre ella. Ninguna campaña publicitaria podría movilizar a centenares de millones de personas si no encontrara previamente un terreno fértil en el corazón humano. El fútbol triunfa porque responde, aunque sea de manera parcial y pasajera, a necesidades mucho más profundas y anteriores al mercado.
Cohesión y rivalidad
El hombre no vive solo de trabajar, producir y consumir. Necesita celebrar, compartir símbolos, admirar la excelencia, reconocerse en una historia común y sentirse miembro de una realidad mayor que él mismo. Necesita poder decir «nosotros» en una época que lo empuja constantemente hacia el aislamiento del «yo» y, con él, hacia el progresivo eclipse del «otro».
Durante siglos, esa función de cohesión fue desempeñada por la religión, las fiestas populares, la comunidad local y la conciencia nacional. En sociedades secularizadas, fragmentadas y crecientemente individualistas, el fútbol ha venido a ocupar parte del espacio que aquellas formas de pertenencia han ido dejando vacío.
Pocas imágenes son tan elocuentes como la de millones de españoles celebrando juntos la victoria de la selección. Durante unas horas parecen diluirse las diferencias políticas, territoriales, generacionales o sociales. Personas que probablemente discreparían en casi todo se abrazan después de un gol y descubren que forman parte de un mismo «nosotros». El triunfo no elimina los conflictos, pero los suspende; hace visible una comunidad que parecía desvanecida y devuelve a la nación, siquiera por un instante, la conciencia de una alegría compartida.
El fútbol une al abuelo que recuerda a los jugadores de su infancia con el niño que acaba de aprender sus nombres; al emigrante que contempla el partido lejos de su país con quien lo sigue desde la plaza de su pueblo; al creyente y al agnóstico, al conservador y al progresista. Todos quedan igualados durante noventa minutos por una misma incertidumbre y una misma esperanza.
Pero existe también una dimensión más oscura. Todo «nosotros» parece necesitar un «ellos». La pertenencia genera rivalidad, y la rivalidad puede producir hostilidad. La historia del fútbol conoce episodios de violencia, racismo, humillación del adversario y nacionalismos excluyentes. Lo sucedido después de la final entre algunos jugadores españoles y argentinos recordó que la frontera entre la competición y el enfrentamiento puede ser muy frágil.
René Girard sostuvo que el deseo humano es imitativo: deseamos lo que otros desean y esa coincidencia nos convierte fácilmente en rivales. Cuando la rivalidad no encuentra límites puede propagarse hasta desembocar en violencia. El deporte cumple, en buena medida, una función de contención: las naciones se miden mediante selecciones, las ciudades rivalizan en un estadio y el adversario es combatido simbólicamente, no destruido.
El fútbol no ha abolido la violencia ni puede resolver por sí solo conflictos políticos o sociales. Pero permite ritualizar la rivalidad y someterla a unas reglas aceptadas por todos. Durante el partido todo parece decisivo; terminado el encuentro, la vida debe continuar y recuperar su serenidad, salvo para unos pocos exaltados incapaces de aceptar la derrota.
No es extraño, por ello, que despierte emociones tan poderosas. En él se representan simbólicamente algunas de las grandes experiencias humanas: el combate, la fortuna, la arbitrariedad, la disciplina, la caída, la resistencia, la culpa, la redención y la esperanza. Un jugador puede pasar en segundos de culpable a héroe; un equipo aparentemente vencido puede levantarse en pocos minutos; el débil puede derrotar al poderoso y una acción inesperada cambiar un destino que parecía escrito.
El fútbol ofrece así un drama sin guion. Sabemos que nada de lo que ocurre es verdaderamente definitivo, pero durante el partido lo vivimos como si lo fuera. En esa contradicción reside buena parte de su fascinación.
Los grandes acontecimientos deportivos pasan; la pregunta por aquello que los hace posibles permanece. Porque el Mundial no crea la necesidad de comunión: simplemente la pone de manifiesto. No inventa el deseo de pertenencia ni el anhelo de trascendencia: los revela.
Más allá del estadio
Existe, sin embargo, una diferencia decisiva entre los nuevos cultos civiles, como el deporte, y la espiritualidad religiosa.
El fútbol puede ofrecer emoción, belleza, identidad, disciplina y sentido de pertenencia. Puede reconciliar momentáneamente a una sociedad dividida, despertar virtudes como el sacrificio, la lealtad o el trabajo en equipo y proporcionar una alegría compartida que pocas realidades contemporáneas consiguen suscitar.
Pero no puede responder a las preguntas últimas del hombre. Ningún campeonato elimina el sufrimiento. Ninguna copa vence a la enfermedad. Ninguna victoria detiene el paso del tiempo. Ningún héroe deportivo escapa a la vejez y ninguna ovación puede acallar definitivamente el miedo a la muerte.
La alegría del fútbol es verdadera, pero pasajera. El campeón de hoy tendrá que defender mañana su título; el héroe será reemplazado por otro héroe y la victoria que parecía culminarlo todo se convertirá pronto en recuerdo. Cada copa engendra el deseo de una nueva porque ninguna puede ser definitiva.
Ahí aparece el límite de las religiones civiles: la política, el deporte, la música popular, el cine y otros grandes espectáculos de masas. Pueden proporcionar ritos, símbolos, fervor y comunidad, pero carecen de una respuesta última ante el sufrimiento, la culpa, la injusticia o la muerte. Celebran victorias, pero no pueden prometer una victoria definitiva. Producen héroes, pero no santos; memoria, pero no eternidad.
El problema, por tanto, no es el fútbol, como tampoco lo son el arte, la ciencia o el amor a la patria. Todas esas realidades ennoblecen la existencia y permiten al hombre salir de sí mismo. El problema surge cuando una realidad limitada pretende ocupar el lugar de lo absoluto y se le exige aquello que, por su propia naturaleza, no puede conceder.
Chesterton observó que cuando el hombre deja de creer en Dios no deja necesariamente de creer, sino que puede acabar creyendo en cualquier cosa. La sentencia apunta hacia una verdad profunda: el ser humano difícilmente renuncia a orientar su vida hacia algo que considere superior a sí mismo. Cuando se derriban los antiguos altares no desaparece la necesidad de venerar; con frecuencia cambian únicamente los objetos de veneración.
El fútbol puede convertirse entonces en ídolo, pero también en indicio. Puede distraer al hombre de su búsqueda espiritual o recordarle, de manera inesperada, que continúa necesitando comunión, esperanza y una realidad que lo trascienda. Lo que parece sustituto de la religión termina poniendo de manifiesto la persistencia de la necesidad religiosa.
¿Y si esa religiosidad civil no estuviera sustituyendo a la religión, sino preparando, lenta y silenciosamente, su regreso, como tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia?
No deja de resultar significativo que, en medio de esta liturgia deportiva, muchos de sus principales protagonistas no oculten una religiosidad explícita. El seleccionador Luis de la Fuente ha manifestado en varias ocasiones su fe católica; también lo han hecho el capitán Rodri o Ferrán Torres, autor del gol decisivo, mientras que Lamine Yamal, al concluir el encuentro, se postró sobre el césped en un gesto de adoración a Alá. Más allá de la diversidad de credos, estos gestos recuerdan que incluso quienes participan en las nuevas formas de religiosidad civil —cantantes, deportistas, actores o políticos— continúan buscando una referencia trascendente. El estadio no siempre sustituye al templo; a veces puede conducir de nuevo hacia él.
Cabe preguntarse si no estaremos interpretando de forma incompleta nuestro tiempo. Durante décadas se dio por supuesto que la secularización conduciría inexorablemente a la desaparición de lo religioso. Sin embargo, podría estar ocurriendo justamente lo contrario. El extraordinario éxito de los grandes acontecimientos deportivos, de ciertos conciertos multitudinarios o de otras celebraciones colectivas puede no ser la prueba de que el hombre haya dejado atrás la dimensión espiritual, sino uno de los indicios de que sigue necesitándola y de que busca, a veces de manera confusa, nuevos caminos para expresarla. Bien pudiera ocurrir que estas manifestaciones no anunciasen el final de la religión, sino el comienzo de un nuevo movimiento pendular hacia la trascendencia.
Acaso el extraordinario éxito del fútbol no demuestre que el hombre moderno haya encontrado un reemplazo para lo sagrado, sino exactamente lo contrario: que, incluso en una sociedad tecnificada y secularizada, sigue necesitando ritos, símbolos, héroes, celebraciones y una esperanza compartida.
Cuando el árbitro señala el final del partido, el estadio se vacía y las luces se apagan. Los campeones regresan a casa; los espectadores, a una vida con frecuencia mucho más gris. Las banderas se pliegan y comienza una nueva temporada. Pero el corazón humano continúa esperando algo más.
Ninguna copa puede vencer a la muerte, ninguna ovación puede colmar definitivamente el deseo de felicidad y ninguna gloria deportiva puede responder a las preguntas últimas de la existencia. Ninguna victoria futbolística puede ser escatológica: todas contienen ya, en el instante mismo de su celebración, la certeza de que pasarán. Pero el hombre no está hecho únicamente para celebrar victorias pasajeras, sino para buscar una plenitud que ninguna realidad finita puede ofrecerle.
Por eso mismo, este Mundial puede ser mucho más que el mayor acontecimiento deportivo de nuestro tiempo y uno de los grandes recuerdos colectivos de la España contemporánea. Puede constituir también una de las imágenes más reveladoras del hombre: un ser que continúa necesitando reunirse, cantar, emocionarse, combatir simbólicamente y mirar hacia algo que lo trascienda; un ser que, incluso cuando cree haber sustituido lo sagrado, sigue llevando en lo más hondo una nostalgia de infinito que ninguna victoria terrena consigue colmar.

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